No persistieron mucho en el alcance, llamados a la parte opuesta a causa de una súbita irrupción en las Cinco Villas de Don Francisco Espoz y Mina. Habían los franceses acosado de muerte a este caudillo durante todo el estío, irritados con la sorpresa de Arlabán. Y él, ceñido de un lado por los Pirineos, del otro por el Ebro, sin apoyo ni punto alguno de seguridad, sin más tropas que las que por sí había formado, y sin más doctrina que la adquirida en la escuela de la propia experiencia, burló los intentos del enemigo y escarmentole muchas veces, algunas en la raya y aun dentro de Francia.
Arreció en especial el perseguimiento desde el 20 de junio hasta el 12 de julio. 12.000 hombres fueron tras Mina entonces; más acertadamente dividió este sus batallones en columnas movibles con direcciones y marchas contrarias, incesantes y sigilosas, obligando así al enemigo a a dilatar su línea a punto de no poderla cubrir convenientemente, o a que, reunido, no tuviese objeto importante sobre que cargar de firme.
Ponen
los franceses
su cabeza
a precio.
Desesperanzados los franceses de destruir a Mina a mano armada, pusieron a precio la cabeza de aquel caudillo. 6000 duros ofreció por ella el gobernador de Pamplona, Reille, en bando de 24 de agosto, 4000 por la de su segundo Don Antonio Cruchaga, y 2000 por cada una de las de otros jefes. Reuniéronse a medios tan indignos los de la seducción y astucia. Tratan
de seducirle. A este propósito, y por el mismo tiempo, personas de aquella ciudad, y entre otras Don Joaquín Navarro, de la diputación del reino, con quien Mina había tenido anterior relación, enviaron cerca de su persona a Don Francisco Aguirre Echechurri para ofrecerle ascensos, honores y riquezas si abandonaba la causa de su patria y abrazaba la de Napoleón. Mina, que necesitaba algún respiro, tanto más cuanto de nuevo se veía muy acosado, entrando a la sazón en Navarra la división de Severoli y otras fuerzas, pidió tiempo para contestar sin acceder a la proposición, alegando que tenía antes que ponerse de acuerdo con su segundo Cruchaga. Impacientes de la tardanza los que habían abierto los tratos, despacharon en seguida con el mismo objeto, primero a un francés llamado Pellou, hombre sagaz, y después a otro español conocido bajo el nombre de Sebastián Iriso. Deseoso Mina de ganar todavía más tiempo, indicó para el 14 de septiembre una junta en Leoz, cuatro leguas de Pamplona, adonde ofreció asistir él mismo con tal que también acudiesen los tres individuos que sucesivamente se le habían presentado, y además el Don Joaquín Navarro y un Don Pedro Mendiri, jefe de escuadrón de gendarmería. Accedieron los comisionados a lo que se les proponía y, en efecto, el día señalado llegaron a Leoz todos excepto Mendiri. La ausencia de este disgustó mucho a Mina, quien a pesar de las disculpas que los otros dieron concibió sospechas. Vinieron a confirmárselas cartas confidenciales que recibió de Pamplona, en las cuales le advertían se le armaba una celada, y que Mendiri recorría los alrededores acechando el momento en que deslumbrado Mina con las ofertas hechas, se descuidase y diese lugar a que cayeran sobre él los enemigos y le sacrificasen.
Airado de ello, el caudillo español arrestó a los cuatro comisionados, y se alejó de Leoz llevándoselos consigo. Desfiguraron después el suceso los franceses y sus allegados, calificando a Mina de pérfido: traslucíase en la acusación despecho de que no se hubiese cumplido la alevosía tramada. Con todo, habiendo venido los comisionados bajo seguro, y no pudiéndose evidenciar su traición o complicidad, hubiérale a Mina valido más el soltarlos que dar lugar a que debiesen su libertad, como se verificó, a los acasos de la guerra.
Penetra Mina
en Aragón.
Poco después de este suceso y de haber Severoli y otras tropas salido de Navarra, fue cuando penetró dicho Mina en Aragón, conforme arriba enunciamos. El 11 de octubre atacó en Ejea un puesto de gendarmería cuyos soldados lograron evadirse en la noche siguiente, con pérdida en la huida de algunos de ellos. Marchó luego Mina sobre Ayerbe, y el 16 forzó a la guarnición francesa a encerrarse en un convento fortificado que bloqueó; mas en breve tuvo que hacer frente a otros cuidados. El comandante francés que en ausencia de Musnier gobernaba a Zaragoza, Ataca a Ejea. sabedor de la llegada de los españoles a Ejea, destacó una columna para contenerlos. Encontrose en el camino Ceccopieri, jefe de ella, con los gendarmes poco antes escapados; y juzgando ya inútil la marcha hacia Ejea, cambió de rumbo y se dirigió a Ayerbe en busca de Mina. Mas, llegado que hubo a esta villa, en cuyas alturas inmediatas le aguardaban los españoles, pareciole más prudente después de un fútil amago, retirarse y caminar la vuelta de Huesca. Envalentonáronse con eso los nuestros y no pudieron los contrarios verificar impunemente su marcha como se imaginaban. Mina, empleando sagacidad y arrojo, los estrechó de cerca y rodeó, por manera que tuvieron que formar el cuadro. Así anduvieron siempre muy acosados Coge una
columna francesa
en Plasencia
de Gállego. hasta más allá de Plasencia de Gállego, en donde, opresos con la fatiga y el mucho guerrear, y acometidos impetuosamente a la bayoneta por Don Gregorio Cruchaga, vinieron a partido: 640 soldados y 17 oficiales fueron los prisioneros; muchos de ellos heridos, gravemente el mismo comandante Ceccopieri. Habían muerto más de 300.
Azorado Musnier, y temiendo hasta por Zaragoza, tornó precipitadamente a aquella ciudad, en donde ya más sereno trató de marchar contra Mina y de quitarle los prisioneros, obrando de concierto con los gobernadores y generales franceses de las provincias inmediatas. ¡Trabajo y combinación inútil! Mina escabullose maravillosamente por medio de todos ellos, y atravesando el reino de Aragón, Navarra y Guipúzcoa, Embarca
los prisioneros
en Motrico. embarcó al principiar noviembre en Motrico todos los prisioneros a bordo de la fragata inglesa Iris y de otros buques, después de haber también rendido la guarnición francesa de aquel puerto.
Distribuye
Musnier
la división
de Severoli.
Concíbese cuán incómodos serían para Suchet tales acontecimientos, pues además de la pérdida real que en ellos experimentaba, distraíanle fuerzas que le eran muy necesarias. Con impaciencia había aguardado la división de Severoli, y en vano por algún tiempo pudo esta incorporársele. Musnier ni aun con ella tenía bastante para cubrir el Aragón, y mantener algún tanto seguras las comunicaciones. Una de las dos brigadas en que dicha división se distribuía se vio obligado a colocarla al mando de Bertoletti en las Cinco Villas, izquierda del Ebro, y la otra al de Mazzuchelli en Calatayud y Daroca.