Confiaban también los defensores de Ciudad Rodrigo en el apoyo que les daría Lord Wellington, cuyo cuartel general estaba en Viseo y se adelantó después a Celórico. Su vanguardia, a las órdenes del general Craufurd, se alojaba entre el Águeda y el Coa, y el 19 de marzo, en Barba del Puerco, hubo, entre cuatro compañías suyas y unos 600 franceses que cruzaron el puente de San Felices, un reñido choque, en el que, si bien sorprendidos al principio los aliados, obligaron, no obstante, en seguida a los enemigos a replegarse a sus puestos. Uniose en mayo a la vanguardia inglesa la división española de Don Martín de la Carrera, apostada antes hacia San Martín de Trevejo.
Viniendo sobre Ciudad Rodrigo, apareciéronse los franceses el 25 de abril vía de Valdecarros, y establecieron sus estancias desde el cerro de Matahijos hasta la Casablanca. Descubriéronse igualmente gruesas partidas por el camino de Zamarra, y continuando en acudir hasta junio tropas de todos lados, llegáronse a juntar más de 50.000 hombres, que se componían de los ya nombrados 6.º y 8.º cuerpos y de una reserva de caballería, que guiaban el mariscal Ney y los generales Junot y Montbrun. El primero había vuelto de Francia y tomado el mando de su cuerpo, con la esperanza de ser el jefe de la expedición de Portugal. Por demás hubiera sido emplear tal enjambre de aguerridos soldados contra la sola y débil plaza de Ciudad Rodrigo, si no hubiera estado cerca el ejército anglo-portugués.
Tuvo el 6.º cuerpo el inmediato encargo de ceñir la plaza; situose el 8.º en San Felices y su vecindad, y se extendió la caballería por ambas orillas del Águeda. Pasose el mes de mayo en escaramuzas y choques, distinguiéndose varios oficiales, y sobre todos D. Julián Sánchez. Don Julián
Sánchez. Maravillose de las buenas disposiciones y valor de este el comandante de la brigada británica Craufurd, que desde Gallegos había pasado a Ciudad Rodrigo a conferenciar con el gobernador. Era el 17 de mayo, y de vuelta a su campo escoltaba al inglés Sánchez, cuando se agolpó contra ellos un grueso trozo de enemigos. Juzgaba Craufurd prudente retroceder a la plaza, mas Don Julián, conociendo el terreno, disuadiole de tal pensamiento, y con impensado arrojo, acometiendo al enemigo en vez de aguardarle, le ahuyentó, y llevó salvo a sus cuarteles al general inglés.
Intimaron el 12 de nuevo los franceses la rendición, y Herrasti, sin leer el pliego, contestó que excusaban cansarse, pues ahora no trataría sino a balazos.
Los enemigos, después de haber echado dos puentes de comunicación entre ambas orillas y completado sus aprestos, avivaron los trabajos de sitio al principiar junio.
El 6 verificaron los cercados una salida, mandada por el valiente oficial Don Luis Minayo, que causó bastante daño a los franceses, e hicieron hoyos en las huertas llamadas de Samaniego, en donde se escondían sus tiradores, incomodando con sus fuegos a nuestras avanzadas. Continuaron adelantando los franceses sus apostaderos, y a su abrigo, en la noche del 15 al 16 de junio abrieron la trinchera que arrancaba en el mencionado teso, y que los enemigos dilataron aunque a costa de mucha sangre por su derecha y por el frente de la plaza. 400 hombres de las compañías de cazadores y el batallón de voluntarios de Ávila, capitaneados por el entendido y valeroso oficial Don Antonio Vicente Fernández, se señalaron en los muchos reencuentros que hubo sostenidos siempre por nuestra parte con gloria.
Teniendo ya los enemigos el 22 muy adelantadas sus líneas, y de modo que imposibilitaban el maniobrar de la caballería, resolviose que Don Julián Sánchez saliese del recinto con sus lanceros y se uniese a Don Martín de la Carrera. Ejecutose la operación con intrepidez, y el denodado Sánchez, a la cabeza de los suyos, dirigiéndose a las once de la noche por la dehesa de Martín Hernando, forzó tres líneas enemigas con que encontró, y matando y atropellando logró gallardamente su intento.
Acometieron los sitiadores en la noche del 23 el arrabal de San Francisco y, en especial, los conventos de Santo Domingo y Santa Clara, pero fueron rechazados. Lo mismo practicaron en el arrabal del Puente, si bien tuvieron igual o semejante suerte. A la verdad no fueron estos sino simulados ataques.
Apareció como verdadero el que dieron contra el convento de Santa Cruz, situado, según queda dicho, al noroeste de la plaza. Cercáronle en efecto por todos lados, de noche, escalaron las tapias de su frente, y quemando la puerta principal se metieron en la iglesia, a cuyas paredes aplicaron camisas embreadas. Pensaron en seguida asaltar el cuerpo del edificio, en donde se alojaba la tropa que guarnecía el puesto y que constaba de 100 soldados, a las órdenes de los capitanes Don Ildefonso Prieto y Don Ángel Castellanos. Los defensores repelieron diversas acometidas, y habiendo de antemano y con maña practicado una cortadura en la escalera de subida, al trepar por ella con esfuerzo los granaderos franceses, quitaron los nuestros unos tablones que cubrían la trampa y cayeron los acometedores precipitados en lo hondo, en donde perecieron miserablemente, junto con un brioso oficial que los capitaneaba, el sable en una mano y en la otra una hacha de viento encendida. Duró la pelea cerca de tres horas, firmes los españoles, aunque rodeados de enemigos y casi chamuscados con las llamas que consumían la iglesia contigua. Recelosos los franceses con lo acaecido en la escalera, no osaban penetrar dentro, y al fin, fatigados de tal porfía, y expuestos también al fuego continuo de la plaza, se retiraron, dejando el terreno bañado en sangre. Honraron a nuestras armas con su defensa las tropas del convento de Santa Cruz: fue su acción de las más distinguidas de este sitio.
Ocupados hasta ahora los franceses en los ataques exteriores y en sus preparativos contra la plaza, molestados asimismo y continuamente por los sitiados, y prevenidos a veces en sus tentativas, no habían aún establecido sus baterías de brecha. Atrasó también las operaciones el haberse retardado la llegada de la artillería gruesa, detenida en su viaje a causa del tiempo que, lluviosísimo, puso intransitables los caminos.