Sin embargo, todo ya era demás. La penuria del fuerte tocaba en su último punto, faltando hasta el agua de los aljibes, única que surtía a la guarnición. El bizarro gobernador, los oficiales y soldados habían todos sobrellevado de un modo el más constante la escasez y miseria que igualó, si no sobrepasó, la de Gerona. Mas desesperanzado Estrada de recibir auxilio alguno, y prefiriendo correr los mayores riesgos a capitular, resolvió salvarse con su gente de la que aún le quedaban 1200 hombres. A las diez de la noche del 12 púsose en movimiento, y salió por el lado de poniente, descendiendo la colina de carrera. Cruzó en seguida el camino real, y atravesando la huerta llegó, repelidos los puestos franceses, a las montañas detrás de Masanas y a Arbucias. Mas en aquel paraje, descarriado el valiente Estrada, tuvo la desgracia de caer prisionero, con tres compañías. El resto, que ascendía a 800 hombres, sacole a buen puerto el teniente coronel de artillería Don Miguel López Baños, quien el 14 entró en Vic, ciudad libre entonces de franceses. Estrada no se rindió sino después de viva refriega, y Augereau, aunque incomodado con que se le escapase la mayor parte de la guarnición, hizo alarde en gran manera de haberse hecho dueño de su gobernador. El mariscal
Macdonald
sucede
a Augereau
en Cataluña. De poco le sirvió tan feliz acaso, pues no tardó en desgraciarse con Napoleón, quien nombró para sucederle al mariscal Macdonald. Dícese que contribuyeron a su remoción quejas de Suchet, desazonado porque no le ayudaba debidamente en sus empresas.

Parte Suchet
a Lérida.

De estas, una de las principales era la que por entonces, y después de su retirada de Valencia, intentaba contra Lérida, conformándose con la orden que se le dio de París. Así después de dejar un tercio de su fuerza en Aragón, a las órdenes del general Laval, se enderezó con lo restante a Cataluña. Pero destruido por los españoles el puente de Fraga, y estando de aquel lado próximo el castillo de Mequinenza, prefirió Suchet al camino más directo, el de Alcubierre, y estableció en Monzón sus almacenes y hospitales.

Entran sus tropas
en Balaguer.

Se hallaba a la sazón en Balaguer Don Felipe Perena con alguna fuerza, y aunque es ciudad en que no quedan sino reliquias de sus antiguos muros, interesaba a los franceses su posesión a causa de un famoso puente de piedra que tiene sobre el Segre. Atento a ello, ordenó Suchet al general Habert que atacase a los españoles. Mas Perena, creyendo ser desacuerdo resistir a fuerzas tan superiores, cejó a Lérida, y los franceses entraron en Balaguer el 4 de abril.

Sitio de Lérida.

El 13 embistió Suchet aquella plaza. Asentada Lérida a la derecha del Segre, río que también allí se cruza por hermoso puente, ha sido desde tiempos remotos ciudad muy afamada. En sus alrededores acabó César con Afranio y Petreyo, del partido pompeyano, y antes, cuando estos ocupaban la ciudad, pasó aquel caudillo grandes angustias, acampado en la altura en donde ahora se divisa el fuerte de Garden. En la defensa de este, y sobre todo en la del castillo, colocado al extremo opuesto del lado del norte, en la cumbre de un cerro, consiste la principal fortaleza de Lérida, si bien ambos no se prestan entre sí grande ayuda. Muro sin foso ni camino cubierto, parte con baluartes, parte con torreones, rodea lo demás del recinto. Algunas obras nuevas se habían ejecutado, a saber: una a la entrada del puente, y también dos reductos, llamados del Pilar y San Fernando, en la meseta de Garden, en el paraje opuesto a la plaza, fuera de cuyos muros está situado aquel fuerte. La población, que ya ascendía a más de 12.000 almas, se hallaba aumentada con los paisanos que del campo se habían refugiado dentro. Contaba la guarnición 8000 hombres, inclusa la tropa de Perena. Mandaba como gobernador Don Jaime García Conde.

Todavía los franceses no habían empezado los trabajos del sitio, y ya Don Enrique O’Donnell pensó en hacer levantarle, o por lo menos en socorrer la plaza. Ignoraba su intento el general francés, por lo que el 21 de abril avanzó este hasta Tárrega, temiendo solo a Campoverde, que vimos se adelantara hacia Manresa; tanto sigilo guardaban los catalanes, de rara y laudable fidelidad.

Desgraciada
tentativa
de O’Donnell
para socorrer
la plaza.

O’Donnell se había el día antes puesto en marcha con 6000 infantes y 600 caballos, y el 22, sabiendo por el gobernador de Lérida que parte del ejército francés se había alejado de la plaza, miró como asegurada su empresa. Empezó, pues, O’Donnell en la mañana del 23 a aproximarse a la ciudad, siguiendo el llano de Margalef, repartida su fuerza en tres columnas, una más avanzada por el camino real, las otras dos por los costados. Desgraciadamente, sabedor al fin Suchet de la salida de O’Donnell de Tarragona, tornó de priesa hacia Lérida, y tomó oportunas disposiciones para que se malograse el plan del general español. Caminaba este confiado en su triunfo, cuando de repente se vio arremetido por fuerzas considerables. El general Harispe trabó luego pelea con la 1.ª columna, y Musnier, saliendo de Alcoletge, acometió a la que iba por la derecha del camino. Los nuestros se desordenaron, principalmente la caballería, arrollada por un regimiento de coraceros. O’Donnell, aunque sobrecogido con tal contratiempo, pudo juntar parte de su gente, y antes de anochecer retirarse con ella en buen orden camino de Montblanch. La pérdida de las dos columnas atacadas fue sin embargo considerable, quedando prisioneros batallones enteros.