Acosado de peor estrella, se vio casi perdido Don Manuel Freire, teniendo su gente, desarrancada de las banderas, que encaramarse por lugares ásperos y pasar el puerto del Chiribel con dirección a Murcia. Al cabo de mil afanes y de haber marchado a veces sin respiro 13 y más leguas, reunió aquel general sus soldados el 11 en Caravaca, en donde permaneció el 12, y se le incorporó Don Ambrosio de la Cuadra, que se había retirado por su cuenta y hacia aquella parte con la 1.ª división. Sentó luego Freire sus cuarteles en Alcantarilla, y colocó debidamente sus fuerzas, reducidas ahora a la caballería del brigadier Osorio y a tres divisiones propias del tercer ejército, por haberse a la sazón separado vía de Valencia las expedicionarias.

El general Leval llegó el 14 a Vélez el Rubio, y se extendieron al desfiladero de Lumbreras, a tres leguas de Lorca, los generales Latour-Maubourg y Soult con los jinetes. Hicieron todos ellos en otras excursiones muchos daños, y hubo paraje en que abrasaron hasta 22 alquerías.

Únese Montijo
al ejército.

Al mismo tiempo no dejaron al del Montijo tranquilo las fuerzas que el mariscal Soult había enviado sobre las Alpujarras y la costa, y que ascendían a 1800 peones y 1000 caballos. Llegaron estas a Almería a tiempo que todavía desembarcaba un batallón de la expedición de Blake, que pudo librarse. Lo mismo aconteció a Montijo, que no dejó de molestar al enemigo y aun de sorprender la guarnición de Motril, con cuyo trofeo y otros prisioneros se reunió al cuerpo principal del ejército. Otros partidarios desasosegaban también no poco a los franceses, recobrando a menudo el botín que recogían estos por las montañas y tierra de Murcia. Se distinguieron especialmente Villalobos, Marqués, y sobre todo Don Juan Fernández, alcalde de Otívar.

Sucede
en el mando
a Freire
el general Mahy.

Entregó el mando Don Manuel Freire en Mula, el 7 de septiembre, a Don Nicolás Mahy, que vimos en Galicia y Asturias. Provino la desgracia de aquel, aunque solo temporal, de la aciaga jornada de Zújar y sus consecuencias, acerca de la cual se hizo una sumaria información a instancia de las cortes. Los comprometidos salieron salvos: con justicia Freire, no teniendo culpa de lo sucedido en el Barbate, pues sus órdenes fueron bastante acertadas. No juzgaron lo mismo muchos en cuanto a Don José O’Donnell y a Don Ambrosio de la Cuadra, habiendo el primero empeñado y sostenido malamente una acción, y no cumplido el segundo, como quizá pudiera, con lo que el general en jefe le había prevenido.

Los franceses
no prosiguen
a Murcia.

No insistieron por entonces los franceses en proseguir hasta Murcia. Daban cuidado al mariscal Soult nuevas que le venían de Extremadura, el aparecimiento en la serranía de Ronda del general Ballesteros: hablaremos de esto más adelante.

Valencia.
Estado
de aquel reino.
Llegada de Blake.

Ahora pondremos los ojos en el reino de Valencia, adonde había llegado D. Joaquín Blake. Mandaba antes, según ya apuntamos, el marqués del Palacio, cuyas providencias eran por lo común más propias de la profesión religiosa que de la de un general entendido y diligente. Pensaba mucho en procesiones, poco en las armas, pregonando inexpugnables los muros valencianos después que había en su derredor paseado a la Virgen de los Desamparados, imagen muy venerada de los habitadores. A este son caminaba en lo demás. No era culpa de Palacio mas sí de la regencia de Cádiz, que en sus elecciones anduvo a veces sobrado desatentada.