A este punto se dirigía la vanguardia española para atacar por la espalda los atrincheramientos y baterías enemigas que impedían la comunicación entre el ejército de dentro de la Isla y el expedicionario. Con la mira de estorbar semejante maniobra, habíase colocado el general Villatte delante del caño del Alcornocal y molino fortificado de Almansa, favorecido de un pinar espeso que ocultando parte de su tropa, dejaba solo al descubierto unos cuantos batallones apoyados en Torre Bermeja.

La vanguardia, bajo el mando de Lardizábal, atacó bravamente las fuerzas de Villatte: la pelea fue reñida, en un principio dudosa; pero decidiola en nuestro favor, conteniendo al enemigo y cargándole luego con ímpetu, el regimiento de Murcia, al mando de su coronel Don Juan María Muñoz, y tres batallones de Guardias españolas que, con el regimiento de África, llegaron en seguida y dieron al reencuentro feliz remate. Villatte, repelido así, pasó al otro lado del caño y molino de Almansa, quedando, de consiguiente, franca la comunicación con la Isla de León; aunque se retardó el paso por el tiempo que pidió la reparación del puente de Sancti Petri, poco antes cortado.

En el mismo instante, la Peña, que deseaba aprovechar la ventaja adquirida y continuar tras el enemigo por el espeso y dilatado bosque que va a Chiclana, llamó hacia allí lo más de su tropa, y dispuso que el general Graham, abandonando el cerro del Puerco, se acercase al campo de la Bermeja, distante tres cuartos de legua, y que cooperase a las maniobras de la vanguardia, dejando solo en dicho cerro para proteger aquel puesto la división de Don Antonio Begines, un batallón inglés a las órdenes del mayor Brown, y los de Ciudad Real y Guardias valonas, unidos antes a la reserva.

Victor, que vigilaba los movimientos de los aliados, luego que notó el de Graham, y que caminaba este por el pinar con dirección al campo de la Bermeja, apareció en el llano y, dirigiendo la división de Leval contra los ingleses que iban marchando, se adelantó él en persona con las fuerzas de Ruffin al cerro del Puerco por la ladera de la espalda, posesionándose de su cima, verdadera llave de toda la posición, y cortando así las comunicaciones entre la gente que había quedado apostada en Casas Viejas y las tropas que acababan los españoles de dejar en el citado cerro del Puerco, las cuales, precisadas a retirarse, se movieron hacia el grueso del ejército.

Mostrábase ahora a las claras que la intención del enemigo era arrinconar a los aliados contra el mar y envolverlos por todos lados. El general Graham, que lo había sospechado, confirmose en ello al verse acometido y al noticiarle el mayor Brown el movimiento y ataque que los franceses habían hecho sobre el cerro del Puerco. Para remediar el mal contramarchó rápidamente el general británico: hizo que 10 cañones a las órdenes del mayor Duncan rompiesen fuego abrasador contra el general Leval, a quien, en consecuencia de la evolución practicada, tenían los ingleses por su flanco izquierdo, y mandó al coronel Andrés Barnard empeñar la lid con los tiradores y compañías portuguesas. Formó además de los restantes cuerpos dos trozos: de estos, uno bajo el general Dilkes acometió a Ruffin, otro bajo el coronel Wheatley, a Leval. La artillería, mandada por Duncan, contuvo la división del último y causó en ella gran destrozo.

El mayor Brown se había aproximado, por orden de Graham, al cerro de que era ya dueño Ruffin, y antes que Dilkes llegara había tenido que aguantar vivísimo fuego. Juntos ambos jefes, arremetieron vigorosamente cuesta arriba para recobrar la posición defendida por los franceses con su acostumbrado valor. El combate fue porfiado y sangriento. Cayó herido mortalmente Ruffin, sin vida el general Chaudron-Roussau, y los ingleses al fin encaramándose a la cumbre, se enseñorearon del campo de los enemigos. Huyeron estos precipitadamente, y Graham contento con el triunfo alcanzado no los persiguió, fatigada su gente con las marchas de aquellos días. Al rematar la acción llegaron de refresco los de Ciudad Real y Guardias valonas, que antes estaban con él unidos perteneciendo a la reserva, los cuales sin orden de la Peña acudieron adonde se lidiaba movidos de hidalgo pundonor.

Las divisiones de Ruffin y Leval se retiraron concéntricamente: en vano quiso el mariscal Victor restablecer la refriega: el fuego sostenido y fulminante de los cañones de Duncan desbarató tal intento.

El combate solo duró hora y media; pero tan mortífero que los ingleses perdieron más de 1000 soldados y 50 oficiales: los franceses 2000 y 400 prisioneros, en cuyo número se contó al general Ruffin, tan mal herido que murió a bordo del buque que le transportaba a Inglaterra.

Los enemigos durante la pelea quisieron también extenderse por la playa al pie del cerro de la Cabeza del Puerco; mas se lo estorbaron las tropas de Begines y la caballería de Whittingham. Este no persiguió en la retirada cual pudiera a los franceses, que no tenían arriba de 250 jinetes. Solo los húsares británicos, que eran 180, se destacaron del cuerpo principal y, guiados por el coronel Federico Ponsonby, embistieron con los enemigos. Whittingham dio por disculpa para no seguir tan buen ejemplo el haber tomado por franceses a los españoles que habían quedado de observación en Casas Viejas, y que se acercaron al campo en el momento de concluirse la batalla.

No cesó en tanto el tiroteo entre la vanguardia del mando de Lardizábal y la división de Villatte, quien también quedó herido. Los españoles perdieron unos 300 hombres, no menos los contrarios.