Acción
de Medina
del Campo.
Prosiguió el del Parque su marcha, y noticioso de que en Medina del Campo se reunían unos 2000 caballos y de 8 a 10.000 infantes, juntó el 23 a la madrugada sus divisiones en el Carpio a tres leguas de aquella villa. Colocó la vanguardia en la loma en que está sito el pueblo, ocultando detrás y por los lados la mayor parte de su fuerza. No logró, a pesar del ardid, que los franceses se acercasen, y entonces se adelantó él mismo a la una del propio día, yendo por la llanura con admirable y bien concertado orden. Marchaba en batalla la vanguardia, del mando de Don Martín de la Carrera, a su derecha, parte también en batalla, parte en columnas, la tercera división regida por Don Francisco Ballesteros, a la izquierda la primera, de Don Francisco Javier de Losada; cubría la caballería las dos alas. Iba de reserva la segunda división, a las órdenes del conde de Belveder, y dejose en el Carpio, con su jefe el marqués de Castro-Fuerte, la 5.ª división, o sea la de los castellanos. Los franceses, aunque reforzados con 1000 jinetes, cejaron a una eminencia inmediata a Medina. Empeñose allí vivo fuego, y engrosados aún los enemigos con dos regimientos de dragones y alguna infantería, cayeron sobre los jinetes del ala derecha, que cedieron el terreno, con lo cual se vio descubierta la 3.ª división, que era la de los asturianos. Mas estos, valientes y serenos, reprimieron al enemigo, en particular tres regimientos que le recibieron a quema ropa con fuegos muy certeros. En la pelea perecieron el intrépido ayudante general de la división, Don Salvador de Molina, y el coronel del regimiento de Lena, Don Juan Drimgold. Rechazados o contenidos en los demás puntos los franceses, sobrevino la noche, y Parque durante dos horas permaneció en el campo de batalla. Después obligado a dar alimento y descanso a su tropa, y avisado de que el enemigo podría ser reforzado, antes de amanecer tornó al Carpio. Los franceses por su parte no creyéndose bastante numerosos, se alejaron para unirse a nuevos refuerzos que aguardaban.
Les llegaron estos de varias partes, y el general Kellermann, reuniendo toda la fuerza que pudo, entre ella 3000 caballos, se mostró el 25 delante del Carpio. El duque del Parque, hasta entonces prudente y afortunado caudillo, descuidose, y en vez de retirarse sin tardanza viendo la superioridad de la caballería, temible en aquella tierra llana, suspendió todo movimiento retrógrado hasta la noche del 26, y entonces lo realizó, aguijado con el aviso de las lástimas de Ocaña; cuya nueva, derramada por el ejército, descorazonó al soldado.
Acción de Alba
de Tormes.
El 28 por la mañana entraron los nuestros en Alba, tristes y ya perseguidos por la vanguardia enemiga. Asentada aquella villa a la derecha del Tormes, comunica con la orilla opuesta por un puente de piedra. El duque del Parque dejó dentro de la población, con negligencia notable, el cuartel general, la artillería, los bagajes, la mayor parte en fin de su fuerza, excepto dos divisiones que pasaron al otro lado. Alegose por disculpa la necesidad de dar de comer a la tropa, fatigada y sin alimento ya hacía muchas horas, como si no se hubiera podido acudir al remedio y con mayor orden poniendo todo el ejército en la orilla más segura, y en disposición de proteger a los encargados de avituallarle.
Esparcidos los soldados por Alba para buscar raciones, y cundiendo la voz de que llegaban los franceses, atropelláronse al puente hombres y bagajes, y casi le barrearon. Pudieron con todo los jefes colocar fuera del pueblo las tropas, y parar la primera embestida de 400 franceses que iban delante, hasta que, aproximándose un grueso de caballería, cargó este nuestra derecha, en donde se hallaba la primera división del mando de Losada y 800 caballos. Arrollados los últimos, huyeron también los infantes que repasaron el Tormes abandonando su artillería. El ala izquierda, que se componía de la vanguardia de Carrera y de parte de la segunda división, se mantuvo firme, Valor de
Mendizábal. y puesto Mendizábal a su cabeza, repelieron nuestros soldados por tres veces a los jinetes enemigos formando el cuadro, y respondieron a fusilazos a la intimación que les hicieron de rendirse. En vano los acometieron otros escuadrones por la espalda: forzados se vieron estos a aguardar a sus infantes, de los que algunos llegaron al anochecer. Mendizábal cruzó con sus intrépidos soldados el puente y tocó gloriosamente la orilla opuesta. Retirada
de los españoles. Allí todo era desorden y atropellamiento con los bagajes y caballería fugitiva. El duque del Parque perdió entonces del todo la presencia de ánimo, y sus tropas, careciendo de órdenes precisas, se alejaron de aquel punto y se repartieron entre Ciudad Rodrigo, Tamames y Miranda del Castañar. Semejante y no calculado movimiento excéntrico salvó al ejército, pues el general Kellermann dejó de perseguirle, incierto de su paradero, y limitándose a dejar ocupada la línea del Tormes volviose a Valladolid. El duque del Parque, al principiar diciembre, sentó su cuartel general en El Bodón, a dos leguas de Ciudad Rodrigo, y echáronse de menos entre dispersión y pelea unos 3000 hombres. Antes de concluirse el mes pasó el duque a San Martín de Trevejo, detrás de sierra de Gata.
Retíranse
los ingleses
del Guadiana
al norte del Tajo.
Con tales desdichas, destruidos o menguados unos tras otros los mejores ejércitos españoles, debieron naturalmente los ingleses, meros espectadores hasta entonces, tomar en su extrema prudencia medidas de precaución. Lord Wellington determinó dejar las orillas del Guadiana y pasar al norte del Tajo, empezando su movimiento en los primeros días de diciembre. Despidiose antes de la junta de Extremadura, y mostrose muy satisfecho «del celo y laborioso cuidado [son sus expresiones] con que aquel cuerpo había proporcionado provisiones a las tropas de su ejército acantonadas en las cercanías de Badajoz.» Dicha junta había sido una de aquellas autoridades contra las que tanto se había clamado pocos meses antes acerca del asunto de abastecimientos, tachándolas hasta de mala voluntad. El testimonio irrecusable de Lord Wellington probaba ahora que la premura del tiempo y la gran demanda fueron causa de la escasez, y no otras reprehensibles miras.
Flaqueza
de la comisión
ejecutiva.
La profunda sima en que la nación se abismaba, consternó a la comisión ejecutiva de la junta central, poniendo a prueba la capacidad y energía de sus individuos. Mas entonces se vio que no basta reconcentrar el poder para que este aparezca en sus efectos vigoroso y pronto, sino que también es preciso que las manos escogidas para su manejo sean ágiles y fuertes. No formando parte de la comisión ninguno de los pocos centrales a quienes se consideraba por su saber como más aptos, o como más notables por los bríos de su condición, escasearon en aquel nuevo cuerpo las luces y el esfuerzo, faltas tanto más graves cuanto los acontecimientos habían puesto a la nación en el mayor estrecho.