Cometieron los españoles en la defensa diversas faltas. Fueron las de Campoverde no perfeccionar de antemano las fortificaciones, mudar de gobernador a mitad del sitio, y ofrecer confiadamente socorro para después no proporcionarle. Reprenderse deben en Contreras sus piques y quisquillas, sus manejos para malquistar al pueblo contra los demás jefes, lastimosas ocupaciones en que perdía el tiempo con desdoro suyo y en perjuicio de la causa que sostenía. Descansó también sobradamente en los auxilios que esperaba de fuera, y aunque oficial de saber y práctico, anduvo a veces desatentado en el modo de repeler las acometidas del enemigo o de preverlas. Una voluntad única y sola de inflexible entereza, y superior a celosas y míseras competencias, retardado hubiera los ataques del sitiador, y aun inutilizado varias de sus tentativas.

Con todo eso, la defensa de Tarragona, plaza de suyo irregular y defectuosísima, honró a nuestras armas y afianzará por siempre a Contreras un puesto glorioso en los fastos militares de España. El enemigo, para apoderarse de aquel recinto, tuvo que abrir nueve brechas, dar cinco asaltos, y perder según su propia cuenta 4293 hombres, pues según la de otros pasaron de 7000.

Suerte
de Contreras
y noble respuesta.

Llevado Don Juan Senén de Contreras en unas angarillas delante de Suchet, reprochole este lo pertinaz de la resistencia y díjole: «que merecía la muerte por haber prolongado aquella más allá de lo que permiten las leyes de la guerra, y por no haber capitulado abierta la brecha.» Con dignidad le replicó Don Juan: «Ignoro qué ley de guerra prohíba resistir al asalto, además esperaba socorros: mi persona debe ser inviolable como la de los demás prisioneros. La respetará el general francés; donde no, el oprobio será suyo, mía la gloria.» Suchet tratole después con atenta cortesanía, agasajole y le hizo muchos ofrecimientos para que pasase al servicio del rey intruso. Desecholos Contreras, y de resultas le condujeron al castillo de Bouillon en los Países Bajos, de cuyo encierro logró escaparse, no habiendo nunca empañado su palabra de honor.

Ceremonia
religiosa
a la que asiste
Suchet.

Suchet bajo palio y a pie fue en Reus a la iglesia a dar gracias al Todopoderoso por el triunfo que le había concedido con la toma de Tarragona. En vez los invasores de granjearse con eso las voluntades, las enajenaban más y muy mucho, pues el religioso pueblo, aquí como en otras partes que ya hemos visto, calificaba tales actos de sacrílego fingimiento y mera juglería. Y a la verdad, ¿cómo pudiera graduarlos de otro modo, recordando que días antes, en Tarragona, los mismos que ahora se mostraban tan píos y devotos, habían prostituido los templos, profanado los sagrarios, quemado los óleos, pisoteado las formas? No cuadran con la gravedad y pausa española tránsitos tan repentinos y contradictorios, ni engaños tan mal solapados.

Difundida en Cataluña la nueva de la pérdida de Tarragona, se apoderó de los ánimos exasperación y desmayo. Cundió el mal al ejército y notose mucha deserción, porque los catalanes que en él había preferían la guerra de somatenes a la de tropa reglada, poniendo además en sus propios jefes mayor confianza que en los forasteros, y los que eran valencianos, ansiando por volver a defender su propio suelo que creían amenazado, reclamaban la promesa que les habían hecho de un pronto retorno. Acrecentaban tal inclinación las mismas medidas de Campoverde, fuera de sí y apesarado con los infortunios. Resuelve
Campoverde
evacuar
el principado. Yendo el 1.º de julio de Igualada a Cerveram congregó un consejo de guerra en el que por cuatro votos de siete se decidió la evacuación del principado, dejando solo en la tierra guerrillas de catalanes. Inconcebible resolución cuando se conservaba aún Figueras, e intactas las plazas de Berga, Cardona y Seo de Urgel.

Deserción.

Con ella se aumentó la deserción, insistiendo ahincadamente el general Miranda en su embarco y vuelta a Valencia, temeroso de que se alejase el ejército de los confines de este reino al retirarse de Cataluña. No se oponían Campoverde ni los otros jefes a tan justo deseo, en todo conforme a lo que se había ofrecido al capitán general de Valencia, pero dificultades casi insuperables estorbaron en un principio darle cumplimiento, habiendo Suchet extendido sus tropas lo largo de la costa hasta Barcelona.

Suchet pasa
a Barcelona.