Quema
de Manresa.
Tomó este mariscal su rumbo vía de Manresa y acampó el 30 de marzo con su gente en los alrededores de la ciudad. Seguía el rastro Don Pedro Sarsfield, con quien se juntó el barón de Eroles en Casamasana, acompañado de parte de las tropas que se apostaban en los márgenes del Llobregat: ya unidos, marcharon ambos jefes en la noche del mismo 30, y llegaron al hostal de Calvet, a una legua de Manresa. La junta de esta ciudad había convocado a somatén, y los vecinos, acordándose de anteriores saqueos de los franceses, habían casi todos abandonado sus hogares. A la vista de ellos todavía estaban, cuando descubrieron las llamas que salían por todos los ángulos del pueblo.
Habíale puesto fuego el enemigo incomodado por el somatén, o más bien deseoso del pillaje que disculpaba la ausencia de los vecinos. Macdonald, situado en las alturas de la Agulla a un cuarto de legua, presenció el desastre y dejó que ardiese la rica y antes fortunada Manresa sin poner remedio. 700 a 800 casas redujéronse a pavesas o poco menos, incluso el edificio de las huérfanas, varios templos, dos fábricas de hilados de algodón, e infinitos talleres de galonería, velería y otros artefactos. Tampoco respetó el enemigo los hospitales, llevando el furor hasta arrancar de las camas a muchos enfermos y arrastrarlos al campamento. Solo se salvaron algunos en virtud de las sentidas plegarias que hizo el médico Don José Soler al general Salme, comandante de una de las brigadas de Harispe, recordándole el convenio estipulado entre los generales Saint-Cyr y Reding, convenio muy humano, y por el que los enfermos y heridos de ambos ejércitos debían mutuamente ser respetados y remitidos, después de la cura, a sus respectivos cuerpos. Los nuestros habían cumplido en todas ocasiones tan puntualmente con lo pactado que el general Suchet no puede menos de atestiguarlo en sus memorias,[*] (* Ap. n. [15-1].) diciendo: «Vimos en Valls muchos militares franceses e italianos heridos, y nos convencimos de la fidelidad con que los españoles ejecutaban el convenio.»
Véase, sin embargo, como eran remunerados. Los manresanos clamaron por venganza, y pidieron a Sarsfield y a Eroles que atacasen y destruyesen sin misericordia a los transgresores de toda ley, a hombres desproveídos de toda humanidad. Cerraron los nuestros contra la retaguardia enemiga, en donde iban los napolitanos bajo Palombini. Desordenados estos, rehiciéronse, mas Eroles cargando de firme los arrolló y vengó algún tanto los ultrajes de Manresa. Distinguiose aquí el después malaventurado D. José María Torrijos, entonces coronel y libre ya de las manos de los franceses, entre las que, según dijimos, había caído prisionero meses atrás.
Macdonald, con tropiezos y molestado siempre, prosiguió su ruta, padeciendo de nuevo bastante en un ataque que le dio, en el Coll de David, Don Manuel Fernández Villamil, comandante de Monserrat. A duras penas metiose en Barcelona el mariscal francés con 600 heridos, y una pérdida en todo de más de 1000 hombres. Harispe el 5 de abril volvió a Lérida yendo por Villafranca y Montblanch, no dejándole tampoco de inquietar por aquel lado Don José Manso, que de humilde estado ilustrábase ahora por sus hechos militares.
No solo a los manresanos, mas a toda Cataluña enfureció el proceder de los franceses en aquella marcha, y sobre todo la quema de una ciudad que en semejante ocasión no les había ofendido en nada. Encrueleciose de resultas la guerra, tuvo crecimientos la saña. Proclama
de Campoverde. El marqués de Campoverde expidió una circular en que decía: «La conducta de los soldados franceses se halla muy en contradicción con el trato que han recibido y reciben de los nuestros... y la del mariscal Macdonald no se ajusta en nada con las circunstancias de su carácter de mariscal, de duque, ni de general que ha hecho la guerra a naciones cultas, que conoce el derecho de gentes, los sentimientos de la humanidad. No ha limitado su atrocidad este general a reducir a cenizas una ciudad inerme y que ninguna resistencia le ha opuesto, sino que, pasando de bárbaro a perjuro, no ha respetado el asilo de nuestros militares enfermos, transgrediendo la inviolabilidad del contrato formado desde el principio de la guerra.» Y después concluía Campoverde: «Doy... orden... a las divisiones y partidas de gente armada... mandándoles que no den cuartel a ningún individuo, de cualquiera clase que sea, del ejército francés que aprehendan dentro o a la inmediación de un pueblo que haya sufrido el saqueo, el incendio o asesinato de sus vecinos... y adoptaré y estableceré por sistema en mi ejército el justo derecho de represalia en toda su extensión.» Las obras siguieron a las palabras, y a veces con demasiado furor.
Movimientos
de este general.
Antes desde Tarragona había dispuesto Campoverde realizar algunos movimientos. Tal fue el que en 3 de marzo mandó ejecutar a D. Juan Courten con intento de recobrar el castillo del Coll de Balaguer, lo cual no se consiguió, aunque sí el rechazar al enemigo de Cambrils hasta la Ampolla, con pérdida de más de 400 hombres. De mayor consecuencia hubiera sido a tener buen éxito otra empresa que el mismo general dirigió en persona, y cuyo objeto era la toma de Barcelona o a lo menos la de Monjuich. Intentose el 19 de marzo, y con antelación, por tanto, a la entrada de Macdonald en aquella plaza.
La comunicación de nuestros generales con lo interior del recinto era frecuente, facilitándola la línea que casi siempre ocupaban los españoles en el Llobregat, y la imposibilidad en que el enemigo estaba de tener ni siquiera un puesto avanzado sin exponerle a incesante tiroteo y pelea.
Tentativa
malograda
contra Barcelona.