Suchet
en el Llobregat.
Entre tanto, habíase afirmado Suchet en su línea del Llobregat, fortificando la cabeza del puente de Molins de Rey y construyendo varios reductos a la izquierda de aquel río. Formaba la vanguardia el general Mesclop y observaba ambas orillas, encomendándose el lado de Martorell a un batallón protegido por un escuadrón de húsares. Tuvo esta fuerza algún descuido de que se aprovechó Don José Manso, muy diligente en su caso, aunque hombre de espera, dando de sobresalto en ellos el 10 de septiembre en Pallejá, y desbaratándolos. Rechazó igualmente a otros que vinieron en ayuda de los primeros, mejorada su posición y muy afianzada.
Bentinck
en Villafranca.
Ni Bentinck desamparó tampoco a Villafranca y pueblos de enfrente, apostando en el ventajoso y difícil paso de Ordal, distante tres leguas, al coronel Adams con un trozo respetable de gente, compuesto de un regimiento británico y de otro calabrés, y de una brigada de la división española de Sarsfield, que mandaba Don José de Torres. Colocose a este en la izquierda con dos compañías inglesas, y en lo alto de la eminencia llamada la Cruz de Ordal a los calabreses, metidos en un reducto antiguo y dueños de 4 cañones pequeños, alojándose en la derecha lo que restaba de fuerzas inglesas.
Pelea en Ordal.
Discurrió Suchet atacar este punto y aventar de allí a los aliados, para lo que se concertó con Decaen. No era fácil la empresa, siendo Ordal escarpado sitio con avenida que culebrea por largo espacio y ciñen vecinos cerros. Así fue que tomó el mariscal francés las correspondientes precauciones, pareciéndole la más oportuna acometer de repente y de noche a los aliados con propósito de sobrecogerlos.
Se trabó la pelea en la noche del 12 al 13, habiendo lanzado el general Mesclop, que se hallaba a la cabeza de la columna del general Harispe, muchos tiradores apoyados de otra fuerza contra la izquierda aliada, en donde se apostaban los españoles que tenían también parte de su gente en el camino real. Vanos fueron por dos veces los ímpetus del enemigo, Sucesos
posteriores. estrellados en el valor y serenidad de nuestros soldados. Generalizose en breve el fuego por toda la línea, con la desgracia de quedar herido a poco gravemente el coronel Federico Adams, por lo que recayó el mando en Don José de Torres. Renovando los enemigos esforzadamente su ataque, desalojaron a los nuestros de un puesto importante que se recobró luego; debiéndose en particular el triunfo a los granaderos y cazadores de Aragón, a dos compañías inglesas, y a los tiros de metralla de la artillería británica en la Cruz de Ordal. Pero frustradas al francés sus tentativas por este lado, ideó otra sobre la derecha que amparaban los ingleses, destacando en contra suya la división de Habert, la cual logró su objeto, distinguiéndose el comandante Bugeaud con el batallón 116 que arrolló brioso a los que se le oponían. Entonces tuvieron también que ciar los de la izquierda y centro, y tomaron hacia San Sadurní en busca de las fuerzas del general Copons que andaban por allí y por Martorell. Los españoles se unieron a los suyos, mas no los calabreses, que, encontrándose con tropas de Decaen que avanzaban por la derecha de Suchet, retrocedieron, logrando sin embargo cruzar el camino real de Barcelona y embarcarse en Sitges con la buena ventura de no encontrar al paso con Suchet ni con gente de su ejército. Perdieron, sí, los cañones, mas no los extraviados, que consiguieron incorporarse con Don José Manso. Los restos de la derecha aliada del cuerpo lidiador en Ordal se unieron a Bentinck, quien avanzó al ruido de la contienda trabada. Pero no fue muy allá, tornando atrás luego que supo el infeliz desenlace. Tampoco Suchet porfió en el perseguimiento, ya porque tardó en adelantarse el general Decaen, con quien contaba, entretenido por los calabreses y Don José Manso, ya porque advirtiendo firmeza en el ademán de Bentinck, y por haber sido escarmentados sus jinetes en una refriega con los británicos, no creyó prudente empeñar nueva acción. No hubo después ninguna otra de importancia, replegándose al Llobregat el mariscal Suchet y los aliados a Tarragona, cuyo jefe Bentinck dejó en breve el mando, trasladándose otra vez a Sicilia. Sucediole sir Guillermo Clinton, esclarecido general y de fama bien adquirida.
A pesar de vaivenes y desengaños de la suerte varia y aun adversa en Cataluña, no se siguió a España grave perjuicio, así por los trofeos cogidos en otros lugares, como también por los señalados acontecimientos que a la propia sazón ocurrieron en Alemania.
Estado
de los negocios
en Alemania.
Eclipsábase allí cada vez más la estrella en otro tiempo tan resplandeciente y clara del emperador Napoleón. Porque, si bien brilló de nuevo en los campos de Lützen, Bautzen y Wurschen, no fue sino momentáneo su esplendor, y para ocultarse y desaparecer del todo sucesiva y lamentablemente. Armisticio
de Pläswitz. Habíase firmado un armisticio el 4 de junio en Pläswitz entre las potencias beligerantes, estipulando además el Austria en Dresde el 30 del propio mes una convención con la Francia en la que ofrecía su mediación, y a cuyo efecto debía reunirse un congreso en Praga, prolongándose hasta el 10 de agosto el armisticio pactado. Dificultades sin número se opusieron a la pacificación general, nacidas ya de los aliados, que mal contentadizos con los favores de la fortuna querían sacar mayor provecho de sus anteriores lauros, ya de Napoleón, que avezado a dominar siempre y a dictar condiciones, no se avenía a recibirlas, temiendo descender mal parado de la cumbre de su poderío y grandeza. Rómpese. Por tanto rompiose el armisticio, y uniéndose el Austria a la confederación europea, declaró la guerra a la Francia el 12 de agosto de 1813, sin que los vínculos de la sangre que enlazaban a las familias reinantes de ambos estados Únese el Austria
a los aliados. bastasen a detener el movimiento bélico, ni a trocar frías resoluciones de la desapegada política. Las que tomó en este caso el augusto suegro de Napoleón acabaron de inclinar la balanza de los sucesos del lado de la liga europea. Ventura sobre todas esta que confortaba los ánimos de los españoles, creciendo en ellos la esperanza de ver concluida pronta y felizmente la lucha de la independencia; como afianzado también el establecimiento de las nuevas reformas, a lo menos de aquellas que se conceptuasen más útiles y necesarias.