Con las reyertas que de aquí y de otras partes nacían, no solo se descuidaban los asuntos de la guerra, únicos entonces de urgencia, sino que se dio margen a que en el mes de febrero gente aviesa suscitase en el Ferrol un alboroto. Fue en él víctima del furor popular el comandante de arsenales Don José María de Vargas, sirviendo de pretexto para el motín los atrasos que se debían a la maestranza. Restablecido el sosiego, formose causa a algunas personas, y castigose con el último suplicio a una mujer del pueblo que se probó haber sido la que primero acometió e hirió al desgraciado Vargas.

La junta de Galicia, disculpándose además, para no ayudar a Asturias, con los temores de que los franceses invadiesen su propio suelo por el lado de Astorga, cuya ciudad amenazaban y sitiaron luego, desatendió las reclamaciones de aquella provincia, ni convino tampoco en adoptar la proposición que su junta le hizo de nombrar de acuerdo ambas corporaciones un mismo jefe militar; puesto que la regencia a causa de la distancia no podía con prontitud acudir al remedio de los males que causaba la división.

Mahy, general
de las tropas
de aquel reino.

Solo el general Mahy, a quien se había confiado el mando superior de las tropas de Galicia, procuró por sí y en cuanto pudo auxiliar al principado. Mas el asedio de Astorga, y tener que cubrir el Bierzo, obligábanle a permanecer en Lugo y Villafranca con las principales fuerzas de su ejército, que eran poco considerables.

Sitio de Astorga.

No le incomodaron, sin embargo, tanto como temiera los franceses, cuya mira se enderezaba a Portugal; habiéndolos también detenido la defensa de Astorga, más porfiada de lo que permitía la flaqueza de sus fortificaciones. Ciudad aquella antigua, nunca fue plaza en los tiempos modernos, cercándola un muro viejo flanqueado de medios torreones. Tres arrabales facilitaban su acceso, careciendo de foso, estacada y de toda obra exterior. La población, antes de 600 vecinos, ahora menguada con sus muchos padecimientos. En el intermedio que corrió desde el anterior ataque del pasado octubre hasta el de esta primavera del año de 1810, se trató de mejorar el estado de sus defensas, fortaleciendo principalmente el arrabal de Reitibia con fosos, estacadas, cortaduras y pozos de lobo. Se formaron cuadrillas de paisanos, y la guarnición ascendía a unos 2800 hombres. Continuaba siendo gobernador Don José María de Santocildes.

En febrero estaban los franceses alojados en las riberas del Órbigo, hacia donde los nuestros, para aumentar el repuesto de sus víveres, extendían las correrías. El 11 del mes el general Loison, con 9000 hombres y seis piezas de campaña, se presentó delante de la ciudad, haciendo el 16 intimación de rendirse. Contestó a ella negativamente Santocildes, y entonces el general francés se alejó de la plaza, sin que por eso cesasen sus guerrillas de tirotearse diariamente con las nuestras. Así se prosiguió hasta que el 21 de marzo pensaron los franceses en formalizar el sitio.

Habíase arrimado hacia aquella parte el general Junot, duque de Abrantes, encargado del mando del 8.º cuerpo, vuelto a formar de nuevo, y uno de los que habían de componer el ejército que Napoleón destinaba contra los ingleses de Portugal. Habiéndose Santocildes opuesto a recibir un pliego que Junot le expidiera, comenzó desde luego este los trabajos del sitio. Impidieron su progreso los cercados, y aun el 26 rechazaron una tentativa de los sitiadores sobre el arrabal de Reitibia. Escaseaban los españoles de cañones, y los que había solo eran de menor calibre; carecíase también de municiones; abundaba, sí, el entusiasmo de la tropa y del paisanaje. Por ambos lados se escaramuzaba sin cesar, manteniendo los sitiados la esperanza de ser socorridos por el general Mahy, que permanecía en el Bierzo, cuyas avenidas observaban atentamente los franceses, trabándose a veces pelea entre unos y otros.

Mientras tanto, concluida el 19 de abril la batería de brecha, rompieron los enemigos el fuego en el siguiente día con piezas de grueso calibre, y se dirigieron contra la puerta de Hierro, por donde aportillaron el muro. Con las granadas se incendió la catedral, quemándose parte de ella y varias casas contiguas. El vecindario y la guarnición se defendían con serenidad y denuedo. Practicable a poco tiempo la brecha, aunque Junot intimó por segunda vez la rendición, amenazando pasar a cuchillo soldados y moradores, se desechó su propuesta y se prepararon todos a repeler el asalto. Emprendiéronle los enemigos, embistiendo a la misma sazón que la brecha abierta en la puerta de Hierro, el arrabal de Reitibia. Duró el ataque desde la mañana hasta después de oscurecido. Los sitiados rechazaron con el mayor valor todas las acometidas sin que los franceses consiguiesen entrar la ciudad. Capitula. Vecinos y militares se mostraban resueltos a insistir en la defensa, mas desgraciadamente era imposible. Ya no quedaban sino 24 tiros de cañón, pocos de fusil; estando además desfogonadas las piezas y rotas sus cureñas. En tal angustia, reunidas las autoridades, determinaron la entrega. Solo en el ayuntamiento hubo un anciano de más de 60 años, y de nombre el licenciado Costilla, Licenciado
Costilla. imagen por su esfuerzo de los antiguos varones de León, que levantándose de su asiento prorrumpió en las siguientes y enérgicas palabras: «Muramos como numantinos.»

Decidida la rendición, se posesionaron los enemigos de Astorga el 22 de abril, en virtud de capitulación honrosa. Computose la pérdida que experimentamos en aquel sitio en 200 hombres; superior la de los contrarios.