Juntó en su apuro el marqués de Campoverde un consejo de guerra, en cuyo seno se decidió que dicho general saliese de Tarragona, como lo verificó el 31 de mayo. Antes de su partida encargó la plaza a Don Juan Senén de Contreras, enviando en comisión a Valencia en busca de auxilios a Don Juan Caro. Contreras acababa de llegar de Cádiz, y siendo el general más antiguo no pudo eximirse de carga tan pesada. Parécenos injusto que, perdido el Olivo y a mitad del sitio, se impusiese a un nuevo jefe responsabilidad que más bien tocaba al que desde un principio había gobernado la plaza. Hasta el mismo Caro debiera en ello haberse mirado como ofendido. No obstante nadie se opuso, y todos se mostraron conformes. Incumbió a Don Pedro Sarsfield la defensa del arrabal de Tarragona y de su marina, encargándose el barón de Eroles, que había salido de Figueras, de la dirección de las tropas que antes capitaneaba aquel del lado de Montblanch. Campoverde, fuera ya de la plaza, situó en Igualada sus reales el 3 de junio. Salieron también de la ciudad muchos de los habitantes principales huyendo de las bombas y de las angustias del sitio. Habíalo antes verificado la junta y trasladádose a Monserrat, pues, como autoridad de todo el principado, justo era quedase expedita para atender a los demás lugares.

Dueños los franceses del Olivo, empezaron su ataque contra el cuerpo de la plaza, abrazando el frente del recinto que cubría el arrabal, y se terminaba de un lado por el fuerte de Francolí y baluarte de San Carlos, y del otro por el de Orleans, que llamaron de los Canónigos los sitiadores.

Abrieron estos la primera paralela a 130 toesas del baluarte de Orleans y del fuerte de Francolí, la cual apoyaba su derecha en los primeros trabajos concluidos por el francés en la orilla opuesta del río, amparando la izquierda un reducto: establecieron también por detrás una comunicación con el puente del Francolí y con otros dos que construyeron de caballetes, validos de lo acanalado de la corriente.

En la noche del 1.º al 2 de junio habían los sitiadores comenzado los trabajos de trinchera, y los continuaron en los días siguientes sin que los detuviesen las salidas y fuego de los españoles. Zanjaron el 6 la segunda paralela, que llegó a estar a 30 toesas del fuerte de Francolí, batiendo en brecha sus muros al amanecer del 7. Lo mandaba Don Antonio Roten, quien se mantuvo firme y con gran denuedo. Al caer de la tarde apareció practicable la brecha, y los enemigos se dispusieron a dar el asalto a las diez de la noche. Juzgó prudente el gobernador de la plaza Senén de Contreras que no se aguardase tal embestida, y por eso Roten, conformándose con la orden de su jefe, evacuó el fuerte y retiró la artillería.

Prosiguiendo también los franceses en adelantar por el centro la segunda paralela, se arrimaron a 35 toesas del ángulo saliente del camino cubierto del baluarte de Orleans. Incomodábalos sobremanera el fuego de la plaza, y a punto de acobardar a veces a los trabajadores o de entibiar su ardor. Así fue que en la noche del 8 al 9 yacían rendidos de cansancio y del mucho afán, a la sazón que 300 granaderos españoles hicieron una salida y pasaron a degüello a los más desprevenidos. No menos dichosa resultó otra que del 11 al 12 dirigió en persona con 3000 hombres Don Pedro Sarsfield, comandante, según queda dicho, del arrabal y frente atacado. Ahuyentó a los trabajadores, destruyó muchas obras, y llevolo todo a sangre y fuego. En este trance, como en otros anteriores y sucesivos, distinguiéronse varios vecinos y hasta las mujeres, que no cesaron de llevar a los combatientes refrigerantes y auxilios en medio de las balas y las bombas.

Reparado el mal que se le había causado, tuvo el francés ya el 15 trazados tres ramales delante de la segunda paralela; uno dirigido al baluarte de Orleans, otro a una media luna inmediata llamada del Rey, y el tercero al baluarte de San Carlos, logrando coronar la cresta del glacis. Comprendían los sitiadores en el ataque la luneta del Príncipe, al siniestro costado del postrer baluarte, la cual acometieron en la noche del 16. Mandaba por parte de los españoles Don Miguel Subirachs. Se formaron los franceses para asaltar dicha luneta en dos columnas; una de ellas debía embestir por un punto débil a la izquierda, en donde el foso no se prolongaba hasta el mar, y la otra por el frente. Inútiles resultaron los esfuerzos de la última, estrellándose contra el valor de los españoles, a manos de los cuales pereció el francés Javersac, que la comandaba, y otros muchos. Al revés la primera, pues favorecida de lo flaco del sitio entró en la luneta, pereciendo 100 de nuestros soldados, quedando varios prisioneros, y refugiándose los demás en la plaza. A estos los siguieron los enemigos, quienes, con el ímpetu, se metieron por la batería de San José y cortaron las cuerdas del puente levadizo. En poco estuvo no penetrasen en el arrabal: impidiolo un socorro llegado a tiempo que los repelió.

Encarnizada
defensa
de los españoles.

Con la posesión de la luneta del Príncipe cerró el sitiador cada vez más el frente atacado. Por ambas partes se encarnizaba la lucha, brillando el denuedo de los nuestros, ya que no siempre el acierto en la defensa. Tan enconados andaban los ánimos de unos y otros que acompañaban a la pelea palabras injuriosas y desaforados baldones. La matanza crecía en grado sumo, y por confesión misma de los franceses, nada ponderativos en sus propias pérdidas, contaban ya en el estado actual del sitio [el 16 de junio] entre muertos y heridos un general, 2 coroneles, 15 jefes de batallón, 19 oficiales de ingenieros, 13 de artillería, 140 de las demás armas, en fin con los soldados 2500 hombres. Y todavía tenían que apoderarse del arrabal, y empezar después el acometimiento contra la ciudad.

Tropas que llegan
de Valencia.

Dos días antes, el 14 de junio, había llegado a Tarragona Don José Miranda con una división de Valencia, compuesta de más de 4000 hombres armados y de unos 400 desarmados. Los últimos se equiparon y quedaron en la plaza. Los otros, con su jefe, siguieron y tomaron tierra en Villanueva de Sitges, juntándose el 16 en Igualada con el marqués de Campoverde. Reunía este, asistido de tan buen refuerzo, 9456 infantes y 1183 caballos, y, en consecuencia, se determinó a maniobrar en favor de la ciudad sitiada.