Ahora fijose el francés en tomar el fuerte del Olivo, y con tal intento abrió la trinchera a la izquierda de los parapetos que poco antes había ganado, dirigiéndose a un terromontero distante 60 toesas de aquel castillo. Adelantó en su trabajo dificultosamente por encontrar con peña viva. Al fin terminó el 27 cuatro baterías, que no pudo armar hasta el 28, teniendo los soldados que tirar de los cañones a causa de lo escabroso de la subida. Cada paso costaba al sitiador mucha sangre; y en aquella mañana la guarnición del fuerte, haciendo una salida de las más esforzadas, atropelló a sus contrarios y los desbarató. Para infundir aliento en los que cejaban, tuvo el general francés Salme que ponerse a la cabeza, y víctima de su valerosa arrogancia, al decir adelante, cayó muerto de un metrallazo en la sien.
Vueltos en sí los franceses a favor de auxilios que recibieron, comenzaron el fuego contra el Olivo el mismo día 28. Aniquilábalos la metralla española hasta que se disminuyó su estrago con el desmontar de algunas piezas, y la destrucción de los parapetos. En el ángulo de la derecha del fuerte aportillaron los enemigos brecha sin que por eso arriesgasen ir al asalto. Los contenía la impetuosidad y el coraje que desplegaba la guarnición.
A lo último, desencabalgadas el 29 todas las piezas y arruinadas nuestras baterías, determinaron los sitiadores apoderarse del fuerte, amagando al mismo tiempo los demás puntos. La plaza y las obras exteriores respondieron con tremendo cañoneo al del campo contrario, apareciendo el asiento en que a manera de anfiteatro descansa Tarragona como inflamado con las bombas y granadas, con las balas y los frascos de fuego. Tampoco la escuadra se mantuvo ociosa, y arrojando cohetes y mortíferas luminarias, añadió horrores y grandeza al nocturnal estrepitoso combate.
Precedido el enemigo de tiradores, acorrió por la noche al asalto distribuido en dos columnas: una destinada a la brecha, otra a rodear el fuerte y a entrarle por la gola.
Tuvo en un principio la primera mala ventura. No estaba todavía la brecha muy practicable, y resultando cortas las escalas que se aplicaron, necesario fue para alcanzar a lo alto que trepasen los soldados enemigos por encima de los hombros de un camarada suyo que atrevidamente y de voluntad se ofreció a tan peligroso servicio.
Burláronse los españoles de la invención, y repeliendo a unos, matando a otros y rompiendo las escalas, escarmentaron tamaña osadía. En aquel apuro favorecieron al francés dos incidentes. Fue uno haber descubierto de antemano el italiano Vacani, ingeniero y autor diligente de estas campañas, que por los caños del acueducto que antes surtían de agua al fuerte y conservaron malamente los españoles, era fácil encaramarse y penetrar dentro. Ejecutáronlo así los enemigos, y se extendieron lo largo de la muralla antes que los nuestros pudiesen caer en ello.
No aprovechó menos a los contrarios el otro incidente, aún más casual. Mudábase cada ocho días la guarnición del Olivo; y pasando aquella noche el regimiento de Almería a relevar al de Iliberia, tropezó con la columna francesa que se dirigía a embestir la gola. Sobresaltados los nuestros y aturdidos del impensado encuentro, pudieron varios soldados enemigos meterse en el fuerte revueltos con los españoles; y favorecidos de semejante acaso, de la confusión y tinieblas de la noche, rompieron luego a hachazos junto con los de afuera una de las dos puertas arriba mencionadas, y unidos unos y otros, dentro ya todos, apretaron de cerca a los españoles y los dejaron, por decirlo así, sin respiro, mayormente acudiendo a la propia sazón los que habían subido por el acueducto, y estrechaban por su parte y acorralaban a los sitiados. Sin embargo, estos se sostuvieron con firmeza, en especial a la izquierda del fuerte y en el caballero, y vendieron cara la victoria disputando a palmos el terreno y lidiando como leones, según la expresión del mismo Suchet.[*] (* Ap. n. [15-2].) Cedieron solo a la sorpresa y a la muchedumbre, llegando de golpe con gente el general Harispe, el cual estuvo a pique de ser aplastado por una bomba que cayó casi a sus pies. Perecieron de los franceses 500, entre ellos muchos oficiales distinguidos. Perdimos nosotros 1100 hombres: los demás se descolgaron por el muro y entraron en Tarragona. Rindiose Don José María Gámez, gobernador del fuerte; pero traspasado de diez heridas, como soldado de pecho. Infiérase de aquí cuál hubiera sido la resistencia sin el descuido de los caños, y el fatal encuentro del relevo. Ciega iracundia, no valor verdadero, guiaba en la lucha a los militares de ambos bandos. Dícese que el enemigo escribió en el muro con sangre española: «vengada queda la muerte del general Salme», inscripción de atroz tinta, no disculpable ni con el ardor que aún vibra tras sañuda pelea.
En la misma noche providenciaron los franceses lo necesario a la seguridad de su conquista, y por tanto inútil fue la tentativa que para recobrarle practicó al día siguiente Don Edmundo O’Ronani en cuya empresa se señaló de un modo honroso el sargento Domingo López.
Mucho desalentó la pérdida del Olivo, sin que bastasen a dar consuelo 1600 infantes y 100 artilleros poco antes llegados de Valencia, y unos 400 hombres que por entonces vinieron también de Mallorca. Habíase pregonado como inexpugnable aquel fuerte, y su toma por el enemigo frustró esperanzas sobrado halagüeñas.
Sale Campoverde
de la plaza.
Se encarga
el mando de ella
a D. Juan Senén
de Contreras.