Pasado el 11 de septiembre, renovaron los enemigos el fuego con mayor furor y ensancharon tres brechas ya abiertas en Santa Lucía, Atemanes y San Cristóbal, maltratando también el fuerte del Calvario, cuyo fuego sobremanera los molestaba.
Salida malograda
de la plaza.
Dispuso el 15 Don Mariano Álvarez una salida con intento de retardar los trabajos del sitiador y aun de destruir algunos de ellos. Dirigíala Don Blas de Fournás, y aunque al principio todo lo atropellaron los nuestros, no siendo después convenientemente apoyadas las dos primeras columnas por otra que iba de respeto, tuvieron que abrigarse todas de la plaza sin haber recogido el fruto deseado.
Aportilladas de cada vez más las brechas, y apagados los fuegos del frente atacado, trataron los enemigos de dar el asalto. Pero antes enviaron parlamentarios, que según la invariable resolución de Álvarez, fueron recibidos a cañonazos.
Asaltan
los franceses
la plaza el 19
de septiembre.
Irritados de nuevo con tal acogida, corrieron al asalto a las cuatro de la tarde del 19 de septiembre, distribuidos en cuatro columnas de a 2000 hombres. Entonces brillaron las buenas y previas disposiciones que había tomado el gobernador español: allí mostró este su levantado ánimo. Al toque de la generala, al tañido triste de la campana que llamaba a somatén, Valor
de la guarnición
y habitantes. soldados y paisanos, clérigos y frailes, mujeres y hasta niños acudieron a los puestos de antemano y a cada uno señalados. En medio del estruendo de doscientas bocas de cañón y de la densa nube que la pólvora levantaba, ofrecía noble y grandioso espectáculo la marcha majestuosa y ordenada de tantas personas de diversa clase, profesión y sexo. Silenciosos todos, se vislumbraba sin embargo en sus semblantes la confianza que los alentaba. Álvarez. Álvarez a su cabeza, grave y denodado, representábase a la imaginación en tan horrible trance a la manera de los héroes de Homero, superior y descollando entre la muchedumbre, y cierto que si no se aventajaba a los demás en estatura como aquellos, sobrepujaba a todos en resolución y gran pecho. Con no menor orden que la marcha se habían preparado los refuerzos, la distribución de municiones, la asistencia y conducción de heridos.
Presentose la primera columna enemiga delante de la brecha de Santa Lucía que mandaba el irlandés Don Rodulfo Marshall. Dos veces tomaron en ella pie los acometedores, y dos veces rechazados quedaron muchos de ellos allí tendidos. Muerte
de Marshall. Tuvieron los españoles el dolor de que fuese herido gravemente y de que muriese a poco el comandante de la brecha Marshall, quien antes de expirar prorrumpió diciendo «que moría contento por tal causa y por nación tan brava.»
Otras dos columnas enemigas emprendieron arrojadamente la entrada por las brechas más anchurosas de Alemanes y San Cristóbal, en donde mandaba Don Blas de Fournás. Por algún tiempo alojáronse en la primera hasta que al arma blanca los repelieron los regimientos de Ultonia y Borbón, apartándose de ambas destrozados por el fuego que de todos lados llovía sobre ellos. No menos padeció otra columna enemiga que largo rato se mantuvo quieta al pie de la torre de la Gironella. Herido aquí el capitán de artillería Don Salustiano Gerona, tomó el mando provisional Don Carlos Beramendi, y haciendo las veces de jefe y de subalterno causó estrago en las filas enemigas.
Amenazaron también estas durante el asalto los fuertes del Condestable y del Calvario igualmente sin fruto.
Son repelidos
los franceses
en todas partes
con gran pérdida.