No queriendo Suchet desaprovechar tan feliz coyuntura como le ofrecía la toma de Tortosa, previno al general Habert, adelantado ya a Perelló, que tantease conquistar el fuerte de San Felipe en el Coll de Balaguer, angostura entre un monte de la marina y una cordillera a la mano opuesta, pelada casi toda ella de plantas mayores, a la manera de tantas otras de España, pero odorífera con los muchos romerales y tomillares que llenan de fragancia el aire. Dicho castillo, construido en el siglo XVIII para ahuyentar a los forajidos que allí se guarecían, y a los piratas berberiscos que acechaban su presa ocultos en las inmediatas ensenadas, era importante para los franceses, interceptándoles y dominando aquella posición el camino de Tarragona a Tortosa. Habert rodeó el 8 de enero el fuerte de San Felipe, e intimó la rendición. El gobernador, capitán anciano, de nombre Serrá, en vez de mantenerse tieso se limitó a pedir 4 días de término para dar una respuesta definitiva. Negósele tal demanda, y desde luego comenzaron los franceses su ataque. Los españoles, sin gran resistencia, abandonaron los puestos exteriores. Volose en breve dentro del fuerte un almacén de pólvora, y fluctuando con la desgracia el ánimo de la tropa, ya no muy seguro por lo de Tortosa, escalaron los franceses la muralla, huyendo parte de la guarnición vía de Tarragona y salvándose la otra en un reducto, donde capituló, y cayeron prisioneros el gobernador, 13 oficiales y unos 100 soldados. Tanto cunde el miedo, tanto contagia.

Providencias
de Suchet.
Vuelve a Aragón.

Para asegurar Suchet aún más las ventajas conseguidas y el embocadero del Ebro, fortificó el puerto de la Rápita y tomó otras disposiciones. Encargó a Musnier que con su división vigilase las comarcas de Tortosa, Albarracín, Teruel, Morella y Alcañiz; y dejó a Palombini y sus napolitanos en Mora y sobre el Ebro, en resguardo de la navegación del río, cuya izquierda ocupó el general Habert y su división para favorecer los movimientos que el mariscal Macdonald trataba de hacer contra Tarragona. Reservó consigo Suchet lo restante de su fuerza, y partió a Zaragoza a entender en arreglos interiores, y atajar de nuevo las excursiones de los guerrilleros y cuerpos francos que, con la lejanía de las principales tropas francesas, andaban más sueltos.

Alborotos
en Tarragona.

En tanto, acaecían en Tarragona, de resultas de la entrega de Tortosa, conmociones y desasosiegos. Los catalanes ya no veían por todas partes sino traidores. Desconfiaban del general en jefe Iranzo y de los demás, poniendo solo su esperanza en el marqués de Campoverde, quien gozaba de aura popular, ya por su buen porte como general de división, ya por los muchos amigos que tenía, y ya también por las fuerzas que habían ido de Granada, cuyo núcleo quedaba aún, y a las cuales pertenecía aquel caudillo. En la ciudad querían proclamarle por capitán general de la provincia, adhiriendo a ello los pueblos circunvecinos que, llevados de igual deseo, se agolparon un día de los primeros de enero al hostal de Serafina, inmediato a Tarragona.

El marqués
de Campoverde nombrado
general
de Cataluña.

Muchos pensaron que el marqués no ignoraba el origen de los alborotos, y que no los desaprobaba en el fondo, aunque, aparentando lo contrario, quería alejarse del principado. No sabemos si en secreto tomó parte, pero sí hubo allegados suyos y personas respetables que sostuvieron y fomentaron la idea del pueblo por amistad a Campoverde, y por creer que su nombramiento era el único medio de libertar a Cataluña de la anarquía y del entero sometimiento al enemigo. Por fin, y al cabo de idas y venidas, de peticiones y altercados, juntos todos los generales, hizo Iranzo dejación del mando, y no admitiéndole otros a quienes correspondía por antigüedad, recayó en Campoverde, el cual le aceptó interinamente bajo la condición de que se atendrían todos a lo que en último caso dispusiese el gobierno supremo de la nación.

Tranquilizó los ánimos este nombramiento, y evitó que el ejército se desbandase, frustrándose también de este modo los intentos del mariscal Macdonald que se había acercado a Tarragona con esperanzas de enseñorearla, cimentadas en el acobardamiento que se había apoderado de muchos, y en secretas correspondencias.

Asoma
Macdonald
a Tarragona.

El 5 de enero había vuelto Macdonald a reunir al grueso de su ejército la división de Frère, cedida temporalmente a Suchet; y yendo por Reus, dio vista a los muros tarraconenses el 10 del mismo mes. La quietud, restablecida dentro, desconcertó los planes de los franceses, que no pudiendo detenerse largo tiempo en las cercanías por la escasez de víveres y el hostigamiento de los somatenes, Se retira. determinaron pasar a Lérida con propósito de prepararse en debida forma al sitio de Tarragona.