Capitula la plaza.

A la sazón preparábanse los enemigos a dar el asalto, y tres de sus soldados arrojadamente se habían ya encaramado para tantear la brecha. Enarbolada por los nuestros bandera blanca, salió de la plaza un oficial parlamentario, quien encontrándose con el mariscal Ney, volvió luego con encargo de este de que se presentase el gobernador en persona para tratar de la capitulación. Condescendió en ello Herrasti, y Ney, recibiéndole bien y elogiándole por su defensa, añadió que era excusado extender por escrito la capitulación, pues desde luego la concedía amplia y honorífica, quedando la guarnición prisionera de guerra.

El mariscal Ney dio su palabra en fe de que se cumpliría lo pactado, y según la noticia que del sitio escribió el mismo Herrasti, llevose a efecto con puntualidad. Fueron sin embargo tratados rigorosamente los individuos de la junta, porque, encarcelados con ignominia y llevados a pie a Salamanca, trasladáronlos después a Francia.

En este asedio quedaron de los españoles fuera de combate 1400 soldados; del pueblo, unos 100. Perdieron por lo menos 3000 los franceses. Gloriosa defensa. Massena encomió la defensa, pintándola como de las más porfiadas. «No hay idea [decía en su relación] del estado a que está reducida la plaza de Ciudad Rodrigo, todo yace por tierra y destruido, ni una sola casa ha quedado intacta.»

Clamores contra
los ingleses
por no haber
socorrido
la plaza.

Enojó a los españoles el que el ejército inglés no socorriese la plaza. Lord Wellington había venido allí desde el Guadiana, dispuesto y aun como comprometido a obligar a los franceses a levantar el sitio. No podía, en este caso, alegarse la habitual disculpa de que los españoles no se defendían, o de que estorbaban con sus desvaríos los planes bien meditados de sus aliados. El marqués de la Romana pasó de Badajoz al cuartel general de Lord Wellington y unió sus ruegos a los de los moradores y autoridades de Ciudad Rodrigo, a los del gobierno español y aun a los de algunos ingleses. Nada bastó. Wellington, resuelto a no moverse, permaneció en su porfía. Los franceses, aprovechándose de la coyuntura, procuraron sembrar cizaña, y el Monitor decía: «Los clamores de los habitantes de Ciudad Rodrigo se oían en el campo de los ingleses, seis leguas distante, pero estos se mantuvieron sordos.» Si nosotros imitásemos el ejemplo de ciertos historiadores británicos, abríasenos ahora ancho campo para corresponder debidamente a las injustas recriminaciones que con largueza y pasión derraman sobre las operaciones militares de los españoles. Pero, más imparciales que ellos, y no tomando otra guía sino la de la verdad, asentaremos, al contrario, prescindiendo de la vulgar opinión, que Lord Wellington procedió entonces como prudente capitán, si para que se levantase el sitio era necesario aventurar una batalla. Sus fuerzas no eran superiores a las de los franceses, carecían sus soldados de la movilidad y presteza convenientes para maniobrar al raso y fuera de posiciones, no teniendo tampoco todavía los portugueses aquella disciplina y costumbre de pelear que da confianza en el propio valer. Ganar una batalla pudiera haber salvado a Ciudad Rodrigo, pero no decidía del éxito de la guerra: perderla destruía del todo el ejército inglés, facilitaba a los enemigos el avanzar a Lisboa, y dábase a la causa española un terrible, ya que no un mortal, golpe. Con todo, la voz pública atronó con sus quejas los oídos del gobierno, calificando, por lo menos, de tibia indiferencia la conducta de los ingleses. Don Martín de la Carrera, participando del común enfado, se separó, al rendirse Ciudad Rodrigo, del ejército aliado y se unió al marqués de la Romana.

Excursión
de los franceses
hacia Astorga
y Alcañices.

Envió en seguida el mariscal Massena algunas fuerzas que arrojasen allende las montañas al general Mahy, que había avanzado y estrechaba a Astorga. Retirose el español, y el general Sainte-Croix atacó en Alcañices a Echevarría, que de intendente se había convertido en partidario y tenido ya anteriormente reencuentros con los franceses. Defendiose dicho Echevarría en el pueblo con tenacidad y de casa en casa. Arrojado, en fin, perdió en su retirada bastante gente que le acuchilló la caballería enemiga.

Toman la Puebla
de Sanabria.

Por entonces quisieron también los franceses apoderarse de la Puebla de Sanabria, que ocupaba con alguna tropa Don Francisco Taboada y Gil. Aquella villa, solo rodeada de muros de corto espesor y guarecida de un castillo poco fuerte, ya vimos como la entraron sin tropiezo los franceses al retirarse de Galicia, habiéndola después evacuado. Su conquista no les fue ahora más difícil. Taboada la desamparó, de acuerdo con el general Silveira, que mandaba en Braganza. Enseñoreose por tanto de ella el general Serras, y creyendo ya segura su posesión, se retiró con la mayor parte de su gente y solo dejó dentro una corta guarnición.