Antes algunos individuos suyos, si bien noveles repúblicos e hijos de la insurrección, continuaban tan apegados al estado de cosas de los reinados anteriores, que aun faltándoles ya el arrimo del conde de Floridablanca, a duras penas se conseguía separarlos de la senda que aquel había trazado; presentando obstáculos a cualquiera medida enérgica, y señaladamente a todas las que se dirigían a la convocación de cortes, o a desatar algunas de las muchas trabas de la imprenta. Apareció tan grande su obstinación que no solo provocó murmuraciones y desvío en la gente ilustrada, según en su lugar se apuntó, sino que también se disgustaron todas las clases; y hasta el mismo gobierno inglés, temeroso de que se ahogase el entusiasmo público, insinuó en una nota de 20 de julio de 1809 que [*] Repruébalas
el gobierno
inglés.
(* Ap. n. [9-1].) «si se atreviera a criticar [son sus palabras] cualquiera de las cosas que se habían hecho en España, tal vez manifestaría sus dudas... de si no había habido algún recelo de soltar el freno... a toda la energía del pueblo contra el enemigo.»
Tan universales clamores y los desastres, principal aunque costoso despertador de malos o poco advertidos gobiernos, hicieron abrir los ojos a ciertos centrales y dieron mayor fuerza e influjo al partido de Jovellanos, Fuerza
que adquiere
el partido
de Jovellanos. el más sensato y distinguido de los que dividían a la junta, y al cual se unió el de Calvo de Rozas, menor en número pero más enérgico e igualmente inclinado a fomentar y sostener convenientes reformas. Ya dijimos cómo Jovellanos fue quien primero propuso en Aranjuez llamar a cortes, y también cómo se difirió para más adelante tratar aquella cuestión. En vano con los reveses se intentó después renovarla, esquivándola asimismo, mientras vivió, el presidente conde de Floridablanca; a punto que no contento con hacer borrar el nombre de cortes que se hallaba inserto en el primer manifiesto de la central, rehusó firmar este, aun quitada aquella palabra, enojado con la expresión sustituida de que se restablecerían «las leyes fundamentales de la monarquía.» Rasgo que pinta lo aferrado que estaba en sus máximas el antiguo ministro.
Proposición
de Calvo de Rozas para convocar
a cortes,
15 de abril.
Ahora, muerto el conde y algún tanto ablandados los partidarios de sus doctrinas, osó Calvo de Rozas proponer de nuevo, en 15 de abril, el que se convocase la nación a cortes. Hubo vocales que todavía anduvieron reacios, mas estando la mayoría en favor de la proposición, fue esta admitida a examen; debiendo antes discutirse en las diversas secciones en que para preparar sus trabajos se distribuía la junta.
Ensanche
que se da
a la imprenta.
Semanario
patriótico.
Por el mismo tiempo diose algún ensanche a la imprenta, y se permitió la continuación del periódico intitulado Semanario patriótico, obra empezada en Madrid por Don Manuel Quintana, y que los contratiempos militares habían interrumpido. Tomáronla en la actualidad a su cargo Don I. Antillón y Don J. Blanco, mereciendo este hecho particular mención por el influjo que ejerció en la opinión aquel periódico, y por haberse tratado en él con toda libertad, y por primera vez en España, graves y diversas materias políticas.
Descontentos
con la junta.
Mudado y mejorado así el rumbo de la junta, aviváronse las esperanzas de los que deseaban unir a la defensa de la patria el establecimiento de buenas instituciones, y se reprimieron aviesas miras de descontentos y perturbadores. Contábanse entre los últimos muchos que estaban en opuestos sentidos, divisándose, al par de individuos del consejo, otros de las juntas, y amigos de la inquisición al lado de los que lo eran de la libertad de imprenta. Desabrido por lo menos se mostró el duque del Infantado, Infantado. no olvidando la preferencia que se daba a Venegas, rival suyo desde la jornada de Uclés. D. Francisco de Palafox. Creíase que no ignoraba los manejos y amaños en que ya entonces andaban Don Francisco de Palafox y el conde del Montijo, Montijo. persuadido el primero de que bastaba su nombre para gobernar el reino, y arrastrado el segundo de su índole inquieta y desasosegada.
Alboroto
que promueve
el último
en Granada,
reprimido.
Centellearon chispas de conjuración en Granada, a donde el del Montijo, teniendo parciales, había acudido para enseñorearse de la ciudad. Acompañole en su viaje el general inglés Doyle; y el conde, atizador siempre oculto de asonadas, movió el 16 de abril un alboroto en que corrieron las autoridades inminente peligro. La pérdida de estas hubiera sido cierta si el del Montijo al llegar al lance no desmayara, según su costumbre, temiendo ponerse a la cabeza de un regimiento ganado en favor suyo y de la plebe amotinada. La junta provincial, habiendo vuelto del sobresalto, recobró su ascendiente y prendió a los principales instigadores. Mal lo hubiera pasado su encubierto jefe, si, a ruegos de Doyle, a quien escudaba el nombre de inglés, no se le hubiera soltado con tal que se alejara de la ciudad. Pasó el conde a Sanlúcar de Barrameda, y no renunció ni a sus enredos ni a sus tramas. Pero con el malogro de la urdida en Granada desvaneciéronse por entonces las esperanzas de los enemigos de la central, conteniéndolos también la voz pública, que pendiente de la convocación de cortes y temerosa de desuniones quería más bien apoyar al gobierno supremo, en medio de sus defectos, que dar pábulo a la ambición de unos cuantos, cuyo verdadero objeto no era el procomunal.