Al caer Napoleón y las Cortes, sucedieron a las alabanzas prodigadas al decreto agrias censuras, y hubo muchos que le tacharon de nimio y aun depresivo de la autoridad real. Tuvieran en ello razón tratándose de tiempos ordinarios, no de revueltos y de tempestad y ventisca, como los que entonces corrían y se oteaban; en arma todavía los gobiernos y los pueblos contra el dominador de Francia, quien, no abatido del todo, esforzábase por mantenerse firme y aun por empinarse de nuevo con no menos presunción que astucia.
Cierto que hubiera valido más no poner tantas trabas al viaje del rey, ni tanto retardo en la reintegración de su autoridad; prefiriendo a minuciosas precauciones otras de seguro y feliz éxito, y de viso no tan desapacible; procurando sobre todo rodear a Fernando desde su entrada en España de varones de buen consejo y tino, que atajasen en su origen cualquiera derivación que tirase a formar en el curso de los negocios públicos extravasado y peligroso caz.
Ligas y manejos
contra las nuevas
reformas.
Los contados vocales que desaprobaron en las Cortes el decreto del 2 de febrero, no lo hicieron por ser partidarios o fautores de la usurpación extranjera, sino antes bien porque, mirando ya a esta como colgadiza y próxima a desprenderse y dar en el suelo, vagueaban su pensamiento, siendo enemigos de toda mudanza, sobre el modo más conveniente de destruir las nuevas reformas y reponer las cosas en el estado que tenían en España de muy antiguo. En Sevilla, Córdoba, Madrid y otros lugares, en donde, meses pasados, permanecieran ociosos ellos y varios de sus compañeros, no pudiendo, a causa de la fiebre amarilla, trasladarse a la Isla de León, habían menudeado las juntas y las conferencias enderezadas todas a la buena salida del indicado objeto; andando en ellas el conde del Abisbal, con licencia a la sazón en Córdoba, quien desde entonces llevó secretas inteligencias con Don Bernardo Mozo Rosales, Don Antonio Gómez Calderón y otros diputados, principales jefes del partido antirreformador.
El recelo aún de franceses, impensados embarazos, y la falta de un apoyo efectivo y bien sólido, lejano y no seguro Abisbal de su ejército, impidieron entonces tomase cuerpo el plan proyectado, y bastantes vocales de los mismos que en él entraban no dejaron de coadyuvar con su voto a la aprobación del decreto de 2 de febrero; predominando entre ellos la idea de que Napoleón, no derrocado todavía del trono, podría influir malamente en el rey y en sus inadvertidos e ilusos consejeros.
Pero firmes en llevar adelante su propósito, removido que fuese aquel obstáculo, abocáronse varios diputados y otros sujetos con el duque de San Carlos, procurando granjearle la voluntad para que indujese al rey a favorecer semejantes manejos. Aunque oculto el fuego, columbrábanse de cuando en cuando llamaradas que le descubrían, siendo en ello parte la vanagloriosa indiscreción, o algunos aventurados pasos de echadizos poco diestros.
Extraño discurso
del diputado
Reina.
En este caso podemos decir estuvo Don Juan López Reina, diputado por Sevilla, quien en la sesión del 3 de febrero causó en las Cortes inaudito escándalo, levantándose a hablar después de admitida a discusión en aquel día la propuesta del manifiesto arriba indicado, y diciendo sin preámbulos y desarrebozadamente: «Cuando nació el señor Don Fernando VII, nació con un derecho a la absoluta soberanía de la nación española; cuando por abdicación del señor Don Carlos IV obtuvo la corona, quedó en propiedad del ejercicio absoluto de rey y señor...» Al oír estas palabras, gritos y clamores salieron contra el orador de todas partes, llamándole al orden. Pero no contenido por eso, ni reportado, exclamó el señor Reina: «Un representante de la nación puede exponer lo que juzgue conveniente a las Cortes, y estas estimarlo o desestimarlo...» «Sí, [interrumpiéronle varios diputados] si se encierra en los límites de la Constitución; no si se sale de ellos...» «Luego que [prosiguió tranquilamente el señor Reina], restituido el señor Don Fernando VII a la nación española, vuelva a ocupar el trono, indispensable es que siga ejerciendo la soberanía absoluta desde el momento que pise la raya...» Alboroto
que causa
en las Cortes
y sus resultas. Si grande fue el tumulto que produjeron las primeras palabras de este diputado, inexplicable fue el que excitaron las últimas, exclamando muchos que «no se le permitiese continuar hablando, que se escribiesen sus expresiones, y que expulsándole del salón pasasen estas, que eran contrarias a la ley fundamental del estado, al examen de una comisión especial.» Decidiose así al cabo de largo debate y no poco acaloramiento, habiendo pasado el asunto al examen de una comisión, y en seguida al tribunal de Cortes, donde no tuvo resulta, escondido y ausente poco después el señor Reina, a quien, en premio y a petición suya, concediósele, a la vuelta del rey a España, nobleza personal. Era antes este diputado hombre de escaso valer y de profesión escribano, instrumento ciego en aquella ocasión del bando anticonstitucional a que pertenecía. Traspié el suyo de escándalo solo y pernicioso ejemplo, sobresaltó más que por lo que sonaba, por lo que suponía de soterrado y oculto.
Tratan algunos
de mudar
la Regencia.
Realizáronse estas sospechas al traslucirse que se fraguaba el cambiar de súbito la Regencia actual del reino. Varones de probidad los individuos que la componían, y a sus juramentos muy fieles, no daban entrada a maquinaciones ni a miras torcidas; y menester era separarlos del mando para socavar más desembarazadamente el edificio constitucional recién levantado, y preparar su entero hundimiento al tiempo que el rey volviese. Tantearon al efecto los promovedores a muchos diputados, y entre ellos a algunos de la opinión liberal, alegando en favor de la propuesta razones plausibles y de conveniencia pública. Pero no satisfechos los mismos de las resultas de los pasos dados, arrojáronse a ganar en silencio y por sorpresa lo que dudaban conseguir a las claras y francamente, intentando poner en práctica su pensamiento en una sesión secreta de las de febrero. No lo consiguen;
con otros
incidentes. Salioles vana la tentativa, porque maniobrando el partido reformador con destreza y maña, previno el golpe, y aun lo paró del todo, aprobándose por gran mayoría de votos una proposición muy oportuna que hizo el 17 del propio mes el señor Cepero, según la cual se declaró que solo podría tratarse de mudanza de gobierno en sesión pública y con las formalidades que prevenía el reglamento. Proposición a que también movió un informe del ministro de gracia y justicia y una representación en aquel día del general Don Pedro Villacampa, que mandaba en Madrid, dando cuenta de las causas que habían impelido al arresto de un tal Don Juan Garrido y de cierto presbítero de nombre Don José González, como también al de algunos soldados; dispuestos los primeros a excitar trastornos, y gratificados los segundos por mano oculta con una peseta diaria, aguardiente y pan. Descompusieron semejantes providencias (* Ap. n. [24-16].) la maraña tejida entonces,[*] de intrincada urdimbre, y hubieron sus tramadores de aguardar a que llegase tiempo más propicio para la ejecución de sus planes; el cual en verdad no anduvo en su curso ni perezoso ni lento.