Dos fueron las principales líneas que se fortificaron. Partía la primera de Alhandra, orillas del Tajo, y corría por espacio de siete leguas, siguiendo la conformación sinuosa de las montañas hasta el mar y embocadero del Sizandro, no lejos de Torres Vedras. La segunda que era la más fuerte y que distaba de la primera de dos a tres leguas, según la irregularidad del terreno, arrancaba en Quintela, y dilatándose cosa de seis leguas remataba en el paraje en donde desagua el río llamado San Lorenzo. Había además, pasado Lisboa, al desembocar del Tajo, otra tercera línea, en cuyo recinto quedaba encerrado el castillo de San Julián, no teniendo la última más objeto que el de favorecer, en caso de necesidad, el embarco de los ingleses. Contábanse en tan formidables líneas 150 fuertes y unos 600 cañones. Se habían construido las obras bajo la dirección del teniente coronel de ingenieros Fletcher, a quien auxilió el capitán Chapman.

Dicho
de Wellington
a Álava.

Puso Lord Wellington particular ahínco en que se fortificasen estas líneas cumplida y prontamente, pues como decía al digno oficial Don Miguel de Álava, comisionado por el gobierno español cerca de su persona, «no ha podido cabernos mayor fortuna que el haber asegurado el punto en la Isla gaditana y este de Torres Vedras, inexpugnables ambos, y en los que, estrellándose los esfuerzos del enemigo, daremos lugar a otros acontecimientos, y nos prepararemos con nuevos bríos a ulteriores y más brillantes empresas.»

Preparativos
y fuerza
de los franceses.

Los franceses, por su parte, habían preparado grandes fuerzas, para que no se les malograse la expedición de Portugal. El mariscal Massena no solo tenía a su disposición los tres cuerpos indicados y la caballería de Montbrun, sino que, comprendiéndose igualmente en su mando las provincias de Castilla la Vieja y las Vascongadas, el reino de León y Asturias, de su arbitrio pendía sacar de allí las fuerzas que hubiese disponibles. Además, se alojaba entre Zamora y Benavente, a las órdenes del general Serras, una columna móvil de 8000 hombres que amenazaba a Tras-os-Montes, y en agosto entró en España un 9.º cuerpo de ejército de 20.000 hombres, formado en Bayona y regido por el general Drouet; a mayor abundamiento, en la misma ciudad se juntaba otro, al cargo del general Caffarelli. No eran inútiles semejantes precauciones si querían los enemigos conservar firme su base y evitar el que se interrumpiesen las comunicaciones por las partidas españolas.

Así fue que el mariscal Massena, próximo a entrar en Portugal, dio en Ciudad Rodrigo una proclama a los habitadores de aquel reino, expresando que se hallaba a la cabeza de 110.000 hombres. Aserción no jactanciosa si se cuentan todos los cuerpos y divisiones que estaban bajo su obediencia, y que se extendían por España desde la frontera lusitana hasta la de Francia.

Escaramuzas.
Fuerte
de la Concepción.

Hubo ya escaramuzas en los primeros días de julio entre ingleses y franceses. Aquellos volaron y acabaron de arruinar el 21 del mismo mes el fuerte de la Concepción, en la raya perteneciente a España, y bien fortificado antes de 1808, pero que, al principiarse en dicho año la insurrección, se vio abandonado por los españoles, y destruido en parte por los franceses.

Combate del Coa.

Craufurd, general de la vanguardia inglesa, se colocó entonces a la margen derecha del Coa, y sin tener la aprobación de Lord Wellington, decidiose el 24 a trabar pelea con los franceses, llevado quizá del deseo de cubrir a Almeida, bajo cuyos cañones apoyaba su izquierda. Consistía la fuerza de Craufurd en 4000 infantes y 1100 caballos, situados en una línea que se extendía por espacio de media legua, formación algo semejable a las desadvertidas del general Cuesta. Vino sobre los ingleses el mariscal Ney, acompañado de su cuerpo de ejército, y por consiguiente muy superior a aquellos en número. Y si bien los batallones de la vanguardia aliada y los individuos combatieron por separado valerosamente, maniobrose mal en la totalidad, y los movimientos no fueron más atinados que lo había sido la colocación de las tropas. Los franceses rompieron las filas inglesas, obligando a sus soldados a pasar el Coa. Sirvió a estos para no ser del todo deshechos y atropellados por los jinetes enemigos lo desigual del terreno y los viñedos, y también el haberse negado a evolucionar oportunamente con la caballería el general Montbrun, disculpándose con no tener orden del general en jefe mariscal Massena. Hallaron así los ingleses hueco para cruzar el puente, cuyo paso defendido con grande aliento, detuvo al francés en su marcha. Perdió Craufurd cerca de 400 hombres; bastantes Ney por el empeño que puso, aunque inútil, en ganar el puente.