Parte del de los franceses se había replegado ya, posesionándose del formidable paso de Miranda do Corvo y márgenes del río Deuza. Aquí se juntó también a los suyos el general Montbrun, que avanzado a Coimbra se vio muy expuesto a que le envolviesen los ingleses cuando Massena desamparó a Condeixa. Los cuerpos 6.º y 8.º, que se mantenían en Casal Novo, abandonaron la posición en virtud de las maniobras del inglés por el flanco, y se incorporaron al mariscal en jefe, alojado en Miranda.

En el entretanto, uniose en la tarde del 14 a Nightingale el general Cole, y dueños los ingleses de Espinhal, pasado el Deuza podían forzar, abrazándola, la nueva posición que ocupaban los franceses en Miranda do Corvo, motivo por el que los últimos la evacuaron en aquella misma noche y tomaron otra no menos respetable sobre el río Ceiras, dejando un cuerpo de vanguardia enfrente de la Foz de Arouce. El 15 se trabó en este punto un porfiado combate que duró hasta después de anochecido: con la oscuridad y el tropel hubo de los franceses muchos que se ahogaron al paso del Ceiras. No obstante Ney, que siempre cubría la retirada, consiguió salvar los heridos, y los carros y bagajes que aún conservaban, estableciéndose sin tropiezo el general Massena detrás del Alva. Dio Wellington descanso a sus tropas el 16, y situó el 17 sus puestos sobre la sierra de Murcella.

Puede decirse que se terminó aquí la primera parte de la retirada de los franceses comenzada desde Santarén. En toda ella marcharon los enemigos formados en masa sólida, cubiertos por uno o dos cuerpos de su ejército que sacaron ventaja del terreno quebrado y áspero con que encontraban. Massena desplegó en la retirada profundos conocimientos del arte de la guerra, y Ney a retaguardia brilló siempre por su intrepidez y maestría.

Destrozos
que causan
los franceses
en la retirada.

Pero los destrozos que causaron sus huestes exceden a todo lo que puede delinear la pluma. Ya en las primeras estancias, ya en las de Santarén, ya en el camino que de vuelta recorrieron, no se ofrecía a la vista otra imagen sino la de la muerte y desolación. Los frutos en el otoño no fueron levantados ni recogidos, y de ellos los que no consumió el hambriento soldado, podridos en los árboles o caídos por el suelo, sirvieron de pasto a bandadas de pájaros y a enjambre de inmundos insectos que acudieron atraídos de tan sabroso y abundante cebo. La miseria del ejército francés llegó a su colmo: cada hombre, cada cuerpo robaba y pillaba por su cuenta, y formose una gavilla de merodeadores que se apellidaron a sí mismos décimo cuerpo de operaciones; dispersarlos costó mucho al mariscal Massena. Pero no eran estos, según acabamos de decir, los solos que causaban daño; la penuria siendo aguda para todos, todos participaron de la indisciplina y la licencia, acordándose únicamente de que eran franceses cuando se trataba de lidiar y combatir al inglés. Algunos habitantes que se quedaron en sus casas o tornaron a ellas confiados en halagüeñas promesas, martirizados a cada instante, unos perecieron del mal trato o desfallecidos, otros prefirieron acogerse a los montes y vivir entre las fieras, antes que al lado de seres más feroces que no aquellas, aunque humanos. Hubo mansión en cuyo corto espacio se descubrieron muertos hasta 30 niños y mujeres. Los lobos agolpábanse en manadas, adonde como apriscados, de montón y sin guarda yacían a centenares cadáveres de racionales y de brutos. Apurados los franceses y caminando de priesa, tenían con frecuencia que destruir sus propias acémilas y equipajes. En una sola ocasión toparon los ingleses con 500 burros desjarretados, en lánguida y dolorosa agonía, crueldad mayor mil veces que la de matarlos. Las villas de Torres Novas, Tomar y Pernes, morada muchos meses de los jefes superiores, no por eso fueron más respetadas: ardieron en parte y, al retirarse, entregáronlas los enemigos al saco. También quemó el francés a Leiría, y el palacio del obispo fue abrasado por orden de Drouet; y por otra especial del cuartel general cupo igual suerte al famoso monasterio cisterciense de Alcobaça, enterramiento de algunos reyes de Portugal, señaladamente de Don Pedro I y de su esposa Doña Inés de Castro, cuyos sepulcros fueron profanados en busca de imaginados tesoros, y las reliquias esparcidas al viento; y cuéntase que aún se conservaba entero el cuerpo de Inés, desventurada beldad, que al cabo de siglos ni en la huesa pudo lograr reposo. En seguida todos los pueblos del tránsito se vieron destruidos o abrasados: el rastro del asolamiento indicaba la ruta del invasor, tan insano como si empuñara la espada del vándalo o del huno. (* Ap. n. [14-1].) Y como estos, por donde pasó corrasit toda la tierra, para valernos [*] de una palabra significativa de que usó en semejable ocasión un escritor de la baja latinidad. Una vez suelto el soldado, sea o no de nación culta, guíale montaraz instinto: aniquila, tala, arrasa sin necesidad ni objeto, mas por desgracia, según decía Federico II, «esa es la guerra.»

