La Peña no dio paso alguno para auxiliar al general Graham, ni se meneó de donde estaba, como si temiera alejarse de Sancti Petri, cuyo puente al cabo se reparó, pudiendo el general Zayas pasarle y colocarse cerca de las flechas y molino de Almansa. Excusó la Peña su inacción con haber ignorado la contramarcha de Graham, y con el poco tiempo que dio la corta duración de la pelea. Pero pareció a muchos que bastaba para aviso el ruido del cañón, y que ya que no hubiese el general español podido concurrir al primer momento del triunfo, por lo menos encaminándose al punto de la acción hubiera su asistencia servido a molestar y deshacer del todo al enemigo en la retirada.
Desavenencias
entre
los generales.
Graham, ofendido de tal proceder, y disminuida su gente y fatigada, metiose el 6 en la Isla, rehusó cooperar activamente fuera de las líneas, y solo prometió favorecer desde ellas cualquiera tentativa de los españoles.
En aquellos días las fuerzas sutiles de estos, al mando de Don Cayetano Valdés, sostenidas por las de los ingleses, se habían desplegado en la parte interior de la bahía, amenazando el Trocadero y los otros puntos del mismo modo que el río de Sancti Petri y caños de la Isla. En la mañana del 6 se verificó un pequeño desembarco en la playa del puerto de Santa María, y en la noche anterior Don Ignacio Fonnegra habíase posesionado de Rota, y destruido las baterías y artillería enemiga.
Derrotado el mariscal Victor en el cerro de la Cabeza del Puerco, o sea torre de la Barrosa, tomó medidas de retirada, y envió a Jerez heridos y bagajes: llamó de Medina Sidonia la división mandada por Cassagne, la cual no había asistido a la batalla, y se reconcentró con lo principal de sus tropas en la vecindad de Puerto Real.
Por su parte la Peña no se atrevió a emprender solo cosa alguna, y entró en Sancti Petri el 7 con todo su ejército, excepto los patriotas de la sierra y la división de Begines, que quedaron fuera y ocuparon el 8 a Medina Sidonia, rechazando a 600 franceses que intentaron atacarlos.
Todas estas operaciones, y sobre todo la batalla del 5, excitaron quejas y recriminaciones sin fin. Mirose como fuente y causa principal de ellas la irresolución y desconfianza que de sí propio tenía la Peña. Graham, aunque con razón ofendido de varias acusaciones que se le hicieron, llevó muy allá el resentimiento y enojo.
Debates
que de resultas
hay en las cortes.
En las cortes se promovieron acerca del asunto largos debates. Muchos querían que en todos los casos de acciones o sucesos desgraciados, se formase causa al general en jefe: opinión sobrado lata, pues las armas tienen sus días y los mayores capitanes han perdido batallas y equivocádose a veces en sus maniobras. Por lo mismo limitáronse las cortes a decidir que la regencia investigase con todo el rigor de las leyes militares lo ocurrido en tan notable suceso, quedándole expeditas sus facultades para obrar conforme creyera conveniente al bien y utilidad del estado.
Nombró al efecto la regencia una junta de generales, la cual informó meses después no resultar hecho alguno por el que se pudiese proceder contra Don Manuel de la Peña. En virtud de esta declaración cierto era que no debía la regencia poner en juicio a aquel general, pero tampoco había motivo para premiarle, como lo hizo más adelante, condecorándole con la gran cruz de Carlos III y con la manifestación de que así él como los demás generales y tropa se habían portado dignamente.