Entra Bonnet
en Oviedo.
El general Bonnet ocupó a Oviedo el 30 de enero, de cuya ciudad, como en la primera invasión, habían salido las familias más principales. En esta entrada se portó aquel general con sobrada dureza, habiendo ejecutado algunos actos inhumanos: amansose después y gobernó con bastante justicia, en cuanto cabe al menos en un conquistador hostigado incesantemente por una población enemiga.
Evacúa la ciudad.
A pocos días de estar en Oviedo, temeroso Bonnet de los movimientos de Porlier y demás partidarios, desamparó la ciudad y se reconcentró en la Pola de Siero. Confiados demasiadamente los jefes españoles con tan repentina retirada, avanzaron de sus puestos del Nalón, se posesionaron de Oviedo, y apostaron en el puente de Colloto la vanguardia mandada por Don Pedro Bárcena. Los franceses, que no deseaban sino ver reunidos a los nuestros, para acabar con ellos más fácilmente por la superioridad que les daba en ordenada batalla su práctica y disciplina, Ocúpala
de nuevo. revolvieron el 14 de febrero sobre las tropas españolas, y atropellándolo todo recuperaron a Oviedo y asomaron el 15 a Peñaflor, en cuyo puente los detuvieron algunos paisanos, Castellar
y defensa
del Puente
de Peñaflor. mandados animosamente por el oficial de estado mayor Don José Castellar, que ya se señaló allá, en San Payo, y ahora quedó aquí herido.
Bárcena.
Retíranse
los españoles
al Narcea.
Don Pedro Bárcena, volviendo también a reunir su gente, a la que se agregaron otros dispersos, rechazó a los franceses en Puentes de Soto, y se sostuvo allí algún tiempo. Pero al fin, amenazándole continuamente enemigos numerosos, juzgó prudente recogerse a la línea del Narcea, quedando solo sobre la izquierda, en Pravia, orillas del Nalón, Don Juan Díaz Porlier. Encomendose entonces el mando del ejército de operaciones al mencionado Bárcena, hombre sereno y de gran bizarría. Don Juan
Moscoso. Ayudaba en todo con sus consejos y ejemplo el coronel Don Juan Moscoso, jefe de estado mayor, que en el arte de la guerra era entendido y aun sabio.
El general Arce.
El general Arce, amilanado a la vista de los peligros de una invasión que le cogía desprevenido, resolviose a dejar el mando de la provincia; mas antes, con intento de poder alegar que estaba concluida la comisión que le había llevado allí, determinó restablecer la junta constitucional que Romana a su antojo había destruido, y para ello ordenó que los concejos nombrasen, según lo hicieron, diputados que concurriesen a formar la citada corporación; desmoronándose de este modo la obra levantada por Romana, obra de desconcierto y arbitrariedad.
Conducta
escandalosa
de Arce y del
consejero Leiva.
Como quiera que fuese loable la medida de Arce, mirose esta como nacida de las circunstancias, más bien que del buen deseo de deshacer una injusticia y de granjearse las voluntades de los asturianos. Dio fuerza a la opinión que acerca de su partida enunciamos, el que dicho general y su compañero de comisión, el consejero Leiva, se llevaron consigo, so color de sueldos atrasados, 16.000 duros. Paso que debe severamente condenarse en un tiempo en que el hacendado y hasta el hombre del campo, se privaban de sus haberes por alimentar al soldado, a veces en apuros y en extrema desdicha.