Grandes ventajas hubiera Campoverde podido sacar del entusiasmo de los nuestros, y del azoramiento y momentáneo apuro de los contrarios. Llegó la noticia de lo de Figueras a Macdonald, y conmoviole tanto que escribió a Suchet en 16 de abril desde Barcelona: «Que el servicio del emperador imperiosamente y sin dilación exigía los más prontos socorros, pues de otro modo estaba perdida la Cataluña superior... y que le enviase todas las tropas pertenecientes poco antes al 7.º cuerpo francés, y que acababan de agregarse al de Aragón.»
Va también
Campoverde
a Figueras.
Fuese descuido en Campoverde o carencia de recursos, no se aprovechó cual pudiera de acontecimiento tan feliz, obrando con lentitud. Supo el 12 de abril la toma de Figueras y no partió de Tarragona hasta el 20. Con mayor celeridad, probable era que hubiese impedido a Baraguey d’Hilliers la reconcentración de parte de sus fuerzas, dado impulso y mejor arreglo al levantamiento de los pueblos, y obligado a Suchet a venir hacia allí y diferir el sitio de Tarragona.
No consigue
sino en parte
socorrer
el castillo.
Campoverde llegó el 27 a Vic. Le acompañaban 800 caballos y 2000 infantes que sacó de aquella plaza con 3000 hombres de la división de Sarsfield. Más de 4000 hombres de tropa reglada y somatenes guarnecían ya a Figueras, falta todavía de artilleros y de ciertos renglones de primera necesidad. Estaba circunvalada la plaza por 9000 bayonetas y 600 caballos enemigos, número que competía con el de los españoles y era superior en disciplina, si bien con la desventaja de dilatarse por un amplio espacio en rededor de la fortaleza, cortado el terreno al oeste con quebradas y estribos de montes.
En la noche del 2 al 3 de mayo se aproximó Campoverde, y al amanecer del 3 atacó por el camino real para meter el socorro dentro de Figueras. Sarsfield iba a la cabeza y rodeó la villa situada al pie de la altura en donde se levanta la fortaleza, rechazando a los jinetes enemigos que quisieron oponérsele. Al mismo tiempo Rovira, que anteriormente había salido del castillo, unido con otro jefe de nombre Amat, y mandando juntos unos 2000 hombres, llamaban la atención del enemigo por Lladó y Llers. Eroles, todavía dentro, trataba por su parte de ponerse en comunicación con Sarsfield haciendo pronta salida, y ya se miraba como asegurada la entrada del socorro sin pérdida ni descalabro alguno. Mas de repente los enemigos, que estaban muy apurados en la villa, se dirigieron al coronel de Alcántara Pierrard, emigrado francés, que desembocaba del castillo para ejecutar de aquel lado, y conforme a las órdenes de Eroles, la operación concertada, y le propusieron capitular. Engañado el coronel, anunció la propuesta a Campoverde que también cayó en el lazo, y suspendiendo este el ataque autorizó a dicho Pierrard para que concluyese el convenio pedido.
No era la demanda del enemigo sino un ardid de guerra. Cierto ahora del punto por donde se le acometía, quería dar largas para traer de la otra parte un refuerzo, como lo hizo, y seis cañones. El fuego de estos desengañó a Campoverde, atacando Sarsfield inmediatamente la villa de Figueras, lo mismo Eroles viniendo del castillo. Ya se hallaba el primero en las calles cuando le flanquearon por la derecha 4000 hombres que salieron de un olivar. Tuvo entonces que retirarse, y a dos de seis batallones dispersáronlos los dragones franceses. Campoverde, sin embargo, consiguió meter dentro de la fortaleza 1500 hombres escogidos y algunos renglones, pero no todo lo que deseaba, y a costa de perder varios efectos y 1100 hombres entre muertos, heridos y prisioneros. Con menos confianza y más decisión hubiera evitado tal menoscabo, y conseguido la completa introducción del socorro. A los franceses, que perdieron 700 hombres, les era quizá permitida, según leyes de la guerra, la treta que imaginaron: tocaba a Campoverde vivir sobre aviso.
La escuadra inglesa y algunos buques españoles recorrieron al propio tiempo la costa; tomaron y destruyeron barcos, arruinaron muchas baterías de la marina, malográndoseles una tentativa contra Rosas que se lisonjearon de tomar por sorpresa.
Vacilación
de Suchet.
Faltaba ahora ver como Suchet obraría después de la pérdida tan grande para ellos de Figueras, y si arreglaría su plan a los deseos arriba indicados de Macdonald, o si se conformaría con las primeras órdenes del emperador que no previendo el caso había determinado se sitiase a Tarragona. Dudoso estuvo Suchet al principio; hasta que pesadas las razones por ambos lados, resolvió no apartarse de lo que de París se le tenía prevenido. Pensaba que Figueras acordonado se rendiría al fin, y que urgía e importaba sobremanera posesionarse de Tarragona, punto marítimo y base principal de las operaciones de los españoles en Cataluña. Las resultas probaron no era falso el cálculo, y menos descaminado: bien que para el acierto entró en cuenta el propio interés. En recuperar a Figueras ganaba solo Macdonald: acrecíase la gloria de Suchet con la toma de Tarragona. Así el primero tuvo que limitarse a sus únicas y escatimadas fuerzas para acudir a recobrar lo perdido, y el segundo se ocupó exclusivamente en adquirir, sin participación de otro, nuevos triunfos y preeminencias.