Resoluciones
en la materia.
Las cortes anduvieron por entonces más cuerdas, dando gracias a los aliados y declarando que estaban satisfechas de la conducta militar de la oficialidad y tropa del 4.º ejército. De este modo no mentaron en su declaración al general en jefe, e hicieron justicia a las tropas y a los oficiales que se condujeron en los lances en que se empeñaron con valor y buena disciplina. Posteriormente instadas las cortes por empeños, y apoyándose en los dictámenes que dieron varios generales, manifestaron también quedar satisfechas de la conducta de D. Manuel de la Peña en la expedición de la Barrosa. Resolución que con razón desaprobaron muchos.
En sesión secreta agraciaron las mismas al general Graham con la grandeza de España, bajo el título de duque del Cerro de la Cabeza del Puerco. Al principio pareció aceptar dicho general la merced que se le otorgaba, pues confidencialmente su ayudante y particular amigo Lord Stanhope así lo indicó, mostrando solo el deseo de que se variase la denominación, teniendo en inglés la palabra Pig peor sonido que la correspondiente en español. Convínose en ello; mas luego no admitió Graham, ya fuese resentimiento del proceder de la regencia, o ya, más bien, según creyeron otros, temor de lastimar a Lord Wellington todavía no elevado a tan encumbrada dignidad.
Después de lo acaecido, imposible era continuasen mandando en la Isla el general Graham y Don Manuel de la Peña. Explicaciones, réplicas, escritos se multiplicaron por ambas partes, y llegaron a punto de provocar un duelo entre Don Luis de Lacy, jefe del estado mayor del ejército expedicionario, y el general inglés: felizmente se arregló la pendencia sin lidiar. Sucedió en breve al último en su cargo el general Cook, y a la Peña, contra quien se desenfrenó la opinión, el marqués de Coupigny, que vimos en Bailén y Cataluña.
El mariscal Victor, pasado el primer susto, y viendo que nadie le seguía ni molestaba, volvió el 8 tranquilamente a Chiclana, y ocupó de nuevo y reforzó todos los puntos de su línea.
Bombardeo
de Cádiz.
A poco empezaron los sitiadores a arrojar proyectiles que alcanzaron a Cádiz. Ya habían hecho ensayos en los días 15, 19 y 20 de diciembre anterior desde la batería de la Cabezuela junto al Trocadero, y conseguido que cayesen algunas bombas en la plaza de San Juan de Dios y sus alrededores, esto es, en la parte más próxima a los fuegos enemigos. No reventaban sino las menos, y de consiguiente fue casi nulo su efecto, pues para que llegasen a tan larga distancia [3000 toesas], era menester macizarlas con plomo, y dejar solo un huequecillo en que cupiesen unas pocas onzas de pólvora. Estos proyectiles lanzábanlos unos morteros que llamaban a la Villantroys, del nombre de un antiguo ingeniero francés que los descubrió, mas el modelo de las bombas le hallaron los franceses en el arsenal de Sevilla, invento antiguo de un español, que ahora parece perfeccionó un oficial de artillería, también español, en servicio de los enemigos, cuyo nombre no estampamos aquí en la duda de si fue o no cierta acusación tan fea. Los franceses tuvieron al principio un corto número de morteros de esta clase, descomponiéndoseles a cada paso por la mucha carga que se les echaba. Aumentáronlos en lo sucesivo y aun los mejoraron, según en su lugar veremos.
Murmurándose mucho en Cádiz acerca de la expedición de la Peña, el consejo de regencia, para apaciguar los clamores y distraer al enemigo del sitio de Badajoz, cuya caída aún se ignoraba, ideó otra expedición al condado de Niebla, de 5000 infantes y 250 caballos, a las órdenes de Don José de Zayas, que debía obrar de acuerdo con Don Francisco Ballesteros.
Breve expedición
de Zayas
al condado.
Dio la vela de Cádiz aquel general el 18 de marzo, y desembarcado el 19 en las inmediaciones de Huelva, echó a los franceses de Moguer y trató de ir tierra adentro. Mas antes de verificarlo, reforzados los enemigos con tropa suya de Extremadura, y no unidos todavía Zayas y Ballesteros, tuvo el primero que reembarcarse el 23, previniéndole sus instrucciones que no emprendiese nada sin tener certidumbre de buen éxito, y se colocó en la isla de la Cascajera, al embocadero del Tinto. Los caballos hubo que abandonarlos, apretando de cerca el enemigo, y solo las sillas y arreos junto con los jinetes fueron transportados a la mencionada isla, y es digno de notar que varios de aquellos animales entregados a su generoso instinto cruzaron a nado el brazo de mar que los separaba de sus dueños.