Levanta
Beresford el sitio
de Badajoz.

No habían, entre tanto, los ingleses adelantado en el sitio de Badajoz. Philippon, gobernador francés, aventajábase demasiado en saber y diligencia para no contener fácilmente la inexperiencia de los ingenieros ingleses e inutilizar los medios que contra él empleaban, insuficientes a la verdad. Al aproximarse Soult, mandó Beresford descercar la plaza, y en los días 13 y 14 empezó a darse cumplimiento a la orden, siendo del todo abandonado el sitio en la noche del 15, en que se alejó la 4.ª división inglesa y la de Don Carlos de España, últimas tropas que habían quedado. Perdieron los aliados en tan infructuosa tentativa unos 700 hombres muertos y heridos.

Batalla
de la Albuera.

Tuvieron el 14 vistas en Valverde de Leganés con el mariscal Beresford los generales españoles, y convinieron todos en presentar batalla a los franceses en las cercanías de la Albuera. En consecuencia expidieron órdenes para reunir allí brevemente todas las tropas del ejército combinado.

Es la Albuera un lugar de corto vecindario situado en el camino real que de Sevilla va a Badajoz, distante cuatro leguas de esta ciudad y a la izquierda de un riachuelo que toma el mismo nombre, formado poco más arriba de la unión del arroyo de Nogales con el de Chicapierna. Enfrente del pueblo hay un puente viejo y otro nuevo al lado, paso preciso de la carretera. Por ambas orillas el terreno es llano y en general despejado, con suave declive a las riberas. En la de la derecha se divisa una dehesa y carrascal llamado de la Natera, que encubre hasta corta distancia el camino real, y sobre todo la orilla río arriba por donde el enemigo tentó su principal ataque. En la margen izquierda por la mayor parte no hay árboles ni arbustos, convirtiéndose más y más aquellos campos que tuesta el sol en áridos sequedales, especialmente yendo hacia Valverde. Aquí la tierra se eleva insensiblemente y da el ser a unas lomas que se extienden detrás de la Albuera con vertientes a la otra parte, cuya falda por allí lame el arroyo de Valdesevilla. En las lomas se asentó el ejército aliado.

El expedicionario llegó tarde en la noche del 15, y se colocó a la derecha en dos líneas: en la primera, siguiendo el mismo orden, Don José de Lardizábal y D. Francisco Ballesteros, que tocaba al camino de Valverde: en la segunda, a 200 pasos, Don José de Zayas. La caballería se distribuyó igualmente en dos líneas, unida ya la del 5.º ejército, bajo las órdenes del conde de Penne Villemur, que mandó la totalidad de nuestros jinetes.

El ejército anglo-portugués continuaba en la misma alineación, aunque sencilla: su derecha en el camino de Valverde, dilatándose por la izquierda perpendicularmente a los españoles. El general Guillermo Stewart con su 2.ª división venía después de Ballesteros, y estaba situado entre dicho camino de Valverde y el de Badajoz; cerraba la izquierda de todo el ejército combinado la división del general Hamilton, que era de portugueses. Ocupaba el pueblo de la Albuera con las tropas ligeras el general Alten. La artillería británica se situó en una línea sobre el camino de Valverde; los caballos portugueses junto a sus infantes al extremo de la izquierda, y los ingleses avanzados cerca del arroyo de Chicapierna, de donde se replegaron al atacar el enemigo. Los mandaba el general Lumley, que se puso a la cabeza de toda la caballería aliada.

Colocado ya así el ejército, llegó Don Francisco Javier Castaños con seis cañones y la división de infantería de Don Carlos de España, la cual se situó a ambos costados de la de Zayas, ascendiendo los recién venidos con los de Penne Villemur, todos del 5.º ejército, a unos 3000 hombres. También se incorporaron al mismo tiempo dos brigadas de la 4.ª división británica que regía el general Cole, y que formaron con una de las brigadas de Hamilton otra segunda línea detrás de los anglo-portugueses, los cuales hasta entonces carecían de este apoyo. La fuerza entera de los aliados rayaba en 31.000 hombres, más de 27.000 infantes y 3600 caballos. Unos 15.000 eran españoles, los demás ingleses y portugueses; por lo que, siendo mayor el número de estos, encargose del mando en jefe, conforme a lo convenido, el mariscal Beresford.

Alboreaba el día 15 de mayo y ya se escaramuzaban los jinetes. El tiempo anubarrado pronosticaba lluvia. A las ocho avanzaron por el llano dos regimientos de dragones enemigos que guiaba el general Briche, con una batería ligera, al paso que el general Godinot, seguido de infantería, daba indicio de acometer el lugar de la Albuera por el puente. Los españoles empezaron entonces a cañonear desde sus puestos.

A la sazón los generales Castaños, Beresford y Blake, con sus estados mayores y otros jefes, almorzaban juntos en un ribazo cerca del pueblo, entre la 1.ª y 2.ª línea, y observando el maniobrar del enemigo opinaban los más que acometería por el frente o izquierda del ejército aliado. Entre los concurrentes hallábase el coronel Don Bertoldo Schepeler, distinguido oficial alemán que había venido a servir de voluntario la justa causa de la libertad española; y creyendo por el contrario que los franceses embestirían el costado derecho, tenía fija su vista hacia aquella parte, cuando columbrando en medio del carrascal y matorrales de la otra orilla el relucir de las bayonetas, exclamó: «Por allí vienen.» Blake entonces le envió de explorador, y en pos de él, a otros oficiales de estado mayor.