Plan de
Lord Wellington.

De antemano había Lord Wellington meditado un plan de defensa y elevádole al conocimiento del gobierno británico, después de examinar detenidamente los medios económicos y militares que para ello deberían emplearse. Extendió su dictamen en un oficio dirigido a Lord Liverpool, obra maestra de previsión y maduro juicio. El gabinete inglés, descorazonado con la paz de Austria y el desastrado remate de la expedición de Walcheren, había vacilado en si continuaría o no protegiendo con esfuerzo la causa peninsular. Pero arrastrado de las razones de Wellington, apoyadas con elocuencia y saber por su hermano el marqués de Wellesley, miembro ahora de dicho gabinete, accedió al fin a las propuestas del general británico. Según ellas, debiendo aumentarse el ejército anglo-portugués, tenían que ser mayores los gastos y concederse nuevos subsidios al gobierno de Lisboa.

Fuerza
que mandaba.

Aprobado, pues, en Londres el plan de Wellington, en breve contó este con una fuerza armada bastante numerosa. Había en la península, no incluyendo los de Gibraltar, cerca de 40.000 ingleses, y dejando aparte los enfermos y los cuerpos que contribuían a guarnecer a Cádiz, quedábanle por lo menos al general británico de 26 a 27.000 hombres de su nación. Dividíase la gente portuguesa en reglada, de milicias y en ordenanzas, las últimas mal pertrechadas y compuestas de paisanaje. Los estados que de toda la fuerza se formaron tuviéronse por muy exagerados, y según un cómputo prudente no pasaba la milicia arriba de 26.000 hombres, y el ejército de 30.000. No es fácil enumerar con puntualidad la fuerza real de las ordenanzas. Por manera que casi al comenzarse la campaña hallábanse ya bajo el mando de Lord Wellington unos 80.000 hombres bien mantenidos, armados y dispuestos, con los que, apoyados por las ordenanzas, o sea la población, debía defenderse el reino de Portugal.

Subsidios
que da Inglaterra.

El subsidio con que a este acudía la gran Bretaña llegó a ascender por año a cerca de 1.000.000 de libras esterlinas. Rayaba el costo del ejército puramente británico en la suma de 1.800.000 libras de la misma moneda, 500.000 más de las que hubiera consumido en su propio país. Encareciose sobre manera el enganche de soldados, no permitiendo las leyes inglesas en el reemplazo de las tropas de tierra conscripciones forzadas. Se pagaban once guineas de premio por cada hombre que pasase de la milicia a la línea, y diez por los que se alistasen en la primera.

Posición
de Wellington.
Devastación
del país.

Lord Wellington, colocado ya en el valle del Mondego, o ya avanzando hacia la frontera de España, estaba como en el centro de la defensa, formando las alas la milicia y ordenanzas portuguesas. Todo el territorio hasta cerca de Coimbra, por donde se pensaba había de invadir Massena, fue destruido. Arruináronse los molinos, rompiéronse los puentes, quitáronse las barcas, devastáronse los campos, y obligando a los habitantes a que levantasen sus casas y llevasen sus haberes, se ordenó que la población entera, del modo que pudiese, hostigase al enemigo por los costados y espalda y le cortase los víveres, mientras que el ejército aliado por su frente le traía a estancias en que fuese probable batallar con ventaja.

Líneas
de Torres Vedras.

De aquellas se contaban a retaguardia de los anglo-portugueses varias que eran muy favorables, sobrepujando a todas las que se conocieron después con el nombre de líneas de Torres Vedras. Fortaleciéronse estas cuidadosamente, proviniendo la primera idea de mantenerlas y asegurarlas de planos que de todos sus puestos mandó levantar en 1799 el general Sir Carlos Stuart [padre del Stuart por este tiempo embajador en Lisboa], trabajo que ya entonces se hizo con el objeto de cubrir la capital de Portugal de una invasión francesa. Wellington, desde muy temprano, concibió el designio de realizar pensamiento tan provechoso.