Uriarte, en aquel aprieto, y no tomadas de antemano medidas que bastasen a repeler al enemigo, quiso que la ciudad capitulase y que guardasen los españoles los principales fuertes. Propuesta que parecería singular si no la explicase hasta cierto punto el deseo que por una parte tenían los soldados de defenderse, y el descaecimiento que por la otra se había apoderado de los más de los vecinos.

No era tampoco menor el de Alacha, que sordo ya a toda advertencia, participó a Uriarte su final resolución de capitular así por los fuertes como por la plaza.

Aparecieron tremoladas en consecuencia 3 banderas blancas, que despreció el enemigo continuando en su fuego. Provenía tal conducta de no querer tratar el francés antes de que se le entregase en prenda el fuerte llamado Bonete, temiendo algún inesperado arranque de la irritación del soldado español.

A todo se avenía Alacha, y creciendo en él la zozobra, avisó al general enemigo que relajados los vínculos de la disciplina, le era imposible concluir estipulación alguna si no le socorría. ¡Oh mengua! Aguijado Suchet con la noticia, y cada vez más receloso de que se prolongase la defensa por algún súbito acontecimiento, resolvió poner cuanto antes término al negocio. Y para ello, corriendo en persona a la ciudad, acompañado solo de oficiales y generales del estado mayor, y de una compañía de granaderos, avanzó al castillo, y anunciando a los primeros puestos la conclusión de las hostilidades, se presentó al gobernador. Paso que se pudiera creer temerario, si no hubiera asegurado su éxito anterior inteligencia. Trémulo Alacha, serenose con la presencia del general enemigo que miraba como a su libertador. Eterno baldón que disculparon algunos con la edad y los achaques del conde, condenando todos a varios de los que le rodeaban, en cuyos pechos parecía abrigarse bastardía alevosa.

La toman
los franceses.

Urgía sin embargo a los franceses ajustar la capitulación. Los soldados españoles, aun los del castillo, intentaban defenderse, y necesitó emplear tono muy firme el general enemigo y abreviar la llegada de sus tropas para huir de un contratiempo. Hizo en seguida también él mismo escribir aceleradamente un convenio que se firmó sirviendo de mesa una cureña. No apresuró menos el que desfilase la guarnición con los honores correspondientes y entregase las armas, debiendo conforme a lo estipulado quedar prisionera de guerra. Ascendía todavía el número de soldados españoles a 3974 hombres: los demás habían perecido durante el sitio; de los franceses solo resultaron fuera de combate unos 500.

Sensación
que causa
en Cataluña.

Embraveciose la opinión en Cataluña con la rendición de Tortosa, y con lo descaminado y flojo de su defensa. Un consejo de guerra condenó Sentencia contra
el gobernador
Alacha. en Tarragona al conde de Alacha a ser degollado, y el 24 de enero, ausente el reo, se ejecutó la sentencia en estatua. A la vuelta a España en 1814 del rey Fernando, se abrió otra vez la causa, dio el conde sus descargos, y le absolvió el nuevo tribunal, no la fama.

En este ejemplo se nota cuánto daña al hombre público carecer de voluntad propia y firme. Alacha, en la retirada de Tudela, había recogido gloriosos laureles que ahora se marchitaron. Pero entonces escuchó la voz de oficiales expertos y honrados, y no tuvo en la actualidad igual dicha. Y si es cierto que los franceses en Tortosa dirigieron el sitio con vigor y maestría, y acertaron en atacar por el llano, lo que no habían hecho en Gerona, facilitoles para ello medios el descuido de Alacha, abandonando los trabajos emprendidos en las alturas inmediatas al fuerte de Orleans, y no pensando desde julio, en que empezó su mando, en plantear otros, a cuyo progreso no obstaba el semibloqueo del enemigo.

Toman
los franceses
el castillo del Coll
de Balaguer.