Las Cortes
y su rumbo.
Tras de lograr objeto tan importante caminaban afanadas las Cortes generales y extraordinarias, llevando en las discusiones el anterior rumbo con mayoría casi igual aunque no siempre tan numerosa y compacta; allegándose al partido opuesto a las mudanzas muchos diputados de los últimamente elegidos por las provincias que iban quedando libres de la dominación extraña: en donde una porción considerable de las clases que se creían perjudicadas por las reformas o recelaban del porvenir, había influido poderosamente en las elecciones, con notable daño de la opinión liberal.
Discusión
sobre trasladarse
a Madrid.
Equilibráronse principalmente los dictámenes al examinarse en las Cortes si convenía o no trasladar a Madrid el asiento del gobierno: cuestión que, promovida en 1812, se renovó ahora con visos de mejor éxito, obrando de concierto en el asunto diputados de sentir muy diverso en otras materias, unos por agradar a sus poderdantes, que eran de las provincias de lo interior, muy interesadas en tener cerca al gobierno y las Cortes; otros por alejar a estas del influjo, en su entender pernicioso, de los moradores de Cádiz, declarados del todo en favor de mudanzas y nuevos arreglos.
Dio en la actualidad impulso al negocio una exposición del ayuntamiento de Madrid, atento este a las ventajas que reportaría aquel vecindario de la permanencia allí del gobierno, y temeroso igualmente de que se escogiese en lo sucesivo otro pueblo para cabecera del reino. Dictamen a que se inclinaban varios diputados, y del que en todos tiempos han sido secuaces hombres muy entendidos y de estado. Porque, en efecto, notable desacuerdo fue sentar en Madrid la capital de la monarquía, cuando el imperio español abrazando ambos mundos contaba entre sus ciudades no solo ya a la bella y opulenta Sevilla, sino también a la poderosa y bien situada Lisboa, emporios uno y otro de comercio y grandeza, más propios a infundir en el gobierno peninsular sanas y generosas ideas de economía pública y administración que un pueblo fundado en país estéril, nada industrioso, metido muy tierra adentro, y compuesto en general de empleados y clases meramente consumidoras.
La exposición del ayuntamiento de Madrid pasó a informe de la Regencia y del consejo de Estado, y ambas corporaciones opinaron que por entonces no se moviese el gobierno de donde estaba: dueño todavía el enemigo de las plazas de la frontera y con posibilidad, en caso de algún descalabro, de volver a intentar atrevidas incursiones obligando a las autoridades legítimas a nuevas y peligrosas retiradas. Juicioso parecer que prevaleció en las Cortes, si bien después de acalorados debates; aprobándose en la sesión del 9 de agosto lo propuesto por la Regencia reducido: 1.º, a que no se fijase por entonces el día de la mudanza; Se dilata
la traslación. y 2.º, a que cuando esta se verificase fuese solo a Madrid; con lo que sin desagradar a los vecinos de la antigua capital del reino, tratose de serenar algún tanto a los de Cádiz muy apesadumbrados e inquietos por la traslación proyectada.
Otros debates
sobre la materia.
Mas ni aun así aflojaron en su intento los diputados que la deseaban, proponiendo en seguida uno de ellos que las sesiones de las Cortes ordinarias, cuya instalación estaba señalada para 1.º de octubre, se abriesen en Madrid y no en otra parte. Tan impensado incidente suscitó discusión muy viva, y tal que, al decidirse el asunto, resultó empatada la votación. Preveía semejante caso el reglamento interior de las Cortes, ordenando para cuando sucediese, que se repitiera el acto en el inmediato día, lo cual se verificó, quedando desechada la proposición por solos 4 votos pasando de 200 el número de vocales. Aunque ufana la mayoría con el triunfo, recelábase de la maledicencia, que muy suelta esparcía la voz de que los diputados de las extraordinarias querían eternizarse en sus puestos. Para desvanecerla e imponer silencio a tan falso y mal intencionado decir, hiciéronse varias proposiciones, enderezadas todas ellas, y en particular una del señor Mejía, a remover estorbos para acelerar la llegada de los diputados sucesores de los actuales. Laudable conato, bien que inútil para acallar las maliciosas pláticas y fingidos susurros de partidos apasionados; siendo la más acomodada y concluyente respuesta que pudieron dar las Cortes a sus detractores el modo con que se portaron cerrando sus sesiones al debido e indicado tiempo.
El diputado
Antillón.
En estos debates continuaron distinguiéndose algunos diputados de los que no habían asistido a las Cortes extraordinarias en los dos primeros años. Descolló entre todos ellos Don Isidoro Antillón, de robusto temple aunque de salud muy quebrantada, formando especial contraste las poderosas fuerzas de su entendimiento con las descaecidas y flacas de su cuerpo achacoso y endeble. Adornaban a este diputado ciencia y erudición bastante, no menos que concisa y punzante elocuencia, si bien con asomos alguna vez de impetuosidad tribunicia que no a todos gustaba. Fueron muy contados sus días, que abreviaron inhumanamente malos tratos del feroz despotismo.