Poco antes de la evacuación, y ya esta resuelta, recibió Don Guillermo Nash pliegos del gobernador Álvarez, en los que, lejos de aprobar la retirada de Monjuich, estimulaba a la defensa con premios y ofrecimientos. No por eso se cambió de parecer, juzgando imposible prolongar la resistencia. Los jefes, al entrar en la plaza, pidieron que se les formase consejo de guerra si no habían cumplido con su obligación. Pero Álvarez, justo no menos que tenaz y valeroso, aprobó su conducta.
Esperanzas vanas
de los franceses
con la ocupación
de Monjuich.
Miraba el enemigo como tan importante la rendición de Monjuich que al dar Verdier cuenta de ella a su gobierno, afirmaba que la ciudad se entregaría dentro de ocho o diez días. Grande fue su engaño. Cierto era que la plaza, con la pérdida del castillo, quedaba por aquella parte muy comprometida, cubriéndola solo un flaco y antiguo muro, y ningunos otros fuegos sino los de la torre de la Gironella y los de dos baterías situadas encima de la puerta de San Cristóbal y muralla de Sarracinas. También los franceses se habían posesionado el 2 del convento de San Daniel, en la cañada del Galligans, e impedido la entrada de los cortos socorros que todavía de cuando en cuando penetraban en la plaza por aquel lado.
Estrechan
la plaza.
Hasta entonces, persuadidos los sitiadores de que con la ocupación de Monjuich abriría la ciudad sus puertas, no habían contra ella apretado el sitio. Solo por medio de una batería de 4 cañones y 2 obuses, plantada en la ladera del Puig Denroca, molestaban a los vecinos y hacían desde su elevada posición daño en los baluartes de San Pedro, Figuerola y en San Narciso. Construyeron ahora tres baterías: una en Monjuich de 4 cañones de a 24; otra encima del arrabal de San Pedro, y la tercera en el monte Denroca. Rompieron todas ellas sus fuegos el día 19, atacando principalmente la muralla de San Cristóbal y la puerta de Francia. Los sitiados para remediar el estrago y ofrecer nuevos obstáculos imaginaron muchas y oportunas obras: cerraron las calles que desembocan en la plaza de San Pedro, y abrieron una gran cortadura defendida detrás por un parapeto. Los franceses, que, escarmentados con el ejemplar de Zaragoza, huían de empeñar la lucha en las calles, no insistieron con ahínco en su ataque de la puerta de Francia, y revolvieron contra la de San Cristóbal y muralla de Santa Lucía, paraje en verdad el más flaco y elevado de la plaza. Adelantaron para ello sus trabajos, y construidas nuevas baterías de brecha y morteros, vomitaron estas muerte y destrozos los últimos días de agosto, con especialidad en los dos puntos últimamente indicados y en los cuarteles nuevo y viejo de Alemanes. Quisieron el 25 alojarse los enemigos en las casas de la Gironella; pero una partida española que salió del fuerte del Condestable impidió su intento, matando a unos y cogiendo a otros prisioneros.
Pocos esfuerzos de esta clase le era lícito hacer a la guarnición, escasa de suyo y menguada con las pérdidas de Monjuich y las diarias de la plaza. La corta población de Gerona tampoco daba ensanche, como en Zaragoza, para repetir las salidas. Ni aun apenas hubiera quedado gente que cubriese los puestos si de cuando en cuando, y subrepticiamente, no se hubiesen introducido en el recinto algunos hombres llevados de verdadera y desinteresada gloria, de los cuales en aquellos días hubo 100 que vinieron de Olot.
Respuesta notable
de Álvarez.
No obstante, el gobernador Don Mariano Álvarez, activo al propio tiempo que cuerdo, no desaprovechaba ocasión de molestar al enemigo y retardar sus trabajos, y a un oficial que encargado de una pequeña salida le preguntaba que adónde, en caso de retirarse, se acogería, respondiole severamente, al cementerio.
Su diligencia.
Mas luego que vio atacado el recinto de la plaza, puso su mayor conato en reforzar el punto principalmente amenazado: para lo cual, construyendo en parajes proporcionados varias baterías, hasta colocó una de dos cañones encima de la bóveda de la catedral. Aunque los enemigos desencabalgaron pronto muchas piezas, ofendíales en gran manera la fusilería de las murallas, y sobre todo las granadas, bombas y polladas que de lugares ocultos se lanzaban a las trincheras y baterías vecinas. Los apuros, sin embargo, crecían dentro de la ciudad, y se disminuía más y más el número de defensores, siendo ya tiempo de que fuese socorrida.