Medidas
de precaución
que toma
en Aragón.
Antes de saber la sorpresa de Figueras, y luego que recibió la orden de Napoleón, preparose Suchet para el sitio de Tarragona, cuidando de dejar en Aragón y en las avenidas principales, tropa que en el intermedio mantuviese tranquilo aquel reino. Más de 40.000 combatientes juntaba Suchet con los 17.000 que se le agregaron de Macdonald. Tres batallones, un cuerpo de dragones y la gendarmería ocupaban la izquierda del Ebro; a Jaca y Benasque guardábanlos 1500 infantes, y había puntos fortificados que asegurasen las comunicaciones con Francia. El general Compère mandaba en Zaragoza, puesta en estado de defensa y guarnecida por cerca de 2000 infantes y dos escuadrones, extendiéndose la jurisdicción de este general a Borja, Tarazona y Calatayud, en cuya postrera ciudad fortificaron los enemigos y abastecieron el convento de la Merced, resguardados por dos batallones que gobernaba el general Ferrier. Cubría a Daroca y parte del señorío de Molina, fortalecido su castillo, el general Paris, teniendo a sus órdenes 4 batallones, 300 húsares y alguna artillería. En Teruel se alojaba el general Abbé con más de 3000 infantes, 300 coraceros y dos piezas; y se colocaron en los castillos de Morella y Alcañiz, 1400 hombres, así como 1200 de los polacos en Batea, Caspe y Mequinenza, favoreciendo estos últimos los transportes del Ebro. Excusamos repetir lo ya dicho arriba de las tropas dejadas en Tortosa y su comarca hasta la Rápita, embocadero de aquel río. Quedó además Chlopicki con 4 batallones y 200 húsares en el confín de Navarra, infundiendo siempre gran recelo al enemigo las excursiones de Espoz y Mina. Detenémonos a dar esta razón circunstanciada de las medidas preventivas que tomó Suchet, para que de ella se colija cuál era el estado de Aragón al cabo de tres años de guerra; de Aragón, de cuya quietud y sosiego blasonaba el francés. No hubiera sido extraño que hubiesen permanecido inmobles aquellos habitadores relazados así con castillos y puestos fortificados. Sin embargo, a cada paso daban señales de no estar apagada en sus pechos la llama sagrada que tan pura y brillante había por dos veces relumbrado en la inmortal Zaragoza.
Resuélvese
a sitiar
a Tarragona.
En fin, Suchet, tomadas estas y otras precauciones, y aseguradas las espaldas del lado de Aragón y Lérida, adelantose el 2 de mayo a formalizar el sitio de que estaba encargado, almacenando en Reus provisiones de boca y guerra en abundancia, y acompañado de unos 20.000 hombres.
Principia
el cerco.
Forma Tarragona en su conjunto un paralelogramo rectángulo, situada la ciudad principal en un collado alto, cuyas raíces por oriente y mediodía baña el Mediterráneo. A poniente y en lo bajo está el arrabal, adonde lleva una cuesta nada agria, corriendo por allí el río Francolí, que fenece en la mar y se cruza por una puente de seis ojos sobrado angosta. Cabecera de la España citerior y célebre colonia romana, conserva aún Tarragona muchas antigüedades y reliquias de su pasada grandeza. No la pueblan sino 11.000 habitantes. La circuye un muro del tiempo ya de los romanos, cuyo lado occidental, destruido en la guerra de sucesión, se reemplazó después con un terraplén de 8 a 10 pies de ancho y cuatro baluartes, que se llaman, empezando a contar por el mar, de Cervantes, Jesús, San Juan y San Pablo. Por esta parte, que es la de más fácil acceso, y para cercar el arrabal, habíase construido otra línea de fortificaciones que partía del último de los cuatro citados baluartes, y se terminaba en las inmediaciones del fuerte de Francolí, sito al desaguadero de este río: varios otros baluartes cubrían dicha línea, y dos lunetas, de las que una nombrada del Príncipe, como también la batería de San José y dos cortaduras, amparaban la marina y la comunicación con el ya mencionado castillo de Francolí. En lo interior de este segundo recinto y detrás del baluarte de Orleans, colocado en el ángulo hacia la campiña, se hallaba el fuerte Real, cuadro abaluartado. Había otras obras en los demás puntos, si bien por aquí defienden principalmente la ciudad las escarpaduras de su propio asiento. Eran también de notar el fuerte de Lorito o Loreto, y en especial el del Olivo al norte, distante 400 toesas de la plaza sobre una eminencia. Tenía el último hechura de un hornabeque irregular con fosos por su frente y camino cubierto, aunque no acabado; en la parte interna y superior había un reducto con un caballero en medio y dos puertas o rastrillos del lado de la gola, la cual, escasa de defensas, protegían la aspereza del terreno y los fuegos de la plaza.
Necesitaba Tarragona, para ser bien defendida, que la guarneciesen 14.000 hombres, y solo tenía al principio del sitio 6000 infantes y 1200 milicianos, en cuyo tiempo la gobernaba Don Juan Caro, sucediendo a este, en fines de mayo, Don Juan Senén de Contreras. Era comandante general de ingenieros Don Carlos Cabrer, y de artillería Don Cayetano Saqueti.
Trataron los enemigos el 4 de mayo de embestir del todo la plaza. El general Harispe, acompañado del de ingenieros Rogniat, pasó el Francolí y caminó hacia el Olivo. Ofreciéronle los puestos españoles gran resistencia, y perdió la brigada del general Salme cerca de 200 hombres. Al mismo tiempo la de Palombini, que con la otra componía la división de Harispe, se prolongó por la izquierda y se apoderó del Lorito y del reducto vecino llamado del Ermitaño, abandonados ambos antes por los españoles como embarazosos. Colocó Harispe, además, tropas de respeto en el camino de Barcelona, próximo a la costa. Del lado opuesto y a la derecha de este general, se colocó Frère y su división, y en seguida Habert con la suya, frontero al puente del Francolí y apoyado en la mar, completándose así el acordonamiento.
El 5 hicieron los españoles cuatro salidas en que incomodaron al enemigo, y empezó la escuadra inglesa a tomar parte en la defensa. Constaba aquella de tres navíos y dos fragatas, a las órdenes del comodoro Codrington, que montaba el Blake, de 74 cañones.
Precaviéronse los franceses como para sitio largo, y en Reus, su principal almacenamiento, atrincheraron varios puestos y fortalecieron algunos conventos y grandes edificios, temerosos de los miqueletes y somatenes que no cesaban de amagarlos e incomodar sus convoyes.