Embarazábale mucho a Suchet el malogro de su empresa y, aunque procuró adelantar los trabajos y aumentar las baterías, temía fuese infructuoso su afán, atendiendo a lo escabroso y dominante del peñón de Sagunto. Confiaba solo en que Blake, deseoso de socorrer la plaza viniese, con él a las manos, y entonces parecíale seguro el triunfo.
Prepárase Blake
a socorrer
a Sagunto.
Así sucedió. Aquel general tan afecto desgraciadamente a batallar, e instado por el gobernador Andriani, trató de ir en ayuda del fuerte. Convidábale también a ello tener ya reunidas todas sus fuerzas que juntas ascendían a 25.300 hombres, de los que 2550 de caballería, poco más o menos. Llegaron a lo último las que pertenecían al tercer ejército, bajo las órdenes de Don Nicolás Mahy. Pendió la tardanza de haberse antes dirigido sobre Cuenca para alejar de allí al general D’Armagnac, que amagaba por aquella parte el reino de Valencia. Consiguió Mahy su objeto sin oposición, y caminó después a engrosar las filas alojadas en el Guadalaviar.
Pronto a moverse Don Joaquín Blake, encargó la custodia de la ciudad de Valencia a la milicia honrada, y dio a su ejército una proclama sencilla concebida en términos acomodados al caso. Abrió la marcha en la tarde del 24, y colocó su gente en la misma noche no lejos de los enemigos. La derecha, compuesta de 3000 infantes y algunos caballos a las órdenes de Don José Zayas, y de una reserva de 2000 hombres a las del brigadier Velasco, en las alturas del Puig. Allí se apostó también el general en jefe con todo su estado mayor. Constaba el centro, situado en la Cartuja de Ara Christi, de 3000 infantes que regía Don José Lardizábal, y de 1000 caballos, que eran los expedicionarios del cargo de Loy y algunos de Valencia, todos bajo la dirección de Don Juan Caro; había además aquí una reserva de 2000 hombres que mandaba el coronel Liori. Extendíase la izquierda hacia el camino real llamado de la Calderona. Cubría esta parte Don Carlos O’Donnell, teniendo a sus órdenes la división de Don Pedro Villacampa, de 2500 hombres, y la de Don José Miranda, de 4000 con 600 caballos que guiaba Don José San Juan. El general Obispo, bajo la dependencia también de O’Donnell, estaba con 2500 hombres en el punto más extremo, hacia Náquera. Amenazaba embestir por la parte del desfiladero de Sancti Espíritus todo nuestro costado izquierdo, debiendo servirle de reserva Don Nicolás Mahy al frente de más 4000 infantes y 800 jinetes. Tenía orden este general de colocarse en dos ribazos llamados los Germanells. Cruzaban al propio tiempo por la costa unos cuantos cañoneros españoles y un navío inglés.
Concurrieron aquella noche al cuartel general de Don Joaquín Blake oficiales enviados por los respectivos jefes, y con presencia de un diseño del terreno trazado antes por Don Ramón Pírez, jefe de estado mayor, recibió cada cual sus instrucciones con la orden de la hora en que se debía romper el ataque.
Hasta las once de la misma noche ignoró Suchet el movimiento de los españoles, y entonces informole de ello un confidente suyo vecino del Puig. No pudiendo el mariscal ya tan tarde retirarse sin levantar el sitio de Sagunto con pérdida de la artillería, tomó el partido, aunque más arriesgado, de aguardar a los españoles y admitir la batalla que iban a presentarle. Resolvió a ese propósito situarse entre el mar y las alturas de Vall de Jesús y Sancti Espíritus, por donde se angosta el terreno. Puso en consecuencia a su izquierda del lado de la costa la división del general Habert, a la derecha hacia las montañas la de Harispe. En segunda línea a Palombini y una reserva de dos regimientos de caballería a las órdenes del general Boussart. Por el extremo de la misma derecha reforzada por Chlopicki, al general Robert con su brigada y un cuerpo de caballería, teniendo expresa orden de defender a todo trance el desfiladero de Sancti Espíritus que consideraba Suchet como de la mayor importancia. Quedaron en Petrés y Gilet Compère y los napolitanos, además de algunos batallones que permanecieron delante de la fortaleza de Sagunto, contra la cual las baterías de brecha no cesaron de hacer fuego. Contaba en línea Suchet cerca de 20.000 hombres.
Batalla
de Sagunto.
A las ocho de la mañana del 25, marchando adelante de su posición, rompieron a un tiempo el ataque las columnas españolas, y rechazaron las tropas ligeras del enemigo. Trabose la pelea por nuestra parte con visos de buena ventura. Las acequias, garrofales y moreras, los vallados y las cercas no consentían maniobrase el ejército en línea contigua, ni tampoco que el general en jefe, situado como antes en las alturas del Puig, pudiese descubrir los diversos movimientos. Sin embargo, las columnas españolas, según confesión propia de los enemigos, avanzaban en tal ordenanza, cual nunca ellos las habían visto marchar en campo raso. La de Lardizábal se adelantaba repartida en dos trozos, uno por el camino real hacia Hostalets, otro dirigiéndose a un altozano, vía del convento de Vall de Jesús. Por Puzol, la de Zayas, tratando de ceñir al enemigo del lado de la costa. También nuestra izquierda comenzó, por su parte, un amago general bien concertado.
Acometiendo Lardizábal con intrepidez, el trozo suyo que iba hacia Vall de Jesús apoderose, a las órdenes de Don Wenceslao Prieto, del altozano inmediato, en donde se plantó luego artillería. Causó tan acertada maniobra impresión favorable, y los cercados de Sagunto, creyendo ya próximo el momento de su libertad, prorrumpieron en clamores y demostraciones de alegría. Bien conoció Suchet la importancia de aquel punto, y para tomarlo trató de hacer el mayor esfuerzo. Sus generales, puestos a la cabeza de las columnas, arremetieron a subir con su acostumbrado arrojo. Encontraron vivísima resistencia. Paris fue herido; lo mismo varios oficiales superiores; muerto el caballo de Harispe; arrollados una y varias veces los acometedores, que solo cerrando de cerca a los nuestros con dobles fuerzas se enseñorearon al cabo de la altura.
Mas los españoles, bajando al llano y unidos a otros de los suyos, se mantuvieron firmes e impidieron que el enemigo penetrase y rompiese el centro. Era instante aquel muy crítico para los contrarios, aunque fuesen ya dueños del altozano; pues Zayas, maniobrando diestramente, comenzaba a abrazar el siniestro costado de los franceses acercándose a Murviedro, y por la izquierda Don Pedro Villacampa también adquiría ventajas.