No faltó quien censurase en Lord Wellington el no haber a lo menos en parte estorbado tales lástimas, creyendo que mientras permanecieron ambos ejércitos en las líneas y en Santarén, amagado el enemigo con movimientos ofensivos, se hubiera visto en la necesidad de reconcentrarse, no siendo árbitro de llevar hasta 20 y 30 leguas, como solía, el azote de la destrucción. Otros han motejado que después, en la retirada, no se hubiese el general inglés aprovechado bastantemente de las ventajas que le daba el número y buen estado de sus fuerzas, superiores en todo a las del enemigo, las cuales, menguadas, con muchos enfermos y decaídas de ánimo, no tenían otros víveres que los que llevaba cada soldado en su mochila o los escasos que podía hallar en país tan devastado. Los desfiladeros y tropiezos naturales, añadían los mismos críticos, que embarazaban y retardaban la marcha de los franceses, especialmente en Redinha, Condeixa, Casal Novo y Miranda do Corvo, facilitaban atacar a los contrarios y vencerlos, y quizá se hubiera entonces anonadado sin gran riesgo un ejército que, dos meses adelante, ya rehecho, peleó con esfuerzo y a punto de equilibrar la victoria. Estribaban tales reflexiones en fundamentos no destituidos de solidez.

Destaca
Wellington
a Beresford
a Extremadura.

Prosigamos nuestra narración. Lord Wellington a su llegada a Condeixa, luego que vio asegurado a Coimbra y que los franceses se retiraban precipitadamente, había vuelto los ojos a la Extremadura española, y el 13 de marzo resolvió destacar, a las órdenes del mariscal Beresford, una brigada de caballería, artillería correspondiente, dos divisiones inglesas de infantería y una portuguesa de la misma arma con dirección a aquellas partes. Dícese si Wellington había pensado ejecutar antes esta maniobra, y que le había detenido la dispersión de Mendizábal, acaecida en 19 de febrero. Dudamos que así fuese. El verdadero motivo de la dilación consistió en que Wellington no quería desasirse de fuerza alguna hasta que le llegasen de Inglaterra las nuevas tropas que aguardaba. Contaba con ellas para fines de enero, y manteniendo esta esperanza había indicado que socorrería la Extremadura en febrero. Frustrose aquella y suspendió la ejecución de su plan, achacando la mudanza los que ignoraban la causa al descalabro padecido y no al retardo de los refuerzos, que no aportaron a Lisboa sino al principiar marzo. Llegados que fueron, uniéronse en breve al ejército, y Lord Wellington, cierto ya de la marcha decidida y retrógrada de los franceses, juzgó que sin riesgo podía desprenderse de la expresada fuerza y contribuir con su presencia en Extremadura a operaciones más extensas y de combinación más complicada.

Por consiguiente, en la sierra de Murcella, donde le dejamos el 17, estaba ya privado de aquellas tropas, si bien por otra parte engrosado con las de refresco llegadas de Inglaterra, y que ascendían a cerca de 10.000 hombres.

Prosigue
Massena
su retirada.