La fama de la inminente invasión llegó muy en breve a la ciudad de Valencia, en donde con el temor se desencadenaron las pasiones. El general Don José Caro, en lugar de dirigirlas al único y laudable fin de la defensa, fuese miedo, fuese deseo de satisfacer odios y personales rivalidades, dio rienda suelta a todo linaje de excesos y a enojosas venganzas. No compensó hasta cierto punto tan reprensible conducta con activas y oportunas providencias militares: medio seguro de reprimir los malévolos, y de tener en su favor la gran mayoría de los honrados ciudadanos. Un año era corrido desde que Caro mandaba, y ni se había fortificado Murviedro ni otros puntos importantes, ni el ejército de línea se había aumentado más allá de 11.000 hombres. La población en parte se encontraba armada, mas tan oportuna providencia antes bien había nacido de la espontaneidad de los habitantes, que de disposición enérgica de la autoridad superior; flojedad común a casi todos los jefes y juntas de España, suplida, en cuanto era dado, por el buen seso y ánimo de los naturales.
En tanto, las dos columnas francesas avanzaban. La de Morella entró sin resistencia en la villa y ocupó el castillo, abandonado por el coronel Miedes. La de Teruel se aproximó a Alventosa, en donde la vanguardia del ejército valenciano estaba colocada detrás del barranco por donde corre el Mijares. Al principio, las guerrillas, capitaneadas por Don José Lamar, alcanzaron ventajas; mas luego, recibida orden de Caro de replegarse sobre Valencia, y al tiempo que los franceses trataban ya de envolver la izquierda española, se retiraron los nuestros el 2 de marzo sobradamente de prisa, pues dejaron abandonados cuatro cañones de campaña. Entraron después los franceses en Segorbe, ciudad que pillaron desamparada por los habitadores.
Llegó el 3 a Murviedro el general Suchet, en donde se le juntó con su columna el general Habert. No estando todavía fortificado aquel sitio, que lo fue de la antigua y célebre Sagunto, se sometió la ciudad; encaminándose en seguida a Valencia los enemigos, ya más gozosos por comenzar a competir desde allí el cultivo del hombre con la lozanía de la vegetación.
Según se iban los franceses aproximando a la ciudad, crecía en ella la fermentación, y más se desbocaba Don José Caro en cometer tropelías. Envió a San Felipe de Játiva la junta superior, y creó una comisión militar de policía, instrumento de sus venganzas. Cierto que para ellas había un pretexto honroso en secretos tratos que el enemigo mantenía dentro de Valencia; pero en vez de solo descargar sobre los culpados la justicia de las leyes, arrestáronse indistintamente y para satisfacer enemistades buenos y malos patriotas.
Malógrasele
a Suchet
su expedición.
En tal estado, presentáronse los franceses delante de Valencia el 5 de marzo, estableciendo Suchet en el Puig su cuartel general. Ocuparon fuera de los muros, y a la izquierda del Guadalaviar, el arrabal de Murviedro, el colegio de San Pío V, el palacio real, el convento de la Zaidía y otros, extendiéndose al Grao y su comarca en gran detrimento de los pueblos. Intimó el 7 el general Suchet a Don José Caro la rendición, quien en este caso respondió cual debía. Se mantuvo Suchet hasta el 10 en las cercanías esperando a que estallase en su favor dentro de la ciudad una conmoción, mas saliendo fallida su esperanza y temeroso de las guerrillas que se formaban en su derredor, levantó el campo en la noche del 10 al 11 y retrocedió por donde había venido.
Pozoblanco.
Grande algazara y justa alegría se manifestó en Valencia al saberse el alejamiento del enemigo. Mas no por eso cesó Caro en sus persecuciones. Varios de los presos, aunque inocentes, continuaron encarcelados, y fue ahorcado el barón de Pozoblanco. Dudamos aún si este infeliz era o no delincuente, y si en realidad había seguido correspondencia con el enemigo. Natural de la isla de la Trinidad, unían en otro tiempo a él y a Caro estrechos vínculos, que tuvieron principio cuando el último visitaba como marino las costas americanas. Convirtiose después en odio la antigua amistad, y se acusó a Caro de haber usado en aquel lance de la potestad suprema no imparcial ni desapasionadamente.
Ventajas
de los españoles
en Aragón.
Suchet, al retirarse, se encontró con muchos paisanos armados que se habían levantado a su espalda, y también con la noticia de que el reino de Aragón, aprovechándose de su ausencia, comenzaba de nuevo a estar muy movido. En efecto, Don Pedro Villacampa, revolviendo el 7 de marzo sobre Teruel, había entrado la ciudad y obligado al coronel Plicque a encerrarse con su guarnición en el seminario, ya de antes fortificado. No contento aun así el español, había salido a esperar y cogido en la venta de Malamadera, a corta distancia de Teruel, un convoy enemigo procedente de Daroca. Apoderose de 4 piezas, de unos 200 hombres y de muchas municiones. Otro tanto hizo por opuesto lado con una compañía de polacos avanzada en Alventosa. El seminario, estrechado por los nuestros y próximo a caer en sus manos, se libertó el 12 de marzo con la llegada del ejército de Suchet, que forzó a Villacampa a alejarse. D. Felipe Perena también por el Cinca había hecho sus correrías, destruyendo en Fraga el puente y los atrincheramientos enemigos.