Tal contratiempo, en vez de coadyuvar a la defensa de Almeida, no podía menos de perjudicarla. Los franceses, en efecto, intimaron luego la rendición; mas no por eso obraron con su acostumbrada presteza, pues hasta el 15 de agosto en la noche no abrieron trinchera.
Sitio de Almeida.
Parecía natural que Almeida, plaza bajo todos respectos preeminente a Ciudad Rodrigo, imitase tan glorioso ejemplo, prolongando aun por tiempo más largo la resistencia. Los antiguos muros se hallaban, mucho antes de la actual guerra, mejorados, conforme al sistema moderno de fortificación, con foso, camino cubierto, seis baluartes, seis revellines y un caballero que dominaba la campiña. Había también almacenes a prueba de bomba. Estaba ahora la plaza municionada muy bien, y sus obras más perfeccionadas. Guarnecíanla 4000 hombres, y mandaba en ella el coronel inglés Cox.
Vuélase.
Rompieron los franceses el 26 horroroso fuego, y a poco ardieron muchas casas. Al anochecer del mismo día, tres almacenes, los más principales, encerrados en un castillo antiguo situado en medio de la ciudad, se volaron con pasmoso estrépito y causaron deplorable ruina. Por unas partes resquebrajáronse los muros, por otras se aportillaron; los cañones casi todos fueron o desmontados o arrojados al foso; perecieron 500 personas; hubo heridas muchas otras, y apenas quedaron seis casas en pie. Tal espectáculo ofreció Almeida en la mañana del 27. No faltó quien atribuyese a traición semejante desdicha; los bien informados, a casualidad o descuido.
Capitula.
Sin tardanza repitieron los franceses la intimación de rendirse. El gobernador Cox, aunque ya miraba imposible la defensa, quería alargarla dos o tres días, esperando que el ejército aliado acudiese en socorro de la plaza; pero obligole a capitular un alboroto, agavillado por el teniente de rey Bernardo de Costa. Presúmese que en él influyeron los portugueses adictos al francés, y que estaban en su campo. El teniente de rey fue en adelante arcabuceado, si bien no resultó claramente que llevase tratos con el enemigo.
Proscripciones
y prisiones
en Lisboa.
De resultas, la regencia de Portugal también declaró traidores a varios individuos que seguían el bando francés. Entre ellos sonaban los nombres de los marqueses de Alorna y de Loulé, del conde de Ega, de Gómez Freire de Andrade y otros de cuenta. Se prendió asimismo en Lisboa a muchas personas so pretexto de conspiración, sin pruebas ni acusación fundada. Enviáronlas después unas a Inglaterra, otras a las Azores. Dieron ocasión a tan vituperable demasía livianos motivos y privadas venganzas. Extrañose que Lord Wellington, y particularmente el embajador Stuart, miembro de la regencia y de poderoso influjo, no estorbasen procedimientos en que por lo menos pudiera achacárseles cierta connivencia, como sucedió. Pero la regencia de Lisboa, tomando la defensa de ambos, manifestó no haber tomado parte ninguno de ellos en aquella ocurrencia.
Temores
de los ingleses.