La junta central, luego que temió la invasión de las Andalucías, empezó a expedir órdenes al de Alburquerque las más veces contradictorias, y en general dirigidas a sostener por la izquierda la división de Don Tomás de Zeráin, avanzada en Almadén. Las disposiciones de la junta, fundándose en voces vagas, más bien que en un plan meditado de campaña, eran por lo común desacertadas. El duque de Alburquerque, sin embargo, deseando cumplir por su parte con lo que se le prevenía, trataba de adelantarse hacia Agudo y Puertollano cuando, sabedor de la retirada de Zeráin, y después de la entrada de los franceses en La Carolina, mudó por sí de parecer y se encaminó la vuelta de la Andalucía, con propósito de cubrir el asiento del gobierno. Este, al fin, y ya apretado, ordenó a aquel hiciese lo mismo que ya había puesto en obra, mas con instrucciones de que acertadamente se separó el general español, disponiendo, contra lo que se le mandaba, que las tropas de Senén de Contreras y Menacho partiesen a guarnecer la plaza de Badajoz.

Con lo demás de la fuerza, esto es, con 8000 infantes y 600 caballos, encaminándose Alburquerque el 22 de enero por Guadalcanal a Andalucía, cruzó el Guadalquivir en las barcas de Cantillana haciendo avanzar a Carmona su vanguardia y a Écija sus guerrillas, que luego se encontraron con las enemigas. La junta central había mandado que se uniesen a Alburquerque las divisiones de D. Tomás Zeráin y de D. Francisco Copons, únicas de las que defendían la sierra que quedaron por este lado. Mas no se verificó, retirándose ambas separadamente al condado de Niebla. La última, más completa, se embarcó después para Cádiz en el puerto de Lepe. Lo mismo lucieron en otros puntos las reliquias de la primera.

Siendo las tropas que regía el duque de Alburquerque las solas que podían detener a los franceses en su marcha, déjase discurrir cuán débil reparo se oponía al progreso de estos, y cuán necesario era que la junta central se alejase de Sevilla si no quería caer en manos del enemigo.

Retírase
de Sevilla
la junta central.

Ya conforme al decreto, en su lugar mencionado, del 13 de enero, habían empezado a salir de aquella ciudad, pasado el 20, varios vocales, enderezándose a la Isla de León, punto del llamamiento. Mas, estrechando las circunstancias, casi todos partieron en la noche del 23 y madrugada del 24, unos por el río abajo y otros por tierra. Contratiempos
en el viaje
de sus individuos. Los primeros viajaron sin obstáculo, no así los otros a quienes rodearon muchos riesgos, alborotados los pueblos del tránsito, que se creían, con la retirada del gobierno, abandonados y expuestos a la ira e invasión enemigas. Corrieron, sobre todo, inminente peligro el presidente, que lo era a la sazón el arzobispo de Laodicea, y el digno conde de Altamira, marqués de Astorga, salvándose en Jerez ellos y otros compañeros suyos como por milagro de los puñales de la turba amotinada.

Sospechas
de insurrección
en Sevilla.

Asegurose que, contando con la inquietud de los pueblos, se habían despachado de Sevilla emisarios que aumentasen aquella y la convirtiesen en un motín abierto para dirigir a mansalva tiros ocultos contra los azorados y casi prófugos centrales. Pareció la sospecha fundada al saberse la sedición que se preparaba en Sevilla, y estalló luego que de allí salieron los individuos del gobierno supremo. De los manejos que andaban tuvo ya noticia el 18 de enero Don Lorenzo Calvo de Rozas, y dio de ello cuenta a la central. Para impedir que cuajaran, mandose sacar de Sevilla a Don Francisco de Palafox y al conde del Montijo, que, aunque presos, se conceptuaban principales promotores de la trama. La apresuración con que los centrales abandonaron la ciudad, el aturdimiento natural en tales casos, y la falta de obediencia estorbaron que se cumpliese la orden.

Verifícase.

Alejado de Sevilla el gobierno, quedaron dueños del campo los conspiradores de aquella ciudad, y el 24 por la mañana amotinaron al pueblo, declarándose la junta provincial a sí misma suprema nacional, lo que dio claramente a entender que en su seno había individuos sabedores de la conjuración. Entraron en la junta además Don Francisco Saavedra, nombrado presidente, el general Eguía y el marqués de la Romana, que no se había ido con sus compañeros, y salía de Sevilla en el momento del alboroto con Mr. Frere, único representante de Inglaterra después de la ausencia del marqués de Wellesley. Agregáronse también a la junta los señores Palafox y conde del Montijo, que al efecto soltaron de la prisión; el último esquivó por un rato acceder al deseo popular, fuese para aparentar que no obraba de acuerdo con los revoltosos, fuese que, según su costumbre, le faltara el brío al tiempo del ejecutar.

Junta de Sevilla.