Igualmente ordenaron las Cortes por los mismos días el cumplimiento de otra disposición muy útil al crédito en lo venidero, yendo dirigida a la cancelación y quema de 6401 vales reales que paraban en poder de la junta del crédito público y le pertenecían. Ejecutose lo mandado, y en ello hicieron ver las Cortes aún más claramente cuán decididas estaban a no desautorizar sus promesas, permitiendo circulasen de nuevo documentos amortizados ya; como a veces se ha practicado en menosprecio de la buena fe y honradez españolas.

Nombran
las Cortes
la diputación
permanente.

Nombraron las Cortes en 8 de septiembre la diputación permanente, la cual según la Constitución había de quedar instalada en el intermedio de unas Cortes a otras; y aunque se anunciaba sería corto el actual, fuerza sin embargo era cumplir con aquel artículo constitucional, teniendo la permanente que presidir, ya el 15 del propio mes, las juntas preparatorias de las Cortes ordinarias que iban a juntarse.

Cierran
las Cortes
extraordinarias
sus sesiones el 14
de septiembre.

Siendo el 14 el día señalado para cerrarse las extraordinarias, asistieron estas a un Te Deum cantado en la catedral, volviendo después al salón de sus sesiones, en donde, leído que fue por uno de los secretarios el decreto de separación acordado antes, pronunció el presidente, que lo era a la sazón Don José Miguel Gordoa, diputado americano por la provincia de Zacatecas, un discurso apologético de las Cortes y especificativo de sus providencias y resoluciones, el cual acogieron los circunstantes con demostraciones y aplausos repetidos y muy cordiales. A poco, y guardado silencio, tomó nuevamente la palabra el mismo presidente, y dijo en voz elevada y firme: «Las Cortes generales y extraordinarias de la nación Española, instaladas en la Isla de León el 24 de septiembre de 1810, cierran sus sesiones hoy 14 de septiembre de 1813»; con lo que, y después de firmar los diputados el acta, separáronse y se consideraron disueltas aquellas Cortes.

Al salir los individuos suyos de mayor nombradía fueron acompañados hasta sus casas de muchedumbre inmensa que vitoreándolos, los llenaba de elogios y bendiciones descasadas de todo interés. Continuaron por la noche los mismos obsequios, con iluminación además y músicas y serenatas que daban señoras y caballeros de lo más florido de la población de Cádiz, lo mismo que de los forasteros.

La fiebre
amarilla
en Cádiz.

Pero, ¡ah!, tanta algazara y júbilo convirtiose luego en tristeza y llanto. La fiebre amarilla o vómito prieto que desde el comenzar del siglo había de tiempo en tiempo afligido a Cádiz, y que vimos retoñar con fuerza en 1810, picaba de nuevo este año, propagada ya en Gibraltar y otros puntos de aquellas costas. Nada se había hablado del asunto en las Cortes; pero al día siguiente de cerrarse estas, creyendo el gobierno que se aumentaba el peligro rápidamente, resolvió a las calladas trasladarse al puerto de Santa María para desde allí, si era necesario, pasar más lejos. Trasluciose la nueva en Cádiz y mostrose el pueblo cuidadoso y desasosegado, oficiando de resultas y sobre el caso al gobierno la diputación permanente temerosa de lo que pudiera influir aquella providencia en la instalación de las Cortes ordinarias, cuyas juntas preparatorias habíanse abierto aquel mismo día.

Detúvose la Regencia al recibir las insinuaciones de la diputación y algunas particulares del diputado Villanueva; y a fin de no comprometerse más de lo que ya estaba, acordó precipitadamente excitar a dicha diputación a que convocase las Cortes para tratar del negocio en su seno. No era fácil determinar cuáles debían llamarse, pues las ordinarias todavía no se hallaban constituidas; y volver a juntar las extraordinarias recién disueltas, parecía desusado y muy fuera de lo regular; pero urgiendo el pronto despacho no se encontró otro medio más que el último para salir de dificultad tamaña.

Vuélvense a abrir
el 16 las Cortes
extraordinarias.