Así las Cortes extraordinarias cerradas el 14 de septiembre, abriéronse de nuevo el 16, celebrando sesiones esta noche y los días siguientes 17, 18 y 20. Ventilose largamente en ellas el punto de la traslación, acusando muchos con aspereza al gobierno de haberla determinado por sí de tropel e irreflexivamente. Motivo de ello,
la fiebre amarilla. Procuraron defenderse los ministros, mas hiciéronlo con poca maña, embargado alguno de ellos por aquel pavor que a veces se apodera de las gentes al aparecimiento súbito de cualquiera peste o epidemia mortífera, y de cuya enojosa impresión no suelen desembarazarse ni aun los hombres que en otras ocasiones sobresalen en serenidad y buen ánimo.

La cuestión en sí no dejaba de ser grave, sobre todo en las circunstancias. Moverse las Cortes desplacía a la ciudad de Cádiz, interesada en la permanencia del gobierno dentro de sus muros; y moverse también si la epidemia cundía y tomaba incremento, era expuesto a llevarla a todas partes, provocando el odio y animadversión de los pueblos. Mas, por otro lado, quedarse en Cádiz y dar lugar al desarrollo y completa propagación del mal, ponía al gobierno en grande aprieto, cortándole las comunicaciones, e impidiendo quizá la llegada de los diputados que debían componer las Cortes ordinarias.

No ilustraba tampoco el punto cual se apetecía la facultad médica, ya por miedo de arrostrar la opinión interesada de Cádiz, ya por no conocer bastante la enfermedad que amagaba; andando tan perplejos sus individuos que casi todos decían un día lo contrario de lo que habían asentado en otro. Entre los diputados hubo igualmente notable disenso; y el señor Mejía, que se preciaba de médico, llegó en uno de sus discursos hasta apostar la cabeza a que no existía entonces allí la fiebre amarilla. Pero después pegósele, y le costó la vida. Amenazó la de otros el vulgo, desabrido con los que se inclinaban a apoyar las providencias del gobierno y su salida de Cádiz; corrió algún riesgo la de Don Agustín de Argüelles, tan querido y festejado dos días antes: que tan mudables son los amores y aficiones del pueblo.

Acalorados
debates.

Inciertas las Cortes, y no sabiendo cómo atinar en asunto tan espinoso, nombraron varias comisiones una tras de otra, y oyeron en su seno diversas y encontradas propuestas. Los debates, muy acalorados y ruidosos, no remataron en nada que fuese conveniente y claro, por lo que, no dando ya vagar el tiempo y aproximándose cada vez más el de la apertura de las Cortes ordinarias, dejose a la resolución de estas la de todo el expediente, según indicó el señor Antillón con atinada oportunidad.

La inquietud y desasosiego de aquellos días, los alborotos que por instantes amagaban, y un viento caluroso y recio que sopló de levante con singular pertinacia, irritando en extremo los ánimos, provocolos a la alteración y enfado, y contribuyó no poco a desenvolver la epidemia rápida y dolorosamente. De los diputados que asistieron a las sesiones, aunque ahora en más reducido número, no menos de 60 cayeron enfermos, y pasados de 20 murieron en breves días, contándose entre ellos algunos de los más distinguidos, como lo eran el señor Mejía, mencionado ya, y los señores Vega Infanzón y Luján. Y aquellas Cortes que días antes se habían separado gozosas y celebradas, verificáronlo ahora de nuevo, pero abatidas y en gran desamparo.

Ciérranse
de nuevo el 20
las Cortes
extraordinarias.

En el discurso de su dominación distinguirse pueden tres tiempos bien diversos: 1.º, el inmediato a su instalación, en el que con esfuerzo, aunque a veces con inferioridad, luchó siempre el partido reformador; 2.º, el de más adelante, cuando triunfando este adquirió mayoría haciendo de continuo prevalecer su dictamen; y 3.º y último, al cerrar de las Cortes, y en ocasión en que acudiendo muchos diputados de lo interior, equilibráronse las votaciones, ganándolas no obstante en lo general los liberales o reformadores, por lo halagüeño de sus doctrinas, por su mayor arrojo y por la superioridad en fin que les proporcionaba la práctica adquirida en las discusiones y modo de llevarlas, no desperdiciando resquicio que diese a su causa mayor cabida o ensanche.

Su legitimidad.

Españoles ha habido, y aun extranjeros, que han suscitado dudas acerca de la legitimidad de estas Cortes. Apasionada opinión que ha cedido al tiempo y a las poderosas razones que la impugnaban. Fúndase la legitimidad de un gobierno o de una asamblea legislativa en la naturaleza de su origen, en el modo con que se ha formado, y en la obediencia y consentimiento que le han prestado los pueblos. Abandonada España y huérfana de sus príncipes, necesario le fue mirar por sí y usar del indisputable derecho que la asistía de nombrar un gobierno que la defendiese y conservase su independencia. Diósele pues en las juntas de provincia y en la central y primera regencia sucesiva y arregladamente. Vinieron al cabo las Cortes, conforme al deseo manifestado por la nación entera, y a lo resuelto también por Fernando VII desde su cautiverio; llevando por tanto el llamamiento y origen de aquel cuerpo el doble y firme sello de la autoridad real y de la autoridad popular, que no siempre van a una ni corren a las parejas.