La población moderna, ya tan reducida, no se hallaba murada a punto de impedir una embestida seria del enemigo. Fundábase la resistencia en una nueva fortaleza elevada en el monte vecino, el cual al invadir la primera vez Suchet el reino de Valencia, vimos que no estaba fortificado. Notose la falta y tratose en seguida de remediarla: tuvo para ello que destruirse en parte un teatro antiguo, preciosa reliquia conservada en los últimos tiempos con mucho esmero. La actual fortaleza, a que pusieron nombre de San Fernando de Sagunto, abrazaba toda la cima del cerro, habiendo aprovechado para la construcción paredones de un castillo de moros y otros derribos. Formaba el recinto como cuatro porciones o reductos distintos bajo el nombre de Dos de mayo, San Fernando, Torreón y Agarenos, susceptible cada uno de separada defensa. Había dentro 17 piezas, dos de a doce. Impidió el envío de otras de mayor calibre la repentina llegada de Suchet. Era la fortaleza atacable solo por el lado de poniente, inaccesible por los demás, de subida muy pina y de peña tajada. Había delineado las obras modernas el comandante de ingenieros Don Juan Sánchez Cisneros. Encargose del gobierno, en 16 de septiembre, el coronel ayudante general de estado mayor Don Luis María Andriani. Ascendía la guarnición a unos 3000 hombres.

Cercanos los franceses, cruzó el general Habert el 23 de septiembre el Palancia, y rodeando el cerro por oriente, dispuso al mismo tiempo que parte de su tropa se metiese en la villa cuyas calles barrearon los enemigos, atronerando también las casas, ahora solitarias y sin dueño. Tiró a occidente la división de Harispe, y extendiéndose al sur se dio la mano con el general Habert. Situáronse los italianos en Petrés y Gilet, camino de Segorbe, quedando de este modo acordonado el cerro en que se asentaban los fuertes. Destacó reservas Suchet hacia Almenara, vía de Cataluña; exploró la tierra del lado de Valencia.

Vana tentativa
de escalada.

Entonces, impaciente y ensoberbecido con su buena fortuna, determinó tomar por sorpresa la fortaleza de Sagunto. Registró con este objeto el circuito del monte, y oídos los ingenieros, creyó poder tentar una escalada por la falda inmediata a la villa, en donde le pareció vislumbrar restos de antiguas brechas mal reparadas.

Fijó Suchet las tres de la mañana del 28 de septiembre para dar la embestida. El mayor de ingenieros Chulliot mandaba la primera columna francesa. Debía seguirle el coronel Gudin, y adelantar a todos y apoyarlos el general Habert. También trataron los enemigos de distraer a los nuestros por los demás parajes.

Reuniéronse aquellos para efectuar la escalada a media subida en una cisterna distante 40 toesas de la cima. Vigilante Andriani descubrió por medio de una salida los proyectos del enemigo, y alerta con los suyos cerró los accesos que establecían comunicación entre los diversos fuertes. Un tiro o arma falsa de los acometedores abrevió una hora el ataque, respondiendo los nuestros al fusilazo con descargas y grandes alaridos. Andriani arengó a los soldados, recordoles memorias del suelo que pisaban: ¡Sagunto! Y embistiendo a la sazón Chulliot, enardecidos los españoles, le rechazaron completamente, y a Gudin, que cayó herido de una granada en la cabeza, y Habert, cuyos soldados espantados huyeron y dejaron sembradas de cadáveres las faldas del monte cuan largamente se extendían entre un baluarte que llevaba el apellido ilustre de Daoiz y el fuerte de Dos de mayo. Así, en presencia de venerables restos, se confundían antiguos y nuevos trofeos, apoderándose los cercados de varios fusiles, de más de 50 escalas y de otras herramientas. Perdieron los franceses 400 hombres. Escarmentado Suchet, aprendió a obrar con mayor cordura, y preciso le fue sitiar en forma más arreglada, fortaleza tan bien defendida.

Reencuentro
en Soneja
y Segorbe.

Íbansele entre tanto aproximando a Don Joaquín Blake las fuerzas que aguardaba, y dispuso que Don José Obispo, con cerca de 3000 hombres, se quedase del lado de Segorbe para incomodar al enemigo mientras permaneciese este en Murviedro. También colocó por su izquierda en Bétera, con el mismo fin, a Don Carlos O’Donnell, asistido de una columna de igual fuerza compuesta de la división de Don Pedro Villacampa, procedente de Aragón, y de la caballería del ejército de Valencia, mandada por D. José San Juan. Quiso Suchet alejar de sí vecinos tan molestos, y al propósito ordenó a Palombini que ahuyentase al general Obispo, quien, habiéndose adelantado hasta Torres Torres, dos leguas de Murviedro, se había replegado después dejando en Soneja una corta vanguardia bajo D. Mariano Moreno. Atacó a esta Palombini el 30 de septiembre, que, si bien reforzada, tuvo que echar pie atrás para unirse con lo restante de la división. Entonces situó Obispo por escalones delante de Segorbe en el camino real la caballería y en las alturas inmediatas los infantes. Mas el enemigo acometiendo con impetuosidad y fuerza lo arrolló todo, y tuvo Obispo que retirarse a Alcublas.

En Bétera
y Benaguacil.

En seguida pasó Suchet a atacar en persona el 2 de octubre a Don Carlos O’Donnell, cuyas tropas con destacamentos en Bétera se alojaban en los collados de Benaguacil, a la salida de la huerta en que se halla situada la Puebla de Valbona. Resistieron los nuestros bastante tiempo hasta que O’Donnell juzgó prudente repasar el Guadalaviar, como lo verificó por Villamarchante, imponiendo aquí respeto a los enemigos con la ocupación de dos alturas escarpadas que dominan el camino. Dirigiose después sin ser incomodado a Ribarroja. Perdimos en estos reencuentros alguna gente, sobre todo en el primero en que perecieron oficiales de mérito. Motejose en Blake no haber hecho el menor amago para sostener ni a uno ni a otro de ambos generales, mirándose además como muy expuesta la estancia que había señalado a Don José Obispo. Influían también malamente en el buen ánimo del soldado tales retiradas y descalabros parciales, siendo reprensible en un jefe no precaverlos al abrir de una campaña.