Batalla de Ocaña.
Don Juan Carlos de Aréizaga escogió para presentar batalla la villa de Ocaña, considerable y asentada en terreno llano y elevado a la entrada de la mesa que lleva su nombre. Las divisiones españolas se situaron en derredor de la población. Apostose él a la izquierda del lado de la agria hondonada donde corre el camino real que va a Aranjuez. En el ala opuesta se situó la vanguardia de Zayas con dirección a Ontígola, y más a su derecha la primera división de Lacy, permaneciendo a espaldas casi toda la caballería. Hubo también tropas dentro de Ocaña. El general en jefe no dio ni orden ni colocación fija a la mayor parte de sus divisiones. Encaramose en un campanario de la villa, desde donde, contentándose con atalayar y descubrir el campo, continuó aturdido, sin tomar disposición alguna acertada. El 4.º cuerpo, del mando de Sebastiani, sostenido por Mortier, empeñó la pelea con nuestra derecha. Zayas, apoyado en la división de Don Pedro Agustín Girón, y el general Lacy batallaron vivamente, haciendo maravillas nuestra artillería. El último sobre todo avanzó contra el general Leval, herido, y empuñando en una mano para alentar a los suyos la bandera del regimiento de Burgos, todo lo atropelló y cogió una batería que estaba al frente. Costó sangre tan intrépida acometida, y entre todos fue allí gravemente herido el marqués de Villacampo, oficial distinguido y ayudante de Lacy. A haber sido apoyado entonces este general, los franceses, rotos de aquel lado, no alcanzaran fácilmente el triunfo; pero Lacy, solo, sin que le siguiera caballería ni tampoco le auxiliara el general Zayas, a quien puso, según parece, en grande embarazo Aréizaga, dándole primero orden de atacar y luego contra orden, tuvo en breve que cejar, y todo se volvió confusión. El general Girard entró en la villa, cuya plaza ardió; Dessolles y José avanzaron contra la izquierda española, Horrorosa
dispersión.
Pérdida
de Ocaña. que se retiró precipitadamente, y ya por los llanos de la Mancha no se divisaban sino pelotones de gente marchando a la ventura, o huyendo azorados del enemigo. Aréizaga bajó de su campanario, no tomó providencia para reunir las reliquias de su ejército, ni señaló punto de retirada. Continuó su camino a Daimiel, de donde serenamente dio un parte al gobierno el 20, en el que estuvo lejos de pintar la catástrofe sucedida. Esta fue de las más lamentables. Contáronse por lo menos 13.000 prisioneros, de 4 a 5000 muertos o heridos, fueron abandonados más de 40 cañones, y carros, y víveres, y municiones: una desolación. Los franceses apenas perdieron 2000 hombres. Solo quedaron de los nuestros en pie algunos batallones, la división segunda, del mando de Vigodet, y parte de la caballería a las órdenes de Freire. En dos meses no pudieron volver a reunirse a las raíces de Sierra Morena 25.000 hombres.
Conservó por algún tiempo el mando Don Juan Carlos de Aréizaga sin que entonces se le formase causa, como se tenía de costumbre con muchos de los generales desgraciados: ¡tan protegido estaba! Y en verdad, ¿a qué formarle causa? Habíanse estas convertido en procesos de mera fórmula, de que salían los acusados puros y exentos de toda culpa.
Resultas.
Terror y abatimiento sembró por el reino la rota de Ocaña, temiendo fuese tan aciaga para la independencia como la de Guadalete. Holgáronse sobremanera José y los suyos, entrando aquel en Madrid con pompa y a manera de triunfador romano, seguido de los míseros prisioneros. De sus parciales no faltó quien se gloriase de que hubiesen los franceses con la mitad de gente aniquilado a los españoles. Hemos visto no ser así; mas aun cuando lo fuese, no por eso recaería mengua sobre el carácter nacional, culpa sería en todo caso del desmaño e ignorancia del principal caudillo.
La herida de Ocaña llegó hasta lo vivo. Con haberlo puesto todo a la temeridad de la fortuna, abriéronse las puertas de las Andalucías. José quizá hubiera tentado pronto la invasión si la permanencia de los ingleses en las cercanías de Badajoz, juntamente con la del ejército mandado ahora por Alburquerque en Extremadura, y la del Parque en Castilla la Vieja, no le hubiesen obligado a obrar con cordura antes de penetrar en las gargantas de Sierra Morena, ominosas a sus soldados. Prudente, pues, era destruir por lo menos parte de aquellas fuerzas, y aguardar, ajustada ya la paz con Austria, nuevos refuerzos del norte.
Se retira
Alburquerque
a Trujillo.
El duque de Alburquerque, desamparado con lo ocurrido en Ocaña, se aceleró a evitar un suceso desgraciado. La fuerza que tenía, de 12.000 hombres dividida en tres divisiones, vanguardia y reserva, había avanzado el 17 de noviembre al Puente del Arzobispo para causar diversión por aquel lado. Desde allí y con el mismo fin, siguiendo la margen izquierda de Tajo, destacó la vanguardia, a las órdenes de Don José Lardizábal, con dirección al puente de tablas de Talavera. Este movimiento obligó a retirarse a los franceses alojados en el Arzobispo enfrente de los nuestros; mas a poco, sobreviniendo el destrozo de Ocaña, retrocedió el de Alburquerque y no paró hasta Trujillo.
Movimientos
del duque
del Parque.
Puso en mayor cuidado a los enemigos el ejército del duque del Parque, sobre todo después de la jornada de Tamames. Motivo por que envió el mariscal Soult la división de Gazan al general Marchand, camino de Ávila, para coger al duque por el flanco derecho. El general español, a fin de coadyuvar también a la campaña de Aréizaga, moviose con su ejército, y el 19 intentó atacar en Alba de Tormes a 5000 franceses que, advertidos, se retiraron.