Confiose al duque de San Carlos el encargo de llevar este tratado a España con carta [*] del rey para la Regencia, que sirviese de credencial, y una instrucción ostensible que escudase a Fernando cerca del gobierno francés. Exigíase del de Madrid, en el primer documento, la ratificación del tratado; pensamos que lo mismo en el segundo, bien que nada nos asegura sobre esto Escóiquiz; y solo sí que S. M. hizo de palabra a San Carlos las advertencias siguientes: «1.ª, que en caso de que la Regencia y las Cortes fuesen leales al rey y no infieles e inclinadas al jacobinismo, como ya S. M. sospechaba, se les dijese era su real intención que se ratificase el tratado, con tal que lo consintiesen las relaciones entre España y las potencias ligadas contra la Francia, y no de otra manera. 2.ª, que si la Regencia, libre de compromisos, le ratificase, podía verificarlo temporalmente entendiéndose con la Inglaterra, resuelto S. M. a declarar dicho tratado forzado y nulo a su vuelta a España por los males que traería a su pueblo semejante confirmación. Y 3.ª, que si dominaba en la Regencia y en las Cortes el espíritu jacobino, nada dijese el duque y se contentase con insistir buenamente en la ratificación, reservándose S. M., luego que se viese libre, (* Ap. n. [24-8].) el continuar o no la guerra, según lo requiriese el interés o la buena fe de la nación.»[*]
Envía Napoleón
a Valençay
a otros españoles.
Después de esto, partió el de San Carlos de Valençay el 11 de diciembre, bajo el falso nombre de Ducos, para ocultar más bien su viaje e impedir hasta el trasluz del objeto de la comisión. En su ausencia, quedó encargado de continuar tratando con el conde de Laforest Don Pedro Macanaz, traído también allí algunos días antes por orden del emperador, lo mismo que los generales Don José Zayas y Don José de Palafox, encerrados en Vincennes, no habiéndose Napoleón olvidado tampoco en su llamamiento de Don Juan Escóiquiz, quien el 14 de diciembre llegó de Bourges, en donde le tenían confinado, y al instante tomó parte, por disposición de Fernando, en las conferencias de Macanaz y Laforest, sin que por eso mejorasen los asuntos de semblante, ni él adquiriese mayor fama de la que ya gozaba y habíale cabido como estadista y negociador en los sucesos de Madrid y Bayona.
Nuevas
reflexiones.
Apesárase el alma al contemplar, y desgracia es de España, que los mismos hombres [no se alude en este caso a Palafox ni a Zayas] que, por sus errados consejos, habían influido poderosamente en meter a la nación y al rey en un mar de desdichas sin suelo apenas ni cabo, volviesen a salir al teatro político para representar papeles parecidos a los de antes, trabajando por extremarse en idénticos desvíos de discernimiento y buen juicio.
Porque, en efecto, si examinamos con atención el tratado de Valençay, cuya letra no ha podido alterarse, patente se hace permanecían aún vivas las inclinaciones de Bayona entre los cortesanos que asistieron allí en 1808; pues en el contexto del referido tratado ni siquiera se nombra al gobierno nacional, que durante la ausencia del rey había agarrado con gloria y dichosa estrella el timón de los negocios públicos, ni tampoco se hace mención de los aliados, acordándose solo de los ingleses para repelerlos fuera del territorio español a manera de enemigos. Y si del tratado pasamos a las instrucciones que de palabra se comunicaron a San Carlos, y cuenta Escóiquiz, ¿habrá nadie que no las gradúe de mal sonantes, falaces e impropias de la dignidad real? En ellas, queriendo por una parte engañar a Napoleón mismo y faltarle a lo pactado, suscítanse por la otra recelos contra la Regencia y las Cortes, y aun se sospecha de su lealtad, anunciando en su escrito Don Juan Escóiquiz, que, sin las precauciones adoptadas, «hubiera podido llegar, por la infidelidad de la Regencia, la noticia de las intenciones del rey al gobierno francés, y echarlo todo a perder.»[*] (* Ap. n. [24-9].) En hora buena desagradasen al tal autor y a los suyos las opiniones de las Cortes y sus providencias en materia de reformas, aunque no las conociese bien; pero tildar a sus individuos del modo que lo hicieron, y aun creer que la Regencia fuese capaz de descubrir a Napoleón un secreto del rey, como en su folleto estampa osadamente el Don Juan, cosa es que alborota el ánimo y provocará a ira al español más pacífico y templado, siempre que sea amante de la verdad y de la justicia. ¡Qué! ¿Hombres íntegros y de incontrastable firmeza, en tiempos procelosos y desesperados, mudaríanse de repente y ahora, cuando iba a entrarse en otros serenos y bonancibles? No, ni imaginado lo hubieran antes ni después, ni entonces, aun dado caso que hubiese ya zumbado en sus oídos el ruido de los grillos y cadenas que preparaban para ellos y la patria, en recompensa de tribulaciones pasadas y grandes servicios, los de Valençay y secuaces.
Que fuese el encubierto deseo de los consejeros de Fernando rehuir de otras alianzas y estrechar la del emperador francés, ya por miedo, ya por la ciega admiración que aún conservaban a su persona, colígese del tratado referido que no consiente interpretaciones ni posteriores variantes, y de la conducta que todos ellos tuvieron e iremos observando hasta la final caída de Bonaparte, no siendo de menospreciar tampoco, en comprobación, una ocurrencia que arriba apuntamos, y es oportuno contar aquí.
Comisionados
franceses
enviados
a España.
Por el mismo tiempo en que andaban los tratos de Valençay, vinieron a España unos comisionados franceses que bajo de cuerda dirigía y manejaba desde su país un tal Mr. Tassin, sujeto inquieto, muy entremetido y de secretos amaños. Traían aquellos encargo de introducir desconfianza respecto de los ingleses, y trabajar ahincadamente para que estos saliesen de España. Dos eran los principales comisionados, revestidos de poderes y con autorización competente. Presentose uno de ellos al general Mina, y esquivó el otro encontrarse hacia Irún con lord Wellington y Don Manuel Freire, encaminando sus pasos a Bilbao, en donde se avocó con un cierto Echevarría, amigo y corresponsal de los de Valençay desde los sucesos de Bayona, a quien de intendente vimos convertido en guerrillero allá en Alcañices. Mezcláronse con los expresados emisarios algunos otros, entre los cuales merece mentarse un Mr. Magdelaine, hombre muy gordo y de aparente buen natural, del que se sirvió para engañar a Don Miguel de Álava y a lord Wellington a punto de sacarles dinero y recomendaciones. El comisionado o agente que se avistó con Mina, de nombre Mr. Duclerc, descubriose a este y le manifestó el objeto de su comisión, entregándole diversos papeles. Informada de todo la Regencia del reino, y cierta de lo avieso y torcido de la trama urdida, dispuso proceder contra los ejecutores de ella, y ordenó, en consecuencia, la prisión de varios sujetos, señaladamente la del que hemos dicho haberse enderezado a Bilbao, de cuya persona, ya de vuelta, se apoderó dentro del territorio francés Don Miguel de Álava, en virtud de orden superior y por medio del comisario de policía Mr. Latour. Trataba la Regencia de que se castigase ejemplarmente a semejantes enredadores, cuando tuvo que detenerse, sabedora de que entre los documentos había algunos que aparecían firmados de puño y letra de persona muy elevada y augusta. Suspendiéronse de resultas las diligencias judiciales, y procurose dar treguas al asunto y aun echarle tierra. No faltó quien entonces pensase, y fundadamente, (* Ap. n. [24-10].) que todo ello había sido pura fragua y falsificación [*] de Don Juan Amézaga, hombre mal reputado e instrumento secreto del gobierno francés; pero mudaron de dictamen, o quedaron perplejos al averiguar que los arrestados recobraron su libertad al tornar Fernando a España, (* Ap. n. [24-11].) y que recibieron en 1815 una suma considerable [*] a trueque de que entregasen papeles al parecer importantes que todavía conservaban en su poder, y con cuya publicación amenazaban al rey Fernando soberbia y desacatadamente.
Llega San Carlos
a Madrid.