No abatidos por eso los cercados, repitieron nueva tentativa en la noche del 26 al 27, en la que igualmente fueron repelidos, situándose entonces los franceses en la plaza de armas del camino cubierto, enfrente del baluarte de San Pedro. Semejantes reencuentros y los fuegos de la plaza retardaban algo los trabajos del sitiador, y le mataban mucha gente con no pocos oficiales distinguidos.
Firmes todavía los españoles, efectuaron nueva salida en la tarde del 28, de mayor importancia que las anteriores. Para ello desembocaron unos por la puerta del Rastro para atacar la derecha de los enemigos, y otros se encaminaron rectamente al centro de la trinchera, protegiendo el movimiento los fuegos de la plaza y los del fuerte de Orleans; acometieron con intrepidez, desalojaron a los franceses de la plaza de armas que habían ocupado, y los acorralaron contra la segunda paralela. Parte de las obras fueron arruinadas, y por ambos lados se derramó mucha sangre. Al cabo se retiraron los nuestros, acudiendo gran golpe de contrarios, pero conservaron hasta la noche inmediata la plaza de armas, recobrada a la salida.
Puede decirse que este fue el último y más señalado esfuerzo que hicieron los cercados. En lo sucesivo se procedió flojamente. Alacha, herido ya desde antes en un muslo y aquejado de la gota, mostró gran flaqueza; y aunque es cierto que había entregado el mando a su 2.º, habíale solo entregado a medias, con lo que se empeoró más bien que favoreció la defensa, desmandando a veces uno lo que otro ordenaba, e inutilizándose así cualesquiera disposiciones. La población, con tal ejemplo, amilanose también y no coadyuvó poco al caimiento de ánimo de algunos soldados y a la confusión: manejos secretos del enemigo tuvieron en ello parte, como asimismo personas de condición dudosa que rodeaban al abatido Alacha.
Construidas entre tanto y acabadas las baterías enemigas, rompieron el fuego al amanecer del 29. Diez en número, tres de ellas dirigieron sus tiros contra el fuerte de Orleans y las obras de la plaza colocadas detrás, cuatro contra la ciudad y baluarte de San Pedro, las tres restantes, a la derecha del río, apoyaban este ataque y batían además el puente y toda la ribera.
En breve los fuegos del baluarte de San Pedro, los de la media luna del Temple y los de casi todo aquel frente fueron acallados, y se abrió brecha en la cortina. Ya anteriormente se hallaban las obras en mal estado, y solo el estremecimiento de la propia artillería hundía o resquebrajaba los parapetos. La caída de las bombas produjo en el vecindario conturbación grande, aumentada por el descuido que había habido en tomar medidas de precaución. En balde se esforzaron varios oficiales en reparar parte del estrago, y en ofrecer al sitiador nuevos obstáculos.
Quedaron el 31 apagados del todo los fuegos del frente atacado; ocuparon los franceses, a la derecha del río, la cabeza del puente abandonada por los españoles, añadieron nuevas baterías, y haciéndose cada vez más practicable la brecha de la cortina junto al flanco del baluarte de San Pedro, acercábase al parecer el momento del asalto.
Mal dispuestos se hallaban en la plaza para rechazarle, los vecinos consternados, el soldado casi sin guía: Alacha, metido en el castillo, no resolvía cosa alguna, mas lo empantanaba todo. Uriarte, viéndose falto de arrimo en el mayor apuro, y hombre de no grande expediente, juntó a los jefes para que decidiesen en tan estrecho caso. Los más opinaron por pedir una tregua de 20 días, y por entregarse al cabo de ellos, si en el intervalo no se recibía auxilio. Disimulado modo de votar en favor de la rendición, pues claro era que no convendría el francés en cláusula tan extraña. Otros, si bien los menos, querían que se defendiese la brecha.
Prevaleció, como era natural, y no más honroso, el parecer de la mayoría al que daba gran peso el desaliento de los vecinos, de tanto influjo en esta clase de guerra. Por consiguiente, el 1.º de enero enarboló el castillo, constante albergue de Alacha, bandera blanca; y advirtió este a Uriarte que enviaba al coronel de ingenieros Veyán al campo enemigo a proponer la tregua que se deseaba. Salió en efecto el último con el encargo, y recibió de Suchet la consiguiente repulsa. Sin embargo, el general francés envió al mismo tiempo dentro de la plaza al oficial superior Saint-Cyr Nugues, facultado para estipular una capitulación más apropiada a sus miras.
Abocose primero el parlamentario con Uriarte, quien insistió en la anterior propuesta. Lo mismo hizo luego Alacha, añadiendo las siguientes palabras: «El deseo de que no se vertiese más sangre del vecindario me había inclinado a la tregua; no concedida esta, nos defenderemos.» Pero replicándole el francés «que conocía el estado de la plaza, y que la resistencia no sería larga», cambió Alacha inmediatamente de parecer, y propuso venir a partido con tal que se diese por libre a la guarnición. Veleidad incomprensible y digna del mayor vituperio. Rehusó Saint-Cyr entrar en ningún acomodamiento de aquella clase, cierto de que en breve pisaría el ejército francés el suelo de Tortosa. Varios esforzados jefes allí presentes quedaron yertos y atónitos al ver la mudanza repentina del gobernador: y se sospecha que, desde entonces, allegados de este pactaron la entrega de la plaza en secreto, medrosos del soldado, que se mostraba asombradizo y ceñudo.
Los franceses, sin omitir las malas artes, continuaron con ahínco en sus trabajos para asegurar de todos modos su triunfo, y establecieron en la noche del 1 al 2 de enero una nueva batería, distante solo 10 toesas de una de las caras del baluarte de San Pedro. En 7 horas de tiempo abrieron con los nuevos fuegos dos brechas, sin contar la aportillada primeramente en la cortina; y por último, todo se apercibía para dar el asalto.