Trabajaba en Cataluña Don Luis Lacy, y entretenía a los franceses de aquel principado, ya que no pudiese activa y directamente coadyuvar al alivio de Valencia. Severo y equitativo, ayudado de la junta provincial, levantó el espíritu de los catalanes, quienes, a fuer de hombres industriosos, vieron también en las reformas de las cortes, y sobre todo en el decreto de señoríos, nueva aurora de prosperidad. Reforzó Lacy a Cardona, fortificó ciertos puntos que se daban la mano, y formaban cadena hasta el fuerte de la Seu de Urgel; no descuidó a Solsona, y atrincheró la fragosa y elevada montaña de Abusa, a cierta distancia de Berga, en donde ejercitaba los reclutas. ¡Y todo eso rodeado de enemigos y vecino a la frontera de Francia! Pero ¿qué no podía hacerse con gente tan belicosa y pertinaz como la catalana? Dueños los invasores de casi todas las fortalezas, no les era dado, menos aún aquí que en otras partes, extender su dominación más allá del recinto de las fortificaciones, y aun dentro de ellas, según la expresión de un testigo de vista imparcial,[*] (* Ap. n. [16-26].) «no bastaba ni mucha tropa atrincherada para mantener siquiera en orden a los habitantes.» Más de una vez hemos tenido ocasión de hablar de semejante tenacidad, a la verdad heroica, y en rigor no hay en ello repetición. Porque creciendo las dificultades de la resistencia, y esta con aquellas, tomaba la lucha semblantes diversos y colores más vivos, desplegándose la ojeriza y despechado encono de los catalanes, al compás del hostigamiento y feroz conducta de los enemigos.

Toma de
las islas Medas.

Apoderados estos de todos los puntos marítimos principales, determinó Lacy posesionarse de las islas Medas, al embocadero del Ter, de que ya hubo ocasión de hablar. Dos de ellas bastante grandes, con resguardado surgidero al sudeste. Los franceses, aunque las tenían descuidadas, conservaban dentro una guarnición. Pareciole a Lacy lugar aquel acomodado para un depósito, y buena vía para recibir por ella auxilios y dar mayor despacho a los productos catalanes. Tuvo encargo de conquistarlas el coronel inglés Green, yendo a bordo de la fragata de su nación, Indomable, con 150 españoles que mandaba el barón de Eroles. Verificose el desembarco el 29 de agosto, y el 3 de septiembre abierta brecha se apoderaron los nuestros del fuerte. Acudieron los franceses en mucho número a la costa vecina, y empezaron a molestar bastante con sus fuegos a los que ahora ocupaban las islas. Opinaron entonces los marinos británicos que se debían estas abandonar, lo cual se ejecutó, a pesar de la resistencia de Eroles y de Green mismo. Volaron los aliados antes de la evacuación el fuerte o castillo.

No era hombre Don Luis Lacy de ceder en su empresa, e insistiendo en recuperar las islas persuadió a los ingleses a que de nuevo le ayudasen. En consecuencia se embarcó el 11 en persona con 200 hombres en Arenys de Mar a bordo de la mencionada fragata, comandante Thomas: fondeó el 12 a la inmediación de las Medas, y dividiendo la fuerza desembarcó parte en el continente para sorprender a los franceses y destruir las obras que allí tenían, y parte en la isla grande. Cumpliose todo según los deseos de Lacy, quien, ahuyentados los enemigos y dejando al teniente coronel Don José Masanes por gobernador del fuerte y director de las fortificaciones que iban a levantarse, tornó felizmente al puerto de donde había salido. Restableciose el castillo, y se fortalecieron las escarpadas orillas que dominan la costa. En breve pudieron las Medas arrostrar las tentativas del enemigo que, acampado enfrente, se esforzaba por impedir los trabajos y arruinarlos. Puso el comandante español toda diligencia en frustrar tales intentos, y cuando momentánea ausencia u otra ocupación le alejaban de los puntos más expuestos, manteníase firme allí su esposa, Doña María Armengual, a semejanza de aquella otra Doña María de Acuña,[*] (* Ap. n. [16-27].) que en el siglo XVI defendió a Mondéjar, ausente el alcaide su marido. Sacose provecho de la posesión de las Medas militar y mercantilmente, habiendo las cortes habilitado el puerto.

Muerte
de Montardit.

Apellidolas el general en jefe islas de la Restauración, como indicando que de allí renacería la de Cataluña, y a un baluarte a que querían dar el nombre de Lacy púsole el de Montardit: «honor, dijo, que corresponde a un mártir de la patria.» Tal suerte, en efecto, había poco antes cabido a un Don Francisco de Montardit, comandante de batallón, muy bien quisto, hecho prisionero por los franceses en un ataque sobre la ciudad de Balaguer, y arcabuceado por ellos inhumanamente. Dirigió Lacy con este motivo en 12 de octubre al mariscal Macdonald una reclamación vigorosa, concluyendo por decirle: «Amo, como es debido, la moderación; mas no seré espectador indiferente de las atrocidades que se ejecuten con mis subalternos: haré responsables de ellas a los prisioneros franceses que tengo en mi poder, y pueda tener en lo sucesivo.»

Empresas
de Lacy y Eroles
en el centro
de Cataluña.

Incansable Don Luis, trató en seguida de romper la línea de puestos fortificados que desde Barcelona a Lérida tenían establecidos los franceses. Empezó su movimiento, y el 4 de octubre acometió ya la villa de Igualada con 1500 infantes y 300 caballos. Ataque
de Igualada. Le acompañaba el barón de Eroles, segundo comandante general de Cataluña, cuyo valor y pericia se mostraron más y más cada día. Los franceses perdieron en el citado pueblo 200 hombres, refugiándose los restantes en el convento fortificado de Capuchinos, que no pudo Lacy batir, falto de artillería. Pasaron después ambos caudillos a sorprender un convoy que iba de Cervera, para lo cual repartieron sus fuerzas en dos porciones. Dio primero con él, según lo concertado, el barón de Eroles, y sorprendiole el 7 del mismo octubre, perdiendo los enemigos 200 hombres, sin que dejase aquel general nada que hacer a Don Luis Lacy.

Aterráronse los franceses con la súbita irrupción de los nuestros y con las ventajas adquiridas, y juzgando imprudente mantener tropas desparramadas por lugares abiertos o poco fortificados, abandonaron al fin, metiéndose depriesa en Barcelona, el convento de Igualada, la villa de Casamasana, y aun Monserrat. Quemaron a la retirada este monasterio, y lo destrozaron todo, sagrado y profano.

Requiriendo los asuntos generales del principado la presencia de Lacy cerca de la junta, tornó este a Berga, y dejó al cuidado del barón de Eroles la conclusión de la empresa tan bien comenzada, y proseguida con no menor dicha.