Luego que Ballesteros notó que los enemigos ponían toda su atención del lado de aquella plaza, comenzó de nuevo sus correrías. El 16 de febrero embistió a Fregenal, y cogió 100 caballos, 80 prisioneros y bagaje. Rondó por los contornos, y engrosadas sus filas con prisioneros fugitivos de Olivenza, resolvió al finalizar el mes acometer a Remond en el condado. Temeroso el comandante francés, se retiró más allá del río Tinto, de donde el 2 de marzo le arrojaron los nuestros; suceso que alteró en Sevilla los ánimos de los enemigos y de sus secuaces. Darricau, gobernador de esta ciudad, corrió en auxilio de Remond con cuanta gente pudo recoger; mas serenose, habiendo Ballesteros hecho alto y repasado después el Tinto. Incansable el español, tornó el 9 desde Beas en busca de Remond, sorprendiole de noche en Palma, le deshizo, y tomole bastantes prisioneros y dos cañones. Guerra afanosa y destructora para los franceses. Ballesteros preparábase el 11 a hacer decididamente una incursión hasta Sevilla mismo, cuando malas nuevas que venían de Extremadura le obligaron a suspender el movimiento proyectado.
Sitio de Badajoz.
Habían los enemigos embestido ya a Badajoz el 26 de enero. Aquella plaza está situada a la izquierda del Guadiana, que la baña por el norte y cubre una cuarta parte del recinto. Guarnécela del lado de la campiña un terraplén revestido de mampostería, con ocho baluartes, fosos secos, medias lunas, camino cubierto y explanada. Desagua allí al nordeste y corre por fuera un riachuelo de nombre Rivilla, cerca de cuya confluencia con el Guadiana álzase un peñón coronado de un antiguo castillo, el cual resguarda, junto con dos de los baluartes, el lado que mira al nacimiento del sol. En la derecha del Rivilla, a 200 toesas del recinto principal, y en un sitio elevado, se muestra el fuerte de la Picuriña, y al sudoeste el hornabeque de Pardaleras, con foso estrecho y gola mal cerrada. Estas dos obras exteriores se hallan, como la plaza, a la izquierda del Guadiana; descollando a la derecha, enfrente del castillo viejo, poco ha indicado, un cerro que se dilata al norte, y en cuya cima se divisa el fuerte de San Cristóbal, casi cuadrado. Lame la falda de este por levante el Gévora, que también se junta allí con el caudaloso Guadiana. No esguazable el último río en aquellos parajes, tiene un buen puente a la salida de la puerta de las Palmas, abrigado de un reducto. La población yace en bajo, y está rodeada de un terreno desigual que pudiéramos llamar undoso, con cerros a corta distancia.
Menacho
gobernador.
Gobernábala el mariscal de campo Don Rafael Menacho, soldado de gran pecho. Manejaba la artillería Don Joaquín Caamaño, y dirigía a los ingenieros Don Julián Albo. Llegó a haber de guarnición 9000 hombres. Poblaban la ciudad de 11 a 12.000 habitantes.
Empezaron los franceses el 28 de enero a abrir la trinchera y atacar por varios puntos; mas solo a la izquierda del Guadiana y con horroroso bombardeo. En el cerro de San Miguel establecieron una batería de cuatro piezas de a ocho y un obús: en el inmediato del Almendro, otra enfilando el fuerte de la Picuriña: lo mismo a la ladera del de las Mallas, entre el Rivilla y el arroyo Calamón; plantando aquí también a la izquierda de este una batería de obuses y cañones, con otra en el cerro del Viento; y abriendo entre ambas una trinchera y camino cubierto muy prolongado, cuyo ramal flanqueaba el frente de Pardaleras. Llamaron los franceses al último ataque el de la izquierda; del centro, al que partía del Calamón; de la derecha, al que indicamos primero.
El 30 verificaron los españoles una salida, y dos días después respondió Menacho con brío a la intimación que le hicieron los franceses de rendirse. Hincháronse el 2 de febrero las aguas del Rivilla, causando daño en los trabajos de los contrarios, y el 3 matáronles los nuestros, en una nueva salida de Pardaleras, más de 100 hombres, y arruinaron parte de las obras.
Don Gabriel de Mendizábal, reuniendo con las suyas las divisiones españolas que habían venido del ejército anglo-portugués, trató de meterse en Badajoz, engrosar la guarnición y retardar así las operaciones del enemigo. Para ello, y facilitar a la infantería un camino seguro, mandó a Don Martín de la Carrera que arremetiese el 6 por la mañana contra la caballería francesa, que en gran fuerza había pasado el 4 a la derecha del Guadiana, y la arrojase más allá del Gévora. Ejecutó Carrera su encargo gallardamente, y entonces Mendizábal se introdujo con los peones en la plaza.
Hicieron el 7 los cercados una salida contra las baterías enemigas del cerro de San Miguel y del Almendro. Mandaba la empresa Don Carlos de España, y aunque puso este el pie en la primera de las indicadas baterías, solo inutilizó en ella una pieza, no habiendo llegado a tiempo los soldados que traían los clavos y demás instrumentos propios al intento. La del Almendro fue también asaltada, y pudiéronse clavar allí más piezas. Sin embargo, rehechos los franceses, repelieron a los nuestros; y como por el descuido o retardo arriba indicado no se había destruido toda la artillería, causó esta en nuestras filas al retirarse mucho estrago, y perdimos, entre muertos y heridos, unos 700 hombres, de ellos varios oficiales.
Salió el 9 de Badajoz el general Mendizábal, y la plaza quedó entonces custodiada con los 9000 hombres que, según dijimos, habían llegado a componer su guarnición; evacuando el recinto sucesivamente los enfermos y gente inútil. Mendizábal se acantonó en la margen opuesta del Guadiana, apoyó su ala derecha en el fuerte de San Cristóbal, y aseguró de este modo la comunicación con Elvas y Campomayor.