Ya que tales providencias no hubiesen por sí mostrado a las claras el objeto de Napoleón, los procedimientos de este a la propia sazón respecto de otras naciones de Europa, probaban con evidencia que su ambición no conocía límites. Los estados del papa, en virtud de un senado-consulto, se unieron a la Francia, declarando a Roma segunda ciudad del imperio, y dando el título de rey suyo al que fuese heredero imperial. Debían además los emperadores franceses coronarse en adelante en la iglesia de San Pedro, después de haberlo sido en la de Notre Dame de París. El senado-consulto, ostentoso en sus términos, anunciaba el renacimiento del imperio de occidente, y decía: «mil años después de Carlomagno se acuñará una medalla con la inscripción Renovatio imperii.» Agregose también a la Francia en este año la Holanda, aunque regida por un hermano de Napoleón, y ocupó su territorio un ejército francés, imaginando el emperador, en su desvarío, pues no merece otro nombre, que países tan diversos en idioma y costumbres, tan distantes unos de otros, y cuya voluntad no era consultada para tan monstruosa asociación, pudieran largo tiempo permanecer unidos a un imperio cimentado solo en la vida de un hombre.
En España, muy en breve se empezaron a sentir las consecuencias del establecimiento de los gobiernos militares. Procuró ocultar aquella medida, en tanto que pudo, el gabinete de José, conociendo su mal influjo. Los generales franceses, aun en las provincias no comprendidas en el decreto, «dispusieron luego a su arbitrio [*] (* Ap. n. [11-6].) [como afirman Azanza y Ofarrill], o sin otra dependencia directa que la del emperador, de todos los recursos del país. Por consecuencia de esto, las facultades del rey José [añaden los mismos] fueron disminuyendo hasta quedarse en una mera sombra de autoridad.»
Inútil embajada
a París
de Azanza.
Sumamente incomodó a José la inoportuna y arbitraria resolución de su hermano, concebida en menoscabo de su poder y aun en desprecio de su persona. Trastornáronse también los ánimos de los españoles, sus adherentes, quienes además de ver en tal desacuerdo la prolongación de la guerra, dolíanse de que España pudiese como nación desaparecer de la lista de las de Europa. Porque entre los de este bando, no obstante sus compromisos, conservaban muchos el noble deseo de que su patria se mantuviese intacta y floreciente.
Menester pues era que por parte de ellos se pusiese gran conato en que el emperador revocase su decreto. Creyeron así oportuno enviar a París una persona escogida y de toda confianza, y nadie les pareció más al caso que Don Miguel José de Azanza, conocido de Napoleón ya en Bayona, y ministro de genio suave y de índole conciliadora.[*] (* Ap. n. [11-7].) Hemos leído la correspondencia que con este motivo siguió Azanza; y nada mejor que ella prueba el desdén y desprecio con que trataba al de Madrid el gabinete de Francia.
En principios de mayo llegó a París como embajador extraordinario el mencionado Don Miguel. Tardó en presentar sus credenciales, y a mediados de junio de vuelta ya Napoleón desde 1.º del mes de un viaje a la Bélgica, no había aún tenido el ministro español ocasión de ver al emperador más que una vez cuando le presentaron. Pasados algunos días mirábase Azanza como muy dichoso solo porque ya le hablaban [*] (* Ap. n. [11-8].) [son sus palabras]. Satisfacción poco duradera y de ninguna resulta. Prolongó su estancia en París hasta octubre, y nada logró, como tampoco el marqués de Almenara que de Madrid corrió en su auxilio por el mes de agosto. Hubo momentos en que ambos vivieron muy esperanzados; hubo otros en que por lo menos creyeron que se daría a España en trueque de las provincias del Ebro el reino de Portugal: ilusiones que al fin se desvanecieron diciendo Azanza al rey José en uno de sus últimos oficios [24 de septiembre]:[*] (* Ap. n. [11-9].) «El duque de Cadore [Champagny], en una conferencia que tuvimos el miércoles, nos dijo expresamente que el emperador exigía la cesión de las provincias de más acá del Ebro por indemnización de lo que la Francia ha gastado y gastará en gente y dinero para la conquista de España. No se trata de darnos a Portugal en compensación. El emperador no se contenta con retener las provincias de más acá del Ebro, quiere que le sean cedidas.»
Fuéronse, por lo mismo, estas organizando a la manera de Francia en cuanto permitían las vicisitudes de la guerra, y cierto que la providencia de su incorporación al imperio se hubiera mantenido inalterable si las armas no hubieran trastrocado los designios de Napoleón. Suerte aquella fácil de prever después de los acontecimientos de Bayona en 1808, según los cuales, y atendiendo a la ambición y poderío del emperador de los franceses, necesariamente el gobierno de José, privado de voluntad propia, tenía que sujetarse a fatal servidumbre de nación extraña.
Tentativa
para libertar
al rey Fernando.
(* Ap. n. [11-10].)
En una de las primeras cartas de la citada correspondencia [*] de Don Miguel de Azanza, háblase de un suceso que por entonces hizo gran ruido en Francia, y cuyo relato también es de nuestra incumbencia. Fue pues una tentativa hecha en vano para que pudiese el rey Fernando escaparse de Valençay. Habíanse propuesto varios de estos planes al gobierno español, los cuales no adoptó este por inasequibles, o por lo menos no tuvieron resulta. En la actual ocasión, tomó origen semejante proyecto en el gabinete británico, siendo móvil y principal actor el barón de Kolly, empleado ya antes en otras comisiones secretas. Muchos han tenido a este por irlandés, y así lo declaró él mismo; pero el general Savary, bien enterado de tales negocios, nos ha asegurado que era francés y de la Borgoña.
Barón de Kolly.