La pierden.

Enterados de su ausencia los generales portugués y español, revolvieron sobre la Puebla de Sanabria el 3 de agosto, y después de algunas refriegas y acometidas, la recuperaron en la noche del 9 al 10. Cayó prisionera la guarnición, compuesta de suizos, a los que se les prometió embarcarlos en la Coruña bajo condición de que no volverían a tomar las armas contra los aliados.

La ocupan
de nuevo.

En breve tornó, y de priesa, en auxilio de la plaza el general Serras, con 6000 hombres. A su llegada estaba ya rendida, pero Taboada y Silveira juzgaron prudente abandonarla, no teniendo bastantes fuerzas para resistir a las superiores de los enemigos. Lleváronse los prisioneros, y Serras de nuevo se posesionó de la villa y su castillo, cuya anterior toma, con la pérdida de los suizos, le costaba más de lo que militarmente valía.

Campaña
de Portugal.

Comenzó, entre tanto, el mariscal Massena la invasión de Portugal. Pasaremos a hablar, aunque con rapidez, de acontecimiento de tanta importancia, refiriendo antes los preparativos y medios de defensa que allí había, como también la situación de aquel reino.

Estado
de este reino
y de su gobierno.

Después de la evacuación que en el año pasado de 1809 efectuó el mariscal Soult de las provincias septentrionales de Portugal, puede aseverarse que ni esta nación ni su ejército habían tomado parte activa o directa en la lucha peninsular. Achacaron algunos la culpa a la flojedad del gobierno de Lisboa, y muchos al influjo que ejercía la Inglaterra, cuyo gabinete acabó por ser árbitro de la suerte de aquel país, no conviniendo a la política británica, según se creía, el que se estableciese íntima unión entre Portugal y España. Hubo de los gobernadores del reino [nombre que se daba a los individuos de la regencia portuguesa] quien se disgustó de tal predominio, y así se verificaron por este tiempo mudanzas en las personas que componían aquella corporación. El marqués de las Minas se retiró, y se agregaron a los que quedaban otros gobernadores, de los que fue el más notable y principal Sousa, hermano de los embajadores portugueses residentes en el Brasil y en Londres. Poco después, en septiembre, entró también en la regencia Sir Carlos Stuart, a la sazón embajador de Inglaterra en Lisboa. Del ejército, además del mando inmediato dado a Beresford, disponía en jefe, como mariscal general de Portugal, Lord Wellington, independiente del gobierno y absoluto en todo lo relativo a la fuerza combinada anglo-portuguesa, de cualquiera clase que fuese. Igualmente se confirió la dirección suprema de la marina al almirante inglés Berkeley. En fin, el gabinete del Brasil, o por mejor decir, las circunstancias, arreglaron de modo la administración pública de Portugal que, conforme a la expresión de un historiador inglés, en esta parte nada sospechoso, aquel reino [*] (* Ap. n. [12-1].) «fue reducido a la condición de un estado feudatario.»

Por lo mismo, no con mayor resignación que el marqués de las Minas, se sometían algunos de los otros gobernadores del reino, aun de los nuevos, a la intervención extraña. Las reyertas eran frecuentes y vivas, echando los ingleses en cara al gobierno de Lisboa que, en vez de remover obstáculos, los aumentaba, entorpeciendo la ejecución de medidas las más cumplideras. Pero tales quejas partían a veces de apasionada irreflexión, pues si bien ciertas resoluciones de los comandantes británicos solían ser eficaces para el éxito final de la buena causa, producían por el momento incalculables males, poco sentidos por extranjeros que solo miraban los campos lusitanos como teatro de guerra, y desoían los clamores de un país que no era su patria.

Lord Wellington, para hacer frente a tantas dificultades, y no abrumado con la grave carga que pesaba sobre sus hombros, desplegó asombrosa firmeza y se mostró invariable en sus determinaciones. Ministrole gran sostenimiento la suprema autoridad de que estaba proveído, y los socorros y dinero que la Inglaterra profusamente derramaba en Portugal.