Así resultó que al saberse la derrota de Ocaña, quedó la comisión como aturdida y aplanada, no desplegando la firmeza que tanto honró al gobierno español cuando la jornada de Medellín. Redujéronse sus providencias a las más comunes y generales, habiendo en vano nombrado a Romana para recomponer el ejército del centro, tan menguado y perdido; pues aquel general permaneció en Sevilla temeroso quizá de que sus hombros flaqueasen bajo la balumba de tan pesada carga. Para llenar su hueco, a lo menos en ciertas medidas de reorganización, Comisionados
enviados
a La Carolina. partieron camino de La Carolina Don Rodrigo Riquelme y el marqués de Camposagrado, uno individuo de la comisión y otro de la junta, quienes, en unión con el vocal Rabé, debían impulsar la mejora y aumento del ejército, y atender a la defensa de los pasos de la sierra. Repetición de lo que hizo la central al retirarse de Aranjuez, con la diferencia de que ahora no hubo mucho vagar ni espacio.
Tampoco se destruyeron con el nombramiento de la comisión ejecutiva las maquinaciones de los ambiciosos. Volvió a salir a plaza Don Francisco de Palafox, deseoso de erigirse, por lo menos, en lugarteniente de Aragón. Sospechábase que le prestaba su asistencia el conde del Montijo, que, a hurtadillas, se fue de Portugal acercando a Sevilla. Tuvo de ello aviso el gobierno, y Romana, a quien antes no disgustaban tales manejos, ahora que podían perjudicar a los en que él mismo andaba, Prisión
de Palafox
y Montijo. instó para que se aprehendiesen las personas de Palafox y Montijo juntamente con sus papeles. El último fue cogido en Valverde y trasladado a Sevilla, en donde también se arrestó al primero sin que lo impidiese su calidad de central. Metió algún ruido la detención de estos personajes, y mayor hubiera sido a no tenerlos tan desopinados sus continuos enredos. Los acontecimientos que sobrevinieron terminaron en breve la persecución de entrambos.
Manejos
de Romana
y de su hermano
Caro.
Romana, que tanta diligencia ponía en descubrir y cortar las tramas de los demás, no por eso cesaba en alterar con su conducta la paz y buena armonía del gobierno supremo. Favorecía grandemente sus miras su hermano D. José Caro, que a nada menos aspiraba que a ver a su familia mandando en el reino. En la provincia de Valencia, puesta a su cuidado, trabajaba los ánimos en aquel sentido, y con profusión esparció el famoso voto de Romana de 14 de octubre. La junta provincial ayudole mucho en ocasiones, y este cuerpo, provocando unas veces el nombramiento de una regencia exclusiva, desechándolo en otras, vario e inconstante en sus procedimientos, manifestaba que a pesar de su buen celo por la causa de la patria, influían en sus deliberaciones hombres de seso mal asentado.
Don José Caro remitió a las demás juntas una circular, a nombre de la de Valencia, en que, alabando los servicios, el talento, las virtudes de su hermano el marqués de la Romana, se hablaba de la necesidad de adoptar lo que este había propuesto en su voto, y se indicaba a las claras la conveniencia de nombrarle regente. La central, en una exposición que hizo a las juntas, y antes de finalizar noviembre, grave y victoriosamente rechazó los ataques y opinión de la de Valencia, invitando a todas a aguardar la próxima reunión de cortes. Las provincias apoyaron el dictamen de la central, y en Valencia se separaron de Caro varios que le habían estado unidos. Para cortar las disensiones, debió Romana pasar a aquella ciudad, viaje que no verificó, enviando en su lugar a Don Lázaro de las Heras, hechura suya, Tropelías. pues el marqués tomaba a veces por sí resoluciones sin cuidarse de la aprobación de sus compañeros. Las Heras, como era de esperar, procedió en Valencia según las miras de Romana, y atropelló en diciembre y confinó a la isla de Ibiza a Don José Canga Argüelles y a otros individuos de la junta, ahora encontrados en opiniones con el general Caro.
Estado deplorable
de la junta
central.
Pero con estas reyertas y miserias crecían los males de la patria, y la central, en cuyo cuerpo no habían en un principio reinado otras divisiones sino aquellas que nacen de la diversidad de dictámenes, se vio en la actualidad combatida por la ambición y frenéticas pasiones de Palafox, de Romana y sus secuaces, convirtiéndose en un semillero de chismes, pequeñeces y enredos impropios de un gobierno supremo, con lo cual cayó aún más en tierra su crédito y se anticipó su ruina.
Providencias
de la comisión
ejecutiva
y de la junta.
La comisión ejecutiva, cuya alma era el mismo Romana, nada pues de importante obró, poniéndose de manifiesto lo nulo de aquel general para todo lo que era mando. La junta, por su parte, y en el círculo de facultades que se había reservado, animada del buen espíritu de Jovellanos, Garay y otros, acordó algunas providencias no desacertadas, aunque tardías, como fue el aplicar a los gastos de la guerra los fondos de encomiendas, obras pías, y también la rebaja gradual de sueldos, exceptuándose a los militares que defendían la patria.
Proposición
de Calvo
sobre libertad
de imprenta.