En todo el camino carretero de Francia, desde Burgos hasta los lindes de Álava, y en ambas riberas por aquella parte del Ebro, hormiguearon de muy temprano las guerrillas. Tenía la codicia en qué cebarse con la frecuencia de convoyes y pasajeros enemigos, y muchos de los naturales, dados ya desde antes al contrabando por la línea de aduanas allí establecida, conocían a palmos el terreno y estaban avezados a los riesgos de su profesión, imagen de los de la guerra. Fomentaron tales inclinaciones varias juntas que se formaron de cuarenta en cuarenta lugares, y las cuales, o se reunieron después o se sujetaron a las que se apellidaban de Burgos, Soria y La Rioja. Reconocieron la autoridad de estos cuerpos las más de las partidas, de las que se miraron como importantes la de Ignacio Cuevillas, Don Juan Gómez, el cura Tapia, Don Francisco Fernández de Castro, hijo mayor del marqués de Barriolucio, y el cura de Villoviado, de quien ya se hizo mención en otro libro.
Sus correrías solían ser lucrosas, en perjuicio del enemigo, y no faltas de gloria, sobre todo cuando muchas de ellas se unían y obraban de concierto. Sucedió así en septiembre para sostener a Logroño, estando a su frente Cuevillas: lo mismo el 18 de noviembre en Sausol de Navarra, en donde deshicieron a más de 1000 franceses, guiadas las partidas reunidas por el capitán de navío Don Ignacio Narrón, presidente de la junta de Nájera.
Mina el mozo.
En esta función tuvo ya parte Don Francisco Javier Mina, sobrino del después tan célebre Espoz. Cursaba en Zaragoza a la sazón que estalló el levantamiento de 1808: su edad entonces era la de 19 años, y tomó las armas como los demás estudiantes. Había nacido en Idocin, pueblo de Navarra, de labradores acomodados. Retirado por enfermo al lugar de su naturaleza, se hallaba en su casa cuando la saquearon los franceses en venganza de un sargento asesinado en la vecindad. Para libertar a su padre de una persecución se presentó Mina el mozo a los franceses, redimiéndose por medio de dinero del arresto en que le pusieron. Airado de la no merecida ofensa y de ver su casa allanada y perdida, armose, y uniéndosele otros doce comenzó sus correrías, reciente aún en Roncal la memoria de Renovales. Aumentose sucesivamente su cuadrilla, y con ímpetu daba de sobresalto en los destacamentos franceses de Navarra, como también en los confinantes de Aragón y Rioja. Fue extremada su audacia, y antes de concluirse 1809 admiró con sus hechos a los habitantes de aquellas partes.
Sucesos generales
de la nación.
Hasta aquí los sucesos parciales ocurridos este año en las provincias. Necesario ha sido dar una idea de ellos aunque rápida, pues si bien se obedecía en todo el reino al gobierno supremo, la índole de la guerra y el modo como se empezó inclinaba a las provincias o las obligaba a veces a obrar solas o con cierta independencia. Ocupémonos ahora en la junta central y en los ejércitos, y asuntos más generales.
Estado
de desasosiego
de la central.
Vivos debates habían sobrevenido en aquella corporación al concluirse el mes de agosto y comenzar septiembre. Procedieron de divisiones internas y de la voz pública que le achacaba el malogramiento de la campaña de Talavera. Hervían con especialidad en Sevilla los manejos y las maquinaciones. Ya desde antes, como dijimos, y sordamente, trabajaban contra el gobierno varios particulares resentidos, entre ellos ciertos de la clase elevada. Cobraron ahora aliento por el arrimo que les ofrecía el enojo de los ingleses, y la autoridad del consejo reinstalado el mes anterior. No menos pensaban ya que en acudir a la fuerza, pero antes creyeron prudente tentar las vías pacíficas y legales. Sirvioles de primer instrumento Don Francisco de Palafox, individuo de la misma junta, quien el 21 de agosto leyó en su seno un papel en el que, doliéndose amargamente de los males públicos y pintándolos con negras tintas, proponía como remedio la reconcentración del poder en un solo regente, cuya elección indicaba podría recaer en el cardenal de Borbón. Encontró Palafox en sus compañeros oposición, presentándole algunas objeciones bastante fuertes, a las que no pudiendo de pronto responder como hombre de limitado seso, dejó su réplica para la siguiente sesión en que leyó otro papel explicativo del primero.
Consulta
del consejo.
Aquel día, que era el 22, vino en apoyo suyo, con aire de concierto, una consulta del consejo. Este cuerpo, que en vez de mostrarse reconocido teníase por agraviado de su restablecimiento, como hecho, según pensaba, en menoscabo de sus privilegios, andaba solícito buscando ocasiones de arrancar la potestad suprema de las manos de la central, y colocarla o en las suyas o en otras que estuviesen a su devoción. Figurose haber llegado ya el plazo tan deseado, y perjudicó con ciega precipitación a su propia causa. Su ceguedad. En la consulta no se ciñó a examinar la conducta de la junta central, y a hacer resaltar los inconvenientes que nacían de que corporación tan numerosa tuviese a su cargo la parte ejecutiva, sino que también atacó su legitimidad y la de las juntas provinciales pidiendo la abolición de estas, el restablecimiento del orden antiguo, y el nombramiento de una regencia conforme a lo dispuesto en la ley de Partida. ¡Contradicción singular! El consejo que consideraba usurpada la autoridad de las juntas, y por consiguiente la de la central emanación de ellas, exigía de este mismo cuerpo actos para cuya decisión y cumplimiento era la legitimidad tan necesaria.