Cerciorados todos de que realmente era aquel el punto amenazado, necesitose variar la formación de la derecha que ocupaban los españoles: mudanza difícil en presencia del enemigo y más para tropas que, aunque muy bizarras, no estaban todavía bastante avezadas a evolucionar con la presteza y facilidad requeridas en semejantes aprietos.

No obstante verificáronlo los nuestros atinadamente, pasando parte de las que estaban en segunda línea a cubrir el flanco derecho de la primera, desplegando en batalla y formando con la última martillo, o sea un ángulo recto. Acercábase ya el terrible trance: los enemigos se adelantaban por el bosque; a su izquierda traían la caballería, mandada por Latour-Maubourg, en el centro la artillería, bajo el general Ruty, y a su derecha la infantería, compuesta de dos divisiones del 5.º cuerpo, mandadas por el general Girard, y de una reserva, que lo era por el general Werlé. Cruzaron el Nogales y el arroyo de Chicapierna, y entonces hicieron un movimiento de conversión sobre su derecha, para ceñir el flanco también derecho de los aliados, y aun abrazarle, cortando así los caminos de la sierra, de Olivenza y de Valverde, y procurando arrojar a los nuestros sobre el arroyo Valdesevilla y estrecharlos contra Badajoz y el Guadiana. Mientras que los enemigos comenzaban este ataque, que era, repetimos, el principal de su plan, continuaban el general Godinot y Briche amagando lo que se consideraba antes, en la primera formación, centro e izquierda del ejército combinado.

Trabose, pues, por la derecha el combate formal. Empezole Zayas, le continuó Lardizábal que había seguido el movimiento de aquel general, y empeñáronse al fin en la pelea todos los españoles, excepto dos batallones de Ballesteros, que quedaron haciendo frente al río de la Albuera; mas lo restante de la misma división favoreció la maniobra de Zayas, e hizo una arremetida sobresaliente por el diestro flanco de las columnas acometedoras, conteniéndolas y haciéndolas allí suspender el fuego. Los enemigos entonces, rechazados sobre sus reservas, insistieron muchas veces en su propósito, si bien en balde; pero al cabo, ayudados de la caballería mandada por Latour-Maubourg, se colocaron en la cuesta de las lomas que ocupaban los españoles.

Acorrió en ayuda de estos la división del general Stewart, ya en movimiento, y marchó a ponerse a la derecha de Zayas; siguiole la de Cole a lo lejos, y se dilató la caballería, al mando de Lumley, la vuelta del Valdesevilla para evitar la enclavadura de nuestra derecha en las columnas enemigas, siendo ahora la nueva posición del ejército aliado perpendicular al frente en donde primero había formado. Alten se mantuvo en el pueblo de la Albuera, y Hamilton, con los portugueses, aunque también avanzado, quedose en la línea precedente con destino a atajar las tentativas que hiciese contra el puente el general Godinot.

Por la derecha, prosiguiendo vivísimo el combate y adelantándose Stewart con la brigada de Colbourne, una de las de su división, retrocedían ya de nuevo los franceses, cuando sus húsares y los lanceros polacos, arremetiendo al inglés por la espalda, dispersaron la brigada insinuada, y cogiéronle cañones, 800 prisioneros y 3 banderas. Ráfagas de un vendaval impetuoso y furiosos aguaceros, unidos al humo de las descargas, impedían discernir con claridad los objetos, y por eso pudieron los jinetes enemigos pasar por el flanco sin ser vistos, y embestir a retaguardia. Algunos polacos, llevados del triunfo, se embocaron por entre las dos líneas que formaban los aliados, y la segunda inglesa, creyendo la primera ya rota, hizo fuego sobre ella y sobre el punto donde estaba Blake: afortunadamente descubriose luego el engaño.

En tan apurado instante sostúvose sin embargo firme un regimiento de los de la brigada de Colbourne, y dio lugar a que Stewart con la de Hoghton volviese a renovar la acometida. Hízolo con el mayor esfuerzo; ayudole, colocándose en línea la artillería, bajo el mayor Dickson, y también otra brigada de la misma división que se dirigió a la izquierda. Don José de Zayas con los suyos empeñose segunda vez en la lucha, y lidió valerosamente. La caballería, apostada a la derecha del flanco atacado, reprimió al enemigo por el llano, y se distinguió sobre todo, y favoreció a Stewart en su desgracia, la del 5.º ejército español, acaudillada por el conde de Penne Villemur y su segundo, Don Antolín Reguilón.

La contienda andaba brava, y el tiempo, habiendo escampado, permitía obrar a las claras. De ningún lado se cejaba, y hacíanse descargas a medio tiro de fusil: terrible era el estruendo y tumulto de las armas, estrepitosa la altanera vocería de los contrarios. Por toda la línea habíase trabado la acción; en el frente primitivo y en la puente de la Albuera también se combatía. Alten aquí defendió el pueblo vigorosamente, y Hamilton, con los portugueses y los dos batallones españoles que dijimos habían quedado en la posición primera, protegiéronla con distinguida honra.

Dudoso todavía el éxito, cargaron en fin al enemigo las dos brigadas de la división de Cole; la una, portuguesa, bajo el general Harvey, se movió por entre la caballería de Lumley y la derecha de las lomas, sobre cuya posesión principalmente se peleaba, y la otra, que conducía Myers, encaminose adonde Stewart batallaba.

A poco Zayas, animado en vista de este movimiento, arremetió en columna cerrada, arma al brazo, y hallábase a diez pasos del enemigo a la sazón que, flanqueado este por portugueses de la brigada de Harvey, volvió la espalda y arremolinándose sus soldados y cayendo unos sobre otros, en breve fugitivos todos, rodaron y se atropellaron la ladera abajo. Su caballería, numerosa y superior a la aliada, pudo solo cubrir repliegue tan desordenado. Repasó el enemigo los arroyos, y situose en las eminencias de la otra orilla, asestando su artillería para proteger, en unión con los jinetes, sus deshechas y casi desbandadas huestes.

No los persiguieron más allá los aliados, cuya pérdida había sido considerable. La de solos los españoles ascendía a 1365 hombres entre muertos y heridos: de estos fuelo Don Carlos de España; de aquellos el ayudante primero de estado mayor Don Emeterio Velarde, que dijo al expirar: «Nada importa que yo muera si hemos ganado la batalla.» Los portugueses perdieron 363 hombres; los ingleses 3614 y 600 prisioneros, pues los otros se salvaron de las manos de los franceses en medio del bullicio y confusión de la derrota. Perecieron de los generales británicos Hoghton y Myers: quedó herido Stewart, Cole y otros oficiales de graduación.