Claparède, en tanto, vino a las manos con el general Silveira que, sobradamente confiado, trabando pelea fuera de sazón, se vio deshecho en Ponte do Abade hacia Trancoso, y acosado desde el 10 hasta el 13 de enero, tuvo con bastante pérdida que replegarse la vuelta del Duero. Entró Claparède después en Lamego, y amenazó a Oporto antes que el general Baccellar, siempre al frente de las milicias de aquellas partes, pudiera acudir en su socorro. Felizmente el francés no prosiguió adelante, sino que tornó a Moimenta da Beira; con lo que los portugueses pudieron cubrir la mencionada ciudad.

General Foy.

Por entonces entró asimismo en Portugal, con 3000 hombres, el general Foy, el cual enviado por Massena a Napoleón, si bien a costa de mil peligros de haber perdido parte de su escolta y los pliegos en las estrechuras de Pancorbo, tornaba de Francia después de haber desempeñado cumplidamente tan dificultoso encargo. El emperador ignoraba el verdadero estado del ejército del mariscal Massena, y tenía que acudir, para averiguar noticias, a la lectura de los periódicos ingleses. Tal era el tráfago belicoso de las ordenanzas portuguesas y partidas españolas. Quien primero le informó de todo fue el general Foy, hallándose este de vuelta en Santarén el 2 de febrero.

Ambos ejércitos francés y anglo-lusitano permanecieron en presencia uno de otro hasta principio de marzo. En el intervalo, hicieron los enemigos para proveerse de víveres muchas correrías que dieron lugar a infinidad de desórdenes y a inauditos excesos. En nada estorbaron los ingleses tan destructora pecorea, y antes temieron continuamente ser atacados por los enemigos, que solo se limitaron a meros reconocimientos, habiendo en uno de ellos sido herido en una mejilla el general Junot.

Beresford manda
en la izquierda
del Tajo.

En diciembre, pasando Hill a Inglaterra enfermo, fue reemplazado en el mando de su gente, que casi siempre maniobraba a la izquierda del Tajo, por el mariscal Beresford. Era el principal objeto de estas tropas impedir la comunicación de Massena con Soult, y las tenía Wellington destinadas a cooperar con los españoles en Extremadura. Aguardaba para efectuarlo la llegada de refuerzos de Inglaterra, que tardaron más de lo que creía en aportar a Lisboa, y por lo cual se difirió el cumplimiento de resolución tan oportuna.

Vuelven
a Extremadura
divisiones
de Romana
y Don Carlos
de España.

No sucedió así con la de que regresasen a la mencionada provincia las dos divisiones españolas que al mando del marqués de la Romana se habían unido antes al ejército inglés, y también la de Don Carlos de España, que obraba del lado de Abrantes. Todas se movieron después de promediar enero, y la última, compuesta de 1500 infantes y 200 caballos, estaba ya el 22 en Campomayor. Las dos primeras continuaban bajo el mando inmediato de Don Martín de la Carrera y de Don Carlos O’Donnell, y las guió en jefe durante el viaje Don José Virués.

Muerte
de Romana.

Debió Romana dirigirlas, pero en 23 de enero, próximo ya a partir, falleció de repente de una aneurisma en el cuartel general de Cartaxo. Muchos sintieron su muerte, y aunque, conforme en su lugar se expresó, le faltaban a aquel caudillo varias de las prendas que constituyen la esencia del hombre de estado y del gran capitán, perdiose a lo menos con su muerte un nombre que pudiera todavía haber contribuido al feliz éxito de la buena causa. Las cortes honraron la memoria del difunto decretando que en su sepulcro se pusiese la siguiente inscripción. «Al general marqués de la Romana, la patria reconocida.»