Hizo a poco una correría la vuelta de aquel punto el general Sebastiani, acompañado de 8000 hombres. Enderezose por Baza a Lorca, y Freire se replegó sobre Alicante, metiendo en Cartagena la 3.ª división de su ejército al mando de Don Pedro Otedo. Los franceses se adelantaron sin oposición, y el 23 de abril se posesionaron de la ciudad de Murcia, siendo aquella la vez primera que pisaban su suelo. Los vecinos de más cuenta y las autoridades se habían ausentado la víspera. Sebastiani anunció a su entrada que se respetarían las personas y las propiedades; pero no se conformó su porte con tan solemnes promesas.

Su conducta.

En la mañana del 24 fue a la catedral, y después de mandar que se llevase preso a un canónigo revestido con su traje de coro, hizo que se interrumpiesen los divinos oficios, obligando al cabildo eclesiástico a que inmediatamente se le presentase en el palacio episcopal. Provenía su enojo de que no se le hubiese cumplimentado al presentarse en la iglesia. Maltrató de palabra a los canónigos, y ordenó que en el término de dos horas le entregasen todos sus fondos. Pidiéndole el cabildo que por lo menos alargase el plazo a cuatro horas, respondió altaneramente: «Un conquistador no deshace lo que una vez manda.»

Con no menos despego y altivez trató Sebastiani a los individuos de un ayuntamiento que se había formado interinamente. Reprendioles por no haberle recibido con salvas de artillería y repique de campanas, imponiendo al vecindario en castigo 100.000 duros, suma que a muchos ruegos rebajó a la mitad. Tomaron además el general francés y los suyos, no contando las raciones y otros suministros, todo el dinero de los establecimientos públicos, y la plata y alhajas de los conventos, sin que se libertasen del saqueo varias casas principales.

Evacúalo.

Esta correría ejecutada, al parecer, más bien con intento de esquilmar el reino de Murcia, aún intacto de la rapacidad enemiga, que de afianzar el imperio del intruso, fue muy pasajera. El 26 del mismo abril ya todos los franceses habían evacuado la ciudad, y bien les vino, empezando a reinar grande efervescencia en la huerta y contornos. Idos los invasores, se ensañaron los paisanos en las personas y haciendas de los que graduaron de afectos a los enemigos, y mataron al corregidor interino Don Joaquín Elgueta, el cual había también corrido gran peligro de parte de los franceses queriendo amparar a los vecinos. ¡Triste y no merecida suerte! Mejor hubieran los murcianos empleado sus puños en defenderse contra el común enemigo que haberse manchado con la sangre inocente de sus conciudadanos.

Partidas de
Cazorla y de
las Alpujarras.

Envió después Freire la caballería y algunos infantes a la frontera de Granada, quedándose él en Elche. Con tal apoyo, volvieron a fomentarse las partidas por el lado de Cazorla, y por el opuesto de las Alpujarras, y hubo muchos reencuentros entre ellas y cuerpos destacados del enemigo, compuestos de 200 a 400 hombres. La conducta de algunas tropas francesas contribuía también no poco a la irritación de los habitantes, habiéndose mostrado feroces en Vélez Rubio y otros pueblos, por lo que los vecinos defendían sus hogares de consuno, tocando a rebato y a manera de leones bravos. En las Alpujarras, ásperas pero deliciosas sierras, y en cuyas vertientes a la mar se dan las producciones del trópico, señaláronse varios partidarios como Mena, Villalobos, García y otros, aspirando los moradores, como ya en su tiempo decía Mármol, a que se les tuviese por invencibles.

Extremadura:
ejército
de la izquierda.

Andaba también a veces la guerra bastante viva en la parte de las Andalucías que linda con Extremadura. La junta de Badajoz, luego que Mortier se retiró el 12 de febrero de enfrente de la plaza, puso gran conato en derramar guerrillas hacia el reino de Sevilla y riberas del Tajo. Caminó luego hacia las del Guadiana desde San Martín de Trevejo el ejército de la izquierda, excepto la división de La Carrera, que quedó apostada para impedir las comunicaciones entre Extremadura y el país allende la Sierra de Baños. Este ejército, unido a la fuerza que había en Badajoz, constaba de unos 26.000 infantes y de más de 2000 hombres de caballería, la mitad desmontados. Romana. El marqués de la Romana le distribuyó colocando en su izquierda cerca de Castelo de Vide y en Alburquerque, dos divisiones al mando de Don Gabriel de Mendizábal y de Don Carlos O’Donnell [hermano de Don Enrique] una, y su cuartel general en Badajoz mismo, y otras dos a su derecha en Olivenza y camino de Monesterio, a las órdenes de los generales Ballesteros Ballesteros. y Senén de Contreras. Servía de arrimo al ejército de Romana, además de Badajoz, la plaza de Elvas y otras no tan importantes que guarnecen ambas fronteras española y portuguesa, en donde también había una división aliada que regía el general Hill. Se trabaron así de ambas partes continuos choques, ya que no batallas, y en algunos sostuvieron los españoles con ventaja la gloria de nuestras armas. Ballesteros, por la derecha, fue quien más lidió, siendo notables los combates de 25 y 26 de marzo en Santa Olalla y el Ronquillo, los del 15 de abril y 26 de mayo en Zalamea y Aracena, junto con los de Burguillos y Monesterio que se dieron al finalizar junio, todos contra las tropas del mariscal Mortier. Era el principal campo de Ballesteros y su acogida el país montuoso que se eleva entre Extremadura, Portugal y reino de Sevilla, desde donde igualmente se daba la mano con los españoles del condado de Niebla. Sus servicios fueron dignos de loa, si bien a veces ponderaba sobradamente sus hechos.