Urgíale a Suchet no desaprovechar el triunfo que había conseguido en la altura, tanto más cuanto los españoles de Lardizábal, no solo se conservaban tenaces en el llano, sino que, sostenidos por la caballería de Don Juan Caro, contramarchaban ya a recuperar el punto perdido, después de haber atropellado y destrozado a los húsares enemigos, apoderándose también el coronel Ric de algunas piezas. En tal aprieto movió el mariscal francés la división de Palombini que estaba en segunda línea, y se adelantó en persona a exhortar a los coraceros que iban a contener el ímpetu de la caballería española. Se empeñó entonces una refriega brava, y Suchet fue herido de un balazo en un hombro; mas siéndolo igualmente los generales españoles Don Juan Caro y Don Casimiro Loy, que cayeron prisioneros, desmayaron los nuestros, arrollolos el enemigo, y hasta recobró los cañones que poco antes le habían cogido. Don Joaquín Blake envió, para reparar el mal, a Don Antonio Burriel, jefe del estado mayor expedicionario, y al oficial del mismo cuerpo Zarco del Valle. Nada lograron estos sujetos, que gozaban en el ejército de distinguido concepto. Los dragones de Numancia los arrastraron en la fuga.

También por la izquierda, la suerte, favorable al principio, volvía ahora la espalda. Don Carlos O’Donnell, con objeto de reforzar a Obispo, que tenía delante a Robert, dispuso que avanzara Don Pedro Villacampa, quien, ganando terreno, obligó a los enemigos a ciar algún tanto. Pero en ademán Chlopicki de amenazar al general español por el costado, mandó O’Donnell a Don José Miranda que saliese al encuentro. Tuvo este general el desacuerdo de marchar en una dirección casi paralela a la del enemigo y con distancias cerradas, exponiéndose a que resultara confusión en sus líneas si los franceses, como se verificó, le acometían de flanco. Comenzó luego el desorden, y siguiose mucha dispersión. No pudieron los esfuerzos de Villacampa y O’Donnell reparar tamaño contratiempo. Unas y otras tropas vinieron sobre las de Mahy, atacadas no solo ya por Chlopicki, sino también por parte de la división de Harispe, que venía del centro. Hubiera quizá sido completa la dispersión sin los regimientos de Molina, Ávila y Cuenca, que se portaron con arrojo y serenidad. Por desgracia, se había Mahy retardado en su marcha, y no llegó bastante a tiempo para apoyar la primera arremetida, ni para contener el primer desorden. Los franceses victoriosos cogieron muchos prisioneros, y obligaron a Mahy y a las otras tropas de la izquierda a que se refugiasen por Bétera en Ribarroja.

Don José Zayas en la derecha tuvo mayor fortuna, y no se retiró sino cuando ya vio roto el centro y en completa retirada y confusión la izquierda. Hízolo en el mayor orden hasta las alturas del Puig, y antes, en Puzol, se defendió con el mayor valor un batallón suyo de guardias valonas, que por equivocación se había metido dentro del pueblo.

Se abrigaron sucesivamente del Guadalaviar todas las divisiones españolas, parándose el ejército francés en Bétera, Albalat y el Puig. Nuestra pérdida: 12 piezas y 900 hombres entre muertos y heridos; prisioneros o extraviados, 3922. Suchet en todo unos 800. A pesar de la derrota, aumentaron por su buen porte la anterior fama las divisiones expedicionarias y la de Don Pedro Villacampa; ganáronla algunos cuerpos de las otras. No Don Joaquín Blake, que, indeciso, apenas tomó providencia alguna. Hábil general la víspera de la batalla, embarazose, según costumbre, al tiempo de la ejecución, y le faltó presteza para acudir adonde convenía, y para variar o modificar en el campo lo que había de antemano dispuesto o trazado. También le desfavorecía la tibieza de su condición. Aficiónase el soldado al jefe que, al paso que es severo, goza de virtud comunicable. Blake de ordinario vivía separadamente, y como alejado de los suyos.

Rendición
del castillo.

Siguiose a la derrota la rendición del castillo de Sagunto. Quería prevenirla el general español, volviendo a hacer otro esfuerzo, de cuyo intento trató de avisar al gobernador Andriani por medio de señales. Mas impidió el que aquel las advirtiese la cerrazón y el viento fresco que soplaba norte-sur, y hacía que encubriese el asta a los defensores del castillo la bandera y gallardete que se empleaban al efecto en el Miquelet o torre de la catedral de Valencia. Aunque no hubiese ocurrido tal incidente, dudamos pudiera Blake haber vuelto tan pronto a dar batalla, a no exponerse imprudentemente a otro desastre como el de Belchite.

Ganado que hubo la de Sagunto el mariscal Suchet, propuso al gobernador del castillo Don Luis María Andriani honrosa capitulación, convidándole a que enviase persona de su confianza que viese con sus propios ojos todo lo ocurrido, y se desengañase de cuán inútil era ya aguardar socorro. Convino Andriani, y pasó de su orden al campo francés el oficial de artillería Don Joaquín de Miguel. De vuelta este al castillo, y conforme a su relación, capituló el gobernador en la noche del 26; y a poco en la misma, sin aguardar al día, salieron por la brecha con los honores de la guerra él y la guarnición, compuesta de 2572 hombres. Tanto instaba a Suchet terminar aquel sitio.

Por mucho desaliento en que hubiese caído el soldado después de la pérdida de la batalla, se reprendió en Andriani la precipitación que puso en venir a partido. «La brecha,[*] (* Ap. n. [16-25].) dice Suchet, era de acceso tan difícil que los zapadores tuvieron que practicar una bajada para que pudiesen descender los españoles.» Y más adelante añade que, aun tomado el Dos de mayo, se presentaban muchos obstáculos para enseñorearse de los demás reductos, por manera [son sus palabras] «que el arte de atacar y el valor de las tropas podían estrellarse todavía contra aquellos muros.» Habíase Andriani conducido hasta entonces con inteligencia y brío. Atolondrole la batalla perdida, y juzgó quedar bien puesto el honor de las armas rindiéndose abierta brecha. Zaragoza y Gerona nos habían acostumbrado a esperar otros esfuerzos, y no era la hacha ni la pala oficiosa del gastador enemigo la que debiera haber allanado la salida a los defensores de Sagunto.

La toma de este castillo miráronla con razón los franceses como de mucha entidad por el nombre, y por el desembarazo que ella les daba. Sin embargo no se atrevieron a acometer inmediatamente la ciudad de Valencia. Era todavía numeroso el ejército de Blake, amparábanle fuertes atrincheramientos, y no estaba olvidado el escarmiento que delante de aquellos muros recibiera Moncey en 1808, como tampoco la inútil y malhadada expedición de Suchet en 1810. Por lo mismo, pareciole prudente al mariscal francés aguardar refuerzos, y se contentó en el intermedio con situarse, al comenzar noviembre, en Paterna, frente de Cuarte, prolongándose hacia la marina, izquierda del Guadalaviar. En la derecha se alojaron los españoles: el ejército desde Manises hasta Monteolivete, y de allí hasta el embocadero del río los paisanos armados de la provincia.

Diversiones
en favor
de Valencia.
Cataluña.