Al principio no se compusieron las Cortes ordinarias, ni con mucho, de todos los diputados que las provincias peninsulares y de América habían nombrado; no viniendo los últimos tan pronto por la lejanía y falta de tiempo, y deteniéndose los otros, despavoridos con la fiebre amarilla o estimulados del deseo de obligar al gobierno a trasladarse a Madrid, en donde pensaban tendrían mayor cabida y séquito sus ideas y opiniones, por lo común opuestas a reformas y cambios.

Para llenar el hueco de los ausentes habían resuelto de antemano las Cortes, siguiendo lo prevenido en la Constitución, que mientras que llegaban los diputados propietarios, hiciesen sus veces como suplentes los de las extraordinarias; con lo cual conseguíase no dejar sin representación a ninguna provincia, poner remedio paliatorio al menos o momentáneo al artículo constitucional que vedaba las reelecciones, y no entregar la suerte del estado a un cuerpo del todo nuevo, no apreciador, por tanto, cabal ni justo de los motivos que hubiese habido para anteriores resoluciones.

Lo que hubo
en las elecciones.

Instaba más en la actualidad y era de la mayor importancia, si se querían conservar las reformas, el que quedasen en las Cortes antiguos diputados, por haber recaído generalmente los nombramientos para las ordinarias en sujetos desafectos a mudanzas y novedades. Coadyuvaron a esto los que se creían ofendidos en sus personas y cercenados en sus intereses por las alteraciones y nuevos arreglos, y que oteaban mayores daños en un porvenir no lejano. Estaban en ese caso algunos individuos de la nobleza, si bien los menos, bastantes magistrados, muchos cabildos eclesiásticos, y casi todo el clero regular; los que, juntos o separados, influyeron sobradamente, y cada uno a su manera, en las elecciones, ayudados de una turbamulta de curiales y dependientes de justicia que vivían de abusos; siendo estos y los religiosos mendicantes los más bulliciosos e inquietos de todos, como herrumbre la más pegadiza y roedora de las que consumían a España hasta en sus entrañas; habiendo los últimos llegado a formar en parte del pueblo, de cuya plebe comúnmente nacían, una especie de singular demagogia pordiosera y afrailada, supersticiosa y muy repugnante.

Sirvió a todos de fiel instrumento para sus fines la misma ley electoral, que adoptando un modo indirecto de elección que pasaba por nada menos que por cuatro grados o escalones, favorecía sordos manejos y muy deplorables amaños, más fáciles de ejercer en esta ocasión por no haberse exigido de los votantes propiedad alguna ni especial arraigo; dando así, con desacuerdo grave, franca y anchurosa entrada al goce de los derechos políticos a hombres de poco valer y a la vulgar muchedumbre, muy sometida naturalmente al antojo y voluntad de las clases poderosas y privilegiadas.

Estado
de los partidos
en las nuevas
Cortes.

Hechas las elecciones en este sentido, déjase discurrir cuán útil fue para la conservación del nuevo orden de cosas que no llegasen a las Cortes de tropel todos los recién elegidos, y que permaneciesen en su seno muchos diputados de los antiguos. Sucediendo así, mantuviéronse en equilibrio los partidos y casi en el mismo estado en que se encontraban al cerrarse las extraordinarias, yendo desapareciendo poco a poco el de los americanos; pues muertos sus principales jefes, tuvieron que ceder los otros en sus pretensiones y unirse a los europeos liberales, amenazados, como ellos, en su suerte futura si llegase a triunfar del todo el bando contrario.

Diputados
que se distinguen
en ellas.

De los diputados de las extraordinarias que continuaron tomando asiento en las actuales Cortes, resplandeció a la cabeza Don Isidoro Antillón, ya antes nombrado, cuyas opiniones incomodando a ciertos hombres desalmados que por desgracia contaba entre los suyos el partido antirreformador, Antillón
y sus riesgos. provocaron de parte de ellos en la Isla de León una tentativa de asesinato contra la persona de este diputado, tanto más aleve, cuanto hallábase Antillón imposibilitado de emplear defensa alguna por el estado achacoso y flaco de su salud. A dicha no consiguieron del todo los homicidas su depravado objeto, si bien le maltrataron amparados de la soledad y lobreguez de la noche que los puso en salvo. Precursor indicio del fin lastimoso y no merecido que había de caber a este diputado célebre más adelante, dado que con visos de proceder jurídico. Distinguiose también desde luego, pero entre los nuevos, Martínez
de la Rosa. Don Francisco Martínez de la Rosa, cuya fama, creciendo en breve, colocole pronto al lado de los primeros campeones de la libertad española y de las buenas ideas, brillando por su instrucción y acabadas dotes, de las que eran las más señaladas incontrastable entereza, y bellísimo, florido, fácil y muy elocuente decir. Descubríanse después, aunque en mayor o menor lontananza, las personas de Don Tomás Istúriz, Don José Canga Argüelles y Don Antonio Cuartero; arrimándose a este partido, que era el liberal, algunos eclesiásticos de los recién llegados, entre los que merece particular noticia Don Manuel López Cepero, informado en letras, de ameno trato y de gusto probado y bueno en el estudio de las bellas artes. Hubo diputados que se dieron a conocer también en el partido opuesto o sea antirreformador, pero estos en lo general más tarde; por lo que solo iremos mentándolos según vayan dando ocasión los debates y los acontecimientos.

Primeros trabajos
de estas Cortes